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    Bandera de México

    La desconfianza colectiva agrava la crisis política en México

    © REUTERS / Carlos Jasso
    Opinión & Análisis
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    Víctor Flores García
    Desaparición de estudiantes en México (201)
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    La sociedad mexicana no cree en nadie ante la crisis de los estudiantes masacrados en Iguala, existe una escéptica cultura de la sospecha y solo una minoría se moviliza con el eslogan "Fue el Estado" contra las instituciones gubernamentales desacreditadas, afirman analistas consultados.

    La sociedad mexicana no cree en nadie ante la crisis de los estudiantes masacrados en Iguala, existe una escéptica cultura de la sospecha y solo una minoría se moviliza con el eslogan "Fue el Estado" contra las instituciones gubernamentales desacreditadas, afirman analistas consultados.

    Hay desconcierto en la clase política, con dificultades de reaccionar a tiempo, y no puede explicarle a una sociedad escéptica por qué tardan las investigaciones, dice a Sputnik el escritor mexicano Claudio Lomnitz, autor obras sobre la cultura política mexicana.

    Para la gente es difícil entender por qué las versiones de la Procuraduría General de la República terminaron siendo tan similares a los testimonios que había revelado el sacerdote católico Alejandro Solalinde –primero a esta agencia, y luego a la propia fiscalía–, casi un mes antes.

    Aun así, los familiares de los estudiantes y miles de manifestantes se niegan, entre brotes aislados de violencia, a aceptar las confesiones de un asesinato en masa hechas por los verdugos, quienes describieron cómo quemaron y lanzaron a un río los restos, que ahora se analizan en la Universidad de Innsbruck, Austria.

    El movimiento inconforme exige que los jóvenes aparezcan vivos, obligan al Gobierno a concentrarse en una "búsqueda en vida", y se niega a aceptar la explicación de un horrible crimen de lesa humanidad, como lo asume el propio papa Francisco desde Roma.

    "Una parte de la protesta social es lo que piden los familiares para que aparezcan vivos, otros los apoyan como exigencia política, y otra parte es lo que creen las mayorías, que piensan que están muertos", dice Lomnitz vía telefónica desde Buenos Aires.

    "Es una disonancia entre lo que la mayor parte de la gente en México cree y lo que se está exigiendo, que es la aparición con vida, para enfatizar el descrédito de toda versión que sale del Gobierno" de Enrique Peña, dice el coordinador de un libro sobre la corrupción en México, Vicios públicos, virtudes privadas.

    Ha surgido un movimiento aferrado a una remota esperanza de vida, antes que anclado en los indicios de una atrocidad.

    "En México hay un alto grado de sospecha, y es una pregunta legítima: por qué no comenzar por aceptar las primeras evidencias de una masacre", reflexiona Lomnitz, doctor en antropología por la Universidad de Stanford.

    Predomina una tendencia a culpar a una entidad abstracta con la consigna "Fue el Estado", apunta el profesor del prestigioso Colegio de México y las universidades de Nueva York y Chicago.

    "El dilema surge al verlo como infiltración de un gobierno local de Iguala o Guerrero, gobernados por las izquierdas; o considerarlo como si todo está descompuesto de arriba abajo", advierte el autor de otro libro sobre las mediaciones en México: Modernidad indiana.

    Entre los manifestantes diversos "hay una movilización en torno a imágenes que figuran simbólicamente la frustración, en vez de figurarlo como los hechos brutales tal cual se pueden reconstruir".

    Las protestas se montan en la impopularidad de reformas estructurales largamente postergadas, como la energética, sin importar las investigaciones de la desaparición de los estudiantes.

    La movilización "condesa inconformidades que van más lejos de su atrocidad, reúne malestares diversos y difusos, con diferentes motivos de hartazgo y se presta para la simbolización en vez de la discusión de los datos y hechos del caso", explica Lomnitz.

    La reacción social "trasciende por sus causas y por sus implicaciones, a la brutalidad de un hecho terrible, sin minimizarlo", puntualiza el autor de Las salidas del laberinto, sobre la mentalidad de los mexicanos.

    Incredulidad y brotes de violencia

    En México las protestas han sido teñidas por "brotes aislados de violencia e incredulidad en las autoridades, producto de la frustración sin confianza en el Estado", dijo por su parte Lorenzo Meyer, historiador emérito del Colegio de México.

    Sin embargo, la violencia no es de todos, porque la mayor parte de las marchas se han realizado sin violencia, como las tres caravanas de familiares que recorren México y desembocarán en la capital en el aniversario de la Revolución Mexicana que estalló en 1910.

    Otra sospecha es desde hace muchos años que esos pequeños grupos de violentos son organizados desde el Gobierno, dice Meyer, autor de varios libros sobre la Revolución Mexicana y el nacionalismo petrolero.

    "La desconfianza general es viejísima en México, es casi una conducta natural y obligada, en una cultura política donde los líderes no tienen credibilidad", sostiene Meyer.

    Esa cultura de la sospecha es muy vieja y ha sido registrada en encuestas de opinión de los últimos 15 años, incluso las del Gobierno, sobre la cultura cívica mexicana, la confianza en las instituciones es bajísima en México, apunta.

    Frente a la "casi muerte segura" de los 43 estudiantes, "la desconfianza es casi unánime en todas las instituciones públicas", por la violencia que ha causado 100 mil muertes en ochos años, y más de 20 mil desaparecidos, resume el experto.

    Esa larga peregrinación por la vía del autoritarismo de todo el siglo XX "ha dejado a una sociedad que no está acostumbrada a participar, es una parte de la cultura mexicana que viene de ese tipo de sistema autoritario tan exitoso que tuvo México", hasta el año 2000.

    Parece un callejón sin salida: "No hay ninguna estructura para canalizar la energía política que surge con la protesta; no veo una salida real en un pacto político que ya se gastó; veo muy claras las causas que nos han traído a este punto, pero no veo la salida", se lamenta Meyer.

    Sin embargo, el laureado historiador descarta un escenario de insurrección popular: "No creo en la idea de una nueva etapa revolucionaria".

    "La sociedad mexicana ya no cree en las revoluciones, porque un siglo entero se les dijo que la Revolución Mexicana había sido la gran solución y todo sigue mal", concluye el autor de El espejismo democrático. De la euforia del cambio a la continuidad.

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