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    En las colinas cubiertas de nieve al oeste de Kabul, 10 chicas practican técnicas de kung fu. Para un país tan conservador como Afganistán, esto suena a disparate.

    ¿Cómo llegaron las enseñanzas del monasterio de Shaolin a las mujeres en Afganistán y por qué practican artes marciales? Sputnik ha intentado contestar a estas cuestiones.

    Se sabe que los talibanes han prohibido casi todo a las mujeres afganas, incluida la práctica deportiva. Sin embargo, la situación parece estar cambiando lentamente. Y una señal de estos cambios es la aparición en Kabul de un club de kung fu de Shaolin.

    Una mujer afgana, practicando kung-fu
    © AP Photo / Massoud Hossaini
    Una mujer afgana, practicando kung-fu

    El club fue fundado por Sima Azimi, una chica de apenas 20 años. Azimi nació en el centro de Afganistán, desde donde se marchó a Irán. Allí estudió artes marciales durante tres años y ganó medallas en varias competiciones internacionales. Tras subirse al podio en los eventos internacionales, volvió a la capital afgana, donde ha estado enseñando esta disciplina durante más de un año.

    "Mi objetivo es ver cómo mis estudiantes participan en competiciones internacionales y logran medallas para su país", destaca Azimi.

    A pesar de que las artes marciales en Afganistán son populares en general, las mujeres tienen que defender su derecho a dedicarse a este deporte. "Los padres de algunas de mis estudiantes no quieren aceptar el hecho de que sus hijas se dediquen a las artes marciales, pero yo los intento convencer", dice la creadora del club de kung fu.

    Las estudiantes enfrentan amenazas cada día. A veces resulta peligroso el camino de casa al gimnasio, pero el deseo de alcanzar su meta es mucho más fuerte que el temor.

    Según las chicas, el deporte pondrá su granito de arena en la pacificación de la situación en Afganistán. Subrayan que las artes marciales están destinadas a la defensa personal, no a los ataques; sus prioridades son la autoprotección y un cuerpo y espíritu sanos.

    Las muchachas se entrenan al aire libre o en el gimnasio. Les cuesta bastante encontrar equipo para entrenarse: la espada curvada la encargaron desde Irán, mientras que los uniformes fueron cosidos por un sastre en Kabul mediante un pedido especial. El precio de las clases varía entre los dos y cinco dólares al mes, dependiendo de las capacidades de cada una.

    Una mujer afgana, practicando kung-fu
    © AP Photo / Massoud Hossaini
    Una mujer afgana, practicando kung-fu

    Todas las chicas del club son chiíes hazaras. Representan un 10% de la población de Afganistán y están bajo la constante amenaza de Daesh —grupo terrorista prohibido en Rusia y otros países-. Sus tradiciones liberales les permiten salir libremente de casa y practicar deportes. Pero la fundadora del club de kung fu espera que las niñas de otros grupos étnicos y religiosos se unan a la asociación deportiva en el futuro.

    Según Azimi, todavía queda un largo camino por recorrer, pero está plenamente convencida de que las mujeres pueden practicar artes marciales tan bien o incluso mejor que los hombres. Y lo demuestra predicando con el ejemplo: en las competiciones organizadas por el Comité Olímpico Nacional en Kabul, Azimi llegó a ser la mejor entre las féminas en la disciplina de kung fu.

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    Etiquetas:
    mujeres, kung-fu, Kabul, Afganistán
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