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    Repasamos el 2020, el año que lo cambió todo (87)
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    ROMA (Sputnik) — Este año el espacio postsoviético no sólo vivió la pesadilla del coronavirus, sino también tuvo que enfrentarse con disturbios y protestas que sacudieron los regímenes políticos en Bielorrusia y Moldavia y derrocaron al presidente de Kirguistán.

    Bielorrusia

    Las protestas en Bielorusia estallaron tras las elecciones presidenciales del 9 de agosto. Según la Comisión Electoral, el presidente en funciones Alexánder Lukashenko, que gobierna el país desde 1994, obtuvo el 80% de los votos. Svetlana Tijanóvskaya, su principal rival, lo acusó de falsificar los resultados y se negó a reconocer su victoria. Al recibir el apoyo político de la Unión Europea (UE), Tijanóvskaya huyó a Lituania unos días después por temor de ser detenida.

    Desde el principio las protestas fueron pacíficas, sin embargo, Lukashenko recurrió a la fuerza para disipar las manifestaciones y acusó a sus participantes de ser manipulados desde el extranjero.

    Según los datos recogidos por el centro de derechos humanos Viasna, más de 30.000 personas fueron detenidas, muchas de ellas resultaron maltratadas y torturadas en las cárceles de la capital bielorrusa, mientras por lo menos 20 manifestantes perdieron la vida en los enfrentamientos con las fuerzas del orden. La brutalidad de la represión policial bielorrusa fue condenada por varios Estados y grupos de defensa de derechos humanos.

    Tratando de asegurarse el apoyo de Moscú, el mandatario bielorruso declaró que el objetivo de la oposición consistía no sólo en derrocarlo, sino también en dañar los intereses de Rusia, aunque Tijanóvskaya y sus aliados políticos destacaron reiteradamente que no tenían la intención de mermar las relaciones entre Minsk y Moscú.

    En noviembre, al constatar que las protestas no se placaban y al tener que hacer frente a las sanciones internacionales, Lukashenko admitió la posibilidad de una reforma constitucional y de nuevas elecciones presidenciales.

    Kirguistán

    A principios de octubre la atención se concentró en Bishkek, la capital de Kirguistán, donde los manifestantes ocuparon las calles, acusando el Gobierno de falsear los resultados de las elecciones parlamentarias. Los violentos enfrentamientos con las fuerzas de orden terminaron a favor de la oposición que ocupó el edificio del Parlamento y forzó a la Comisión Electoral a anular los resultados de los comicios.

    A diferencia de su homólogo bielorruso, el presidente kirguís Sooronbái Zheenbékov prefirió dimitir voluntariamente, cediendo los poderes del jefe del Estado al opositor Sadir Zhapárov, el cual se encontraba en la cárcel cuando estallaron las protestas. En enero de 2021 el país celebrará nuevas elecciones presidenciales.

    Para Kirguistán se trata del tercer presidente obligado a renunciar a su cargo bajo la presión de la calle en los últimos 15 años. En 2005 la Revolución de los tulipanes derrocó a Askar Akáyev, mientras su sucesor Kurmanbek Bakíev tuvo que dimitir en 2010, en medio de violentas protestas.

    Ahora el país respira un aire de incertidumbre, al tener que hacer frente a la crisis política, que aún no está terminada, una difícil situación económica y el problema de la deuda exterior que ya supera los 4.000 millones de dólares.

    Moldavia

    Moldavia vivía en un clima de tensión política desde el verano, cuando los trabajadores agrícolas lanzaron protestas contra el Gobierno, el cual no sólo no les prestó suficiente apoyo en un año de mala cosecha, sino también planeaba aumentar el impuesto al valor añadido sobre los productos agrícolas.

    En noviembre se celebraron las elecciones presidenciales que se convirtieron en un duelo entre el presidente en funciones Ígor Dodón y su rival Maya Sandu. Los dos ya se habían enfrentado en 2016, cuando ganó Dodón; esta vez la victoria fue para Sandu.

    Poco después de conocerse los resultados de la votación, el Parlamento donde predominan los partidarios de Dodón privaron a la nueva presidenta del control sobre los servicios de seguridad del país. Sandu se dirigió a sus simpatizantes, instándolos a manifestar contra lo que definió como un tentativo de Dodón de usurpar el poder. Unas 20.000 personas salieron a las calles de la capital moldava Chisináu para exigir la disolución del Parlamento y la dimisión del Gobierno. Unos días después la Corte Constitucional del país abrogó las enmiendas que restringían los poderes presidenciales.

    Partidaria de cooperación con el Occidente, Sandu anunció que, al mismo tiempo, quería desarrollar las relaciones con Rusia. Sin embargo, Moscú quedó desconcertada por su declaración sobre las fuerzas rusas de mantenimiento de paz, dislocadas en la región secesionista de Transnistria desde 1992.

    Futuro incierto

    El futuro político de los tres países postsoviéticos que experimentaron importantes cambios en 2020 parece bastante incierto.

    Según Maxim Vilísov, vicedirector de la Facultad de Administración Pública de la Universidad de Moscú y director de CENTERO, un centro de reflexión independiente, en las casi tres décadas que pasaron desde el colapso de la URSS los tres países "no lograron construir ni sistemas políticos y sociales estables, ni unas economías más o menos productivas e independientes".

    Además, a la hora de elegir su estrategia de desarrollo deben tomar en consideración los múltiples y a menudo contradictorios interese de importantes actores geopolíticos como Rusia, la UE, China o EEUU que han de ser respetados. Todo eso hace poco previsible la situación en el próximo futuro, comenta Vilísov. Mucho dependerá de la capacidad de las élites nacionales de gestionar no sólo las crisis políticas, sino también las consecuencias sanitarias y económicas de la pandemia del coronavirus que aún está lejos de acabar.

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    Etiquetas:
    Kirguistán, Moldavia, Bielorrusia
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