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    Los libaneses han lanzado en 2019 una revolución sin precedentes contra la división sectaria del país, el clientelismo de la clase política, la debacle de la economía y el empobrecimiento de los ciudadanos que llevó a la dimisión del primer ministro libanés Saad Hariri y a un debate para formar un nuevo gobierno que hiciera frente a estos retos.

    El pasado 19 de diciembre, el presidente libanés, Michel Aoun, nombró a Hasan Diab como jefe del Gobierno, después de que varios candidatos fracasaran en el intento de obtener el apoyo de las fuerzas políticas que integran el ejecutivo.

    El nombre de Diab lo propuso el movimiento chií Hizbulá y sus aliados de Amal y del Movimiento Patriótico Libre.

    El cargo de primer ministro en el Líbano está reservado a un suní, pero Diab, un académico sin apenas experiencia política, no consiguió el respaldo de ninguna fuerza de esta comunidad.

    A pesar de que el nuevo primer ministro aseguró que formaría un gabinete de tecnócratas que solucionara los problemas que han llevado a decenas de miles de libaneses a las calles, nada más nombrarlo, las protestas estallaron de nuevo.

    Los manifestantes consideraban que el nuevo ejecutivo impuesto por Hizbulá pretende abortar la revuelta.

    Las protestas multitudinarias empezaron en Beirut el pasado 17 de octubre y el 29 de ese mes, Hariri presentó la dimisión de su Gobierno tras anunciar días antes una serie de reformas económicas, hasta ahora bloqueadas por las divisiones dentro de la coalición gubernamental, que no convencieron a los manifestantes.

    "Protestamos porque la situación no se aguanta más, nos rebelamos contra el sistema, contra los políticos que han robado el dinero del pueblo, para exigir nuestros derechos, queremos libertad", explicó a Sputnik Antoine Anton, un ingeniero de telecomunicaciones de 35 años que se manifiesta en Beirut asiduamente.

    Las protestas empezaron después de que las autoridades aprobaran una tasa de 20 centavos de dólar por día para las llamadas de voz por las mensajerías como WhatsApp.

    Pero esto solo era la gota que colmaba un vaso lleno de ira popular por la crisis económica, la mala gestión del Ejecutivo, la corrupción y la paralización de las instituciones por las divisiones políticas.

    Hace años que los libaneses sufren "unos servicios públicos fallidos, negligencia estatal, cortes de agua y electricidad, una gran contaminación y el colapso del sistema de eliminación de basuras, todo conectado con un clientelismo y un trapicheo profundamente arraigados", señaló el think-tank International Crisis Group (ICG).

    El coste de la vida en el Líbano se ha disparado, los salarios se han estancado y el índice de paro ha subido provocando la emigración de muchos jóvenes bien formados en un país con una deuda de unos 86.000 millones de dólares, más del 150% del PIB.

    "La gente joven no tiene futuro, todo el mundo se va y no queremos que esto ocurra", dijo a Sputnik Taga al Hazem, una estudiante de 18 años que protestaba en Beirut.

    Fueron los jóvenes los que iniciaron las manifestaciones tomando las calles de la capital y otras ciudades como Trípoli. Enseguida los secundaron ciudadanos de más edad, cientos de miles.

    "Aquí hay gente de diferentes religiones, origen, visiones políticas. Lo que nos ha unido es la voluntad de vivir con dignidad en este país y no abandonarlo. La generación más joven se está dando cuenta de que los partidos y sectas políticas nunca nos trajeron nada bueno", opinó Anton.

    En el Líbano, que sufrió una cruenta guerra civil entre 1975 y 1990, hay 18 comunidades religiosas reconocidas oficialmente. El jefe del Estado siempre es un cristiano maronita; el primer ministro, un musulmán suní, y el presidente del Parlamento, un chií. La religión también determina, a menudo, la identificación social y política.

    "Estas protestas sin precedente trascienden no solo las líneas sectarias sino las de clase y las regionales (...) No se sabe aún si acabarán en una revolución política, pero ya ilustran una social significativa", indicó la analista Lina Khatib en un artículo en la web del canal de televisión catarí Al Jazeera.

    En las protestas multitudinarias del 2005, durante la Revolución de los Cedros, los libaneses se manifestaron contra la ocupación siria, pero no pidieron un cambio de sistema político.

    Cuando en el 2015 protestaron contra la mala gestión de las basuras y nació el movimiento 'You Stink' (Apestáis), empezaron a cuestionar a los líderes políticos de sus comunidades. Pero ahora parecen desafiar los conceptos y divisiones tradicionales con mayor ímpetu.

    Los ciudadanos no cejan en su empeño. "Si persistimos [en las protestas], lograremos nuestro objetivo", aseguró Anton.

    El pueblo protesta en un ambiente festivo y pacífico que se ha visto manchado por la violencia generada, en primer lugar, por grupos afines a Hizbulá que atacaron a los manifestantes.

    Las últimas grandes protestas en Beirut degeneraron en disturbios y enfrentamientos entre la Policía y manifestantes.

    Tras casi tres meses de revuelta, la situación parece estancada. Los manifestantes "dudan de la capacidad [del nuevo primer ministro] para responder a sus demandas de lucha contra la corrupción y resulta muy difícil ver cómo va a lograr gestionar los problemas políticos y económicos a los que se enfrenta el país", señala en un artículo publicado en Al Jazeera Imad K. Harb, director de Investigación y Análisis en el Centro Árabe de Washington.

    Reducir la pobreza, reestructurar la economía, teniendo en cuenta la falta de confianza de los inversores extranjeros y el impacto limitado de cualquier acción del Banco Central Libanés será muy complicado.

    Y un primer ministro y un Gobierno débiles no pueden ofrecer soluciones muy concretas para acabar con una corrupción totalmente extendida en el Líbano durante décadas.

    Según el Índice de Percepción de Corrupción de Transparency International, el Líbano es el número 138 de Estados más corruptos de una lista de 180.

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    economía, pueblo, corrupción, protestas, Líbano
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