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    Nazdorovie

    Un trozo de Rusia en Cuba

    © Foto: Alain Guitiérrez
    Opinión & Análisis
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    Natasha Vázquez
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    Dobro pozhalovat (bienvenido) no son las palabas que uno espera escuchar en el malecón habanero, bajo la vista insomne del faro del Morro.

    Dobro pozhalovat (bienvenido) no son las palabas que uno espera escuchar en el malecón habanero, bajo la vista insomne del faro del Morro. Pero así reciben, desde hace unos meses, a cada visitante que llega al número 25 del paseo marítimo de la capital cubana.

    Como si de pronto se esfumaran los 9550 kilómetros que separan La Habana de Moscú, entrar en Nazdarovie (na zdarovie, a su salud, es la frase rusa que se utiliza al beber) es brindar por un reencuentro, un viaje directo a la memoria colectiva de las decenas de miles de cubanos que estudiaron o vivieron en Rusia y otras ex repúblicas soviéticas.

    Desde la ambientación al estilo ruso, las paredes con carteles de la URSS, hasta los dependientes, todos eslavos o descendientes, Nazdarovie invita a rememorar una época y un lugar entrañable para muchos.

    Tres amigos han sido los “culpables” de esta especie de máquina del tiempo gastronómica. Rolando Almirante es un reconocido periodista y cineasta graduado en la URSS, al igual que el ingeniero Yosiel Marrero. Ellos se unieron a Gregory Biniovsky, canadiense de origen ucraniano, para homenajear la tierra de sus raíces, en este último caso y la que les propició acervo cultural, en los otros.

    Gracias a una minuciosa labor de búsqueda, encontraron auténticas rusas que preparan, en plena Habana, pan negro, smetana, requesón y otras delicias de la cocina eslava. En Nazdarovie se pueden probar platos típicos de todas las repúblicas exsoviéticas, elaborados por un calificado chef ruso-cubano. El resto de los dependientes son todos descendientes de rusos, requisito indispensable para trabajar aquí.

    Hasta los nombres de los espacios juegan con la naturaleza del lugar, por lo que se puede escoger entre un reservado nombrado Salón de los Zares, el Salón Proletario, el Vodka Bar o la magnífica terraza Rusia al Mar. En medio del decorado fundamental se encuentra una columna aún vacía: es para que todos aquellos cubanos que estudiaron en la URSS dejen allí alguna fotografía de aquellos tiempos.

    No ha sido sencillo recrear ese ambiente ruso a partir de muebles y adornos en su mayoría hechos en Cuba, pero más difícil aún es mantener la calidad de una comida para la que muchos ingredientes escasean o simplemente no existen en el mercado cubano. Pero los magos de Nazdarovie se las arreglan para tener no solo papas, zanahorias y remolachas, ya de por sí difíciles de encontrar, sino hasta cervezas rusas y caviar.

    © Foto: Natasha Vázquez
    Almirante (derecha) y amigos

    “Hay muchos elementos que traen recuerdos, estímulos visuales, olores, sabores, que recuerdan una época”, dice Almirante, que no vacila en definir este lugar como parte de sus utopías personales. “Pero no queremos ser una caricatura. Tratamos también de acercar a la gente a esa cultura en los nuevos tiempos, a la Rusia más moderna”.

    “Me encanta ser el anfitrión y que la gente se relaje y lo pase bien. La nostalgia es parte de nuestro sentimiento, pero no la usamos de forma perniciosa, nadie viene a tomarse una botella de vodka y llorar, pero sí a pasar un buen rato y recordar y disfrutar”, afirma tras un par de meses desde la apertura.

    Lo cierto es que la iniciativa ha calado pronto y casi desde el primer día el lugar se llena de nostálgicos o curiosos por probar esta comida tan diferente a lo acostumbrado en estas tierras. En poco tiempo han pasado por aquí centenares de cubanos y extranjeros, entre ellos muchos intelectuales y artistas renombrados.

    Tal vez la clave del éxito esté en sus esencias, como lo define Almirante. "Somos personas con inclinaciones culturales y políticas, nos interesa que sea rentable pero a la vez contribuir al cambio que debe tener la cara y el espíritu de esta ciudad”, dice.

    “Lo más importante es la huella que esa relación de 30 años dejó en Cuba y como nosotros los cubanos nos apropiamos de ella y la interpretamos,” afirma. “Los sistemas cambian, las políticas cambian y se renuevan pero de todo queda la humanidad y la cultura de un país, que ningún régimen político ni ningún gobernante puede cambiar. Queda lo auténtico”
    Levantemos nuestra copa por eso. ¡Na zdarovie!

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