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    El desencanto ciudadano hacia la clase dirigente europea, sea ésta de izquierdas o de derechas, es la auténtica motivación para explicar el actual auge nacionalista en Europa.

    Una nueva ola de nacionalismo recorre Europa. En un contexto de aguda crisis económica que va camino de ser sistémica, este fenómeno político vive un “momento dulce” en el Viejo Continente, despertando alarmas y no menos pasiones. Pero, ¿es el delicado estado de la economía europea la verdadera razón de este espectacular renacimiento? 

    No cabe duda de que la incertidumbre ante los recortes presupuestarios y la contención salarial ha lanzado a mucha gente en brazos de quienes defienden postulados xenófobos y, cuando menos, populistas. Pero el desencanto ciudadano hacia la clase dirigente europea, sea ésta de izquierdas o de derechas, es la auténtica motivación para explicar el actual auge nacionalista. Europa sufre los síntomas de lo que el economista Robert Skidelsky, biógrafo de Keynes, llama “corriente política enferma”.

    Nos enfrentamos a una crisis de liderazgo que ha terminado por calar en la conciencia de una buena parte del electorado. Cada vez hay más personas en Europa que están realmente convencidas de que la democracia es una farsa, que el sistema político vigente ha entrado en crisis y que quienes realmente dirigen nuestros destinos son los bancos y los oligarcas. Es entonces cuando entra en juego el discurso nacionalista, que llena ese vacío y se transforma en una vía de escape a las alternativas “sensatas”  y “tradicionales” de hacer política y organizarnos la vida.

    Eso es justo lo que está pasando en Francia y en el Reino Unido.

    Alarma en el Elíseo

    En Francia, ha bastado que aparezca el primer sondeo de opinión que da el triunfo en las elecciones presidenciales de 2017 a la líder del Frente Nacional, Marine Le Pen, para que salten todas las alarmas en el Palacio del Elíseo. En París, además, llueve sobre mojado. Ahí está el precedente del padre de Mariane, Jean-Marie Le Pen, quien acarició las mieles del triunfo en los comicios de 2002, aunque por razones diferentes a las actuales. El Ejecutivo del presidente François Hollande vive momentos aciagos y se muestra preocupado —no sin razón- por el tirón de la saga Le Pen, defensora de primar a la población autóctona frente a la inmigrante y de aplicar la terapia de choque para salir de los números rojos y generar empleo.

    El Reino Unido representa otro buen ejemplo del vigor del nacionalismo, pero con la circunstancia añadida de que allí se da de dos formas simultáneas. Por un lado, tenemos el Partido por la Independencia del Reino Unido (UKIP), dirigido por el contradictorio Nigel Farage, quien no oculta su fobia por los negros; y por otro, el Partido Nacionalista Escocés (SNP), liderado por el obstinado Alex Salmond, quien logró promover (y perder) un referéndum legal de independencia que colocó a Gran Bretaña al borde de un escenario de consecuencias insospechadas. A ambos nacionalismos les une una característica: en su discurso siempre encuentran a “otro” contra el que definirse a sí mismos. El SNP pelea contra el Parlamento de Londres; el UKIP, contra el de Bruselas. Cambia el enemigo, pero no el método.

    Esa vía de escape ha ido cuajando en bastantes Estados-nación generando grupúsculos intolerantes como el neonazi griego Amanecer Dorado o el abiertamente racista Jobbik, que este año se ha consolidado como la tercera fuerza política de Hungría.

    Y en la Europa más próspera también se mantienen formaciones de sesgo parecido como los Partidos de la Libertad en Holanda y Austria; el Vlaams Belang (Interés Flamenco) en Bélgica; el Partido de los Finlandeses; o el Partido Popular Danés.

    Año de enfado y nacionalismo

    Hace casi doce meses el politólogo Timothy Garton Ash ya vaticinaba que 2014 iba a ser un año de “enfado y nacionalismo”. Y los resultados de las recientes elecciones de mayo al Parlamento Europeo se encargaron de certificar ese pronóstico. Tanto el Frente Nacional francés como el UKIP británico cosecharon victorias incontestables. El primero se consagró como el primer partido de Francia al obtener el 25% de los votos y 23 diputados, superando en más de cuatro puntos a los conservadores, y en 10 a los socialistas. Lo mismo se puede decir del UKIP, que aplastó a tories, y laboristas, al obtener el 27,5% de los sufragios y 24 escaños.

    No obstante, es necesario aclarar que los nacionalistas radicales siguen siendo una minoría en el poder legislativo europeo, pues ocupan 66 escaños de los 751 de la Cámara, cifra que se obtiene de sumar los representantes del Frente Nacional, del UKIP y de los afines en otras naciones. Pero ese casi 9% da mucho que pensar.

    Iniciado en el siglo XIX, el sueño de las nacionalidades en Europa no se ha consumido como podía preverse tras la aparición de los Estados-nación a lo largo del siglo XX; más bien ha sucedido lo contrario porque el siglo XXI ha mostrado hasta ahora la viveza de las reivindicaciones nacionales de abjasios, osetios, chechenos, catalanes, vascos, flamencos, corsos y escoceses, dispuestos a fragmentar aún más el tablero.

    Desde esta perspectiva regional, el nacionalismo plantea un modelo rupturista que estamos sintiendo no sólo en Escocia, sino también en Flandes, en la Padania (la zona septentrional de Italia) y últimamente en Cataluña. En estos tres últimos lugares podemos hablar de nacionalismo de ricos que se rebelan contra el “otro”, llamémosle más pobre y menos desarrollado. Estos nacionalistas “pudientes” consideran que el “otro” —que suele vivir en el sur- no trabaja tanto como ellos, o no lo suficiente, y no se merece del todo su solidaridad. Es la dicotomía Flandes-Valonia o Cataluña-Extremadura. El argumento se asienta sobre la controvertida idea de que con la independencia serán más prósperos que permaneciendo unidos al resto del Estado. De ahí se pasa a la búsqueda de la secesión o a la amenaza de ella para lograr, a cambio, más prebendas del órgano ejecutivo central.

    El caso de Cataluña bien merecería un análisis por sí mismo. A modo de resumen, valga decir que el nacionalismo surgido en este territorio, nacionalismo basado en innegables claves culturales y lingüísticas, se ha ido radicalizando a medida que se iban deteriorando la situación económica y la relación política entre los partidos catalanistas y los de ámbito estatal que se han turnado en el ejercicio del poder. La falta de diálogo y de sentido de Estado de unos y otros no ha hecho más que catalizar el proceso de deterioro que finalmente ha desembocado en una consulta independentista abocada al fracaso pues es abiertamente inconstitucional al no haber sido consensuada con el Gobierno central, como lo fue la escocesa.

    Francisco Herranz (Madrid, 1965) ha desarrollado su carrera profesional en el diario El Mundo, donde ha sido corresponsal en Moscú (1991-1996), redactor jefe de Internacional y de Edición y editorialista, Especialista en Europa del Este y colaborador en varias publicaciones especializadas, desde hace cuatro años es profesor en el Máster en Periodismo-El Mundo de la Universidad San Pablo-CEU. 

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