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    Tres semanas después de los comicios, las acusaciones sobre la injerencia rusa en la carrera presidencial continúan apareciendo, escribe The Washington Post. Así, Michael S. Rogers, director de la Agencia de Seguridad Nacional, declaró que había habido un "esfuerzo consciente por parte de un cierto Estado para lograr un fin específico".

    La candidata presidencial del Partido Verde, Jill Stein, ha pedido un recuento formal en el estado de Wisconsin, citando informes de un potencial 'hacking' exterior.

    Hillary Clinton también secundó la idea, a pesar de que un abogado de su campaña admite que su equipo "no ha descubierto ninguna evidencia de piratería ni de intentos de alterar la tecnología de votación". Periódicos estadounidenses acusan a Rusia de haber llevado a cabo una "sofisticada campaña de propaganda" para interferir, debilitar a Clinton y desacreditar la democracia de EEUU. Pero la mayor parte de la información en la cual se basan estas acusaciones proviene de un grupo que insiste en permanecer anónimo y basa sus conclusiones en una metodología muy difusa.

    La autora de la columna de opinión en el rotativo hace hincapié en que los ciudadanos del país norteamericano no se han enterado de nada mediante los mensajes de los correos electrónicos 'hackeados' de Podesta que no supieran ya de antemano. Y esos actos de piratería seguramente no son los que trajeron "descrédito" a las "elecciones democráticas y la prensa libre" del país norteamericano. 

    "Nuestro sistema electoral es vergonzoso no por algo que Putin supuestamente hizo. En la 'democracia más fuerte del mundo', estas son las segundas elecciones presidenciales de las últimas cinco en las que el ganador del voto popular ha perdido al final. En los comicios estadounidenses, el dinero habla más fuerte que en cualquier otro lugar, simplemente porque gastamos mucho más en ellos, un récord de 6.800 millones de dólares en las presidenciales y parlamentarias de 2016. Si queremos evitar que las potencias extranjeras 'desacrediten' las elecciones estadounidenses, podríamos empezar arreglando nuestro sistema electoral roto", prosigue la autora del artículo en el Washington Post, Katrina vanden Heuvel.

    Sin embargo, la histeria que se formó alrededor de la presunta intervención de Putin en las elecciones no es accidental. Los neoconservadores y los intervencionistas socialdemócratas siempre han deseado una nueva guerra fría con Rusia. Ahora, con Trump sugiriendo que podría buscar un nuevo reinicio en las relaciones con el país eslavo, cooperación en la lucha contra Daesh —organización terrorista prohibida en Rusia y otros países— y la solución del conflicto en Ucrania, las afirmaciones indignadas sobre la supuesta intervención de Putin en las presidenciales de EEUU hacen que cualquier cooperación entre los dos Estados sea más difícil.

    "No hacen falta las supuestas operaciones de propaganda rusa para revelar que la forma en la que llevamos  a cabo las elecciones es una vergüenza. Los líderes de ambos partidos, si tuvieran alguna preocupación por la república, se apresurarían a reformar nuestras leyes electorales. Y no hacen falta 'hackers' rusos para desacreditar nuestra prensa libre. La mala y superficial información sobre los comicios contribuye más que suficiente a eso. Putin puede ser un líder autoritario y un maestro estratega. Pero no minó las elecciones norteamericanas. Lo hicimos nosotros mismos", concluye la editora y periodista.

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    hackeo, Hillary Clinton, Donald Trump, Vladímir Putin, EEUU, Rusia
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