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    El presidente de EEUU, Donald Trump, promulgó el pasado 17 de junio la ley sobre la etnia uigur que establece nuevas sanciones a China. No es el primer intento de la Casa Blanca de meter sus narices en los asuntos internos de Pekín. Sputnik relata cómo es el trabajo constante de Washington que busca poner a China de rodillas.

    Trump promulgó la ley de Política de Derechos Humanos de los uigures 2020 que condena "las graves violaciones a los derechos humanos de los grupos minoritarios étnicos musulmanes en la región china de Sinkiang" y para otros efectos, incluyendo la autoridad específica para sancionar a ciertos ciudadanos extranjeros, dice el comunicado difundido por la Casa Blanca. 

    Pero, ¿por qué Estados Unidos está 'preocupado' por la situación en una de las regiones periféricas de la República Popular China? La respuesta no es tan obvia. 

    Se acusa a las autoridades en Pekín de haber creado una red de campos de reeducación en la provincia de Sinkiang donde habitan los uigures. Según la estimación más audaz, cerca de un millón de uigures están privados de la libertad en estos campos.

    Las autoridades chinas oficialmente no reconocen la violación de los derechos humanos de los uigures ni otros musulmanes túrquicos en Sinkiang. Asimismo, Pekín no tardó en responder a la nueva ley estadounidense: la Cancillería china tachó la nueva normativa de "una burda injerencia en sus asuntos internos". Además, China prometió tomar "contramedidas enérgicas" contra EEUU.

    Puede parecer que Washington se preocupa por esta minoría, pero en realidad a la Casa Blanca y al presidente Trump no les preocupa la situación sobre los derechos humanos en China.

    El mandatario norteamericano mete sus narices donde no lo llaman porque persigue metas muy concretas: en esencia busca debilitar a China política y económicamente, ponerla de rodillas y, si es posible, descuartizarla. Hay razones sólidas para pensar así.

    Independentismo uigur y Estados Unidos

    China desde hace siglos lidia con el problema del separatismo uigur en Sinkiang y en ciertas etapas las autoridades norteamericanas apoyaron la independencia de Turquestán Oriental —el nombre bajo el que Sinkiang es conocida entre los independentistas— de manera bastante directa, si bien nunca reconoció la independencia de la región ni anunció la intención de hacerlo. 

    Hay dos explicaciones para esto: el movimiento independentista uigur está dividido y carece de un gobierno en exilio universalmente reconocido por la diáspora uigur; y, además, el reconocimiento de la independencia de Turquestán Oriental sería un paso demasiado brusco y tendría consecuencias gravísimas para las relaciones bilaterales entre Washington y Pekín tanto en el ámbito político como económico: algo que EEUU no puede permitirse. Por eso, la Casa Blanca prefiere actuar bajo cuerda.

    La historia reciente del movimiento secesionista uigur se remonta al siglo XIX cuando tuvieron lugar varias revueltas de los musulmanes chinos. En 1933, los uigures lograron crear una república independiente, pero esta existió un año y en 1934 fue incorporada a la República de China. 

    El segundo intento de crear una república sucedió en 1944: el Estado uigur en una parte de Sinkiang existió hasta 1949. Como resultado, la Segunda República de Turquestán Oriental entró en la República Popular China y luego pasó a ser la Región Autónoma Uigur de Sinkiang, que existe hasta el día de hoy.

    En las últimas décadas, el movimiento independentista uigur cambió sus tácticas: ahora que Pekín apretó las riendas y aseguró su control sobre Sinkiang, los independentistas uigures —a los que China considerar separatistas— actúan sea desde el extranjero o protagonizan actividades ilícitas dentro de Sinkiang, pero muy rara vez. La situación en la región ha permanecido volátil a lo largo de muchos años: hubo incluso ataques terroristas como, por ejemplo, el de Urumchi en 1997.

    Por ejemplo, en 2009 los uigures protagonizaron protestas masivas en la capital de Sinkiang, Urumchi, que se saldaron con casi dos centenares de muertos. 

    En aquella época, la Comisión de EEUU para la Libertad Religiosa Internacional expresó su "profunda preocupación" por la "represión" en China y llamó a realizar una investigación independiente de las protestas e imponer sanciones contra Pekín. Todo esto teniendo en cuenta que las dos partes tanto el Gobierno chino como los propios uigures recurrieron a actos de violencia. 

    Una cálida bienvenida

    Estados Unidos tiene una posición parcial hacia los acontecimientos en Sinkiang porque tiene intenciones malvadas en cuanto a China y busca utilizar los problemas interétnicos dentro del país asiático para su beneficio. La Casa Blanca apenas logra esconder esas intenciones: varias organizaciones independentistas uigures están radicadas justo en la capital estadounidense, Washington. 

    Como ha sido mencionado más arriba, el movimiento que busca la secesión de Turquestán Oriental de la República Popular China no puede considerarse unido: existen varias organizaciones independentistas uigures. En Washington, a la vez, están basados el llamado Gobierno en exilio de Turquestán Oriental y el Movimiento del Despertar Nacional de Turquestán Oriental. Otras organizaciones incluyen el Congreso Mundial Uigur, basado en Múnich, Alemania. 

    Una de las personas más destacadas, y expresidente del Congreso, es Rebiya Kadeer, empresaria y activista política uigur que ganó una fortuna en China, cooperó con Pekín, pero luego le dio la espalda y emigró. Rebiya Kadeer se reunió con políticos estadounidenses al más alto nivel e incluso tuvo una cita con el presidente estadounidense George Bush, en 2008, en la Casa Blanca. El Gobierno chino califica a Kadeer de ser una "separatista" y la acusa de cooperar con "extremistas". 

    Pekín no puede permitir que Sinkiang se separe porque esto hará arrancar el proceso de desintegración de China. Este es el peor de los escenarios posibles porque algunas regiones pueden sumergirse en el caos total. Esto es lo que preferiría Washington. La motivación de Estados Unidos es simple: la inestabilidad en China hará reducir su competitividad en el mercado y hará perder sus posiciones en la economía mundial.

    Justo por esa razón, Estados Unidos mete sus narices en los acontecimientos en Hong Kong donde una parte de ciudadanos se muestra en contra de la futura integración de la ciudad en el seno de la RPC. EEUU también mantiene relaciones estrechas con Taiwán —de facto un país independiente y no controlado por Pekín— cuya presidenta, Tsai Ing-wen, es partidaria de la proclamación formal de la independencia de la isla, que todavía no ha sido hecha.

    En otras palabras, a Estados Unidos le convendría que a China le ocurriese lo mismo que pasó con la URSS o Yugoslavia. Pero esto sería una verdadera tragedia para más de 20 millones de ciudadanos chinos que viven en Sinkiang, tanto uigures como los de la etnia han.

    La amenaza a la integridad territorial de la RPC hace que Pekín afiance el control sobre esta zona y es de esperar que las autoridades chinas recurran a medidas extraordinarias para evitar que el país resulte descuartizado.

    Etiquetas:
    sanciones, derechos humanos, EEUU, Uigur de Sinkiang, uigures, Donald Trump
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