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    Resulta difícil hablar con las víctimas del secuestro de Beslán, incluso diez años más tarde, debido a que ni ahora están dispuestos a recordar lo sufrido.

    Para Vika Guséinova, aquel 1 de septiembre debía ser el primer día de estudios de su último grado, el undécimo. Vika es una de pocas que sufrieron en carne propia el acto terrorista y que está dispuesta a conversar con los periodistas.

    Hace diez años, el 1 de septiembre de 2004, el pequeño y desapercibido pueblo de Beslán, de Osetia del Norte, iba a centrar la atención de todo el mundo. Más bien dicho, una escuela común y corriente. Hasta ahora nadie sabe por qué los terroristas que habían llegado de la república vecina la eligieron como objetivo. En contados minutos los criminales tomaron de rehenes a más de 1.200 personas a los que mantuvieron tres días en la escuela, sin alimentos y, prácticamente, sin agua.

    Fue ese día, para cientos de niños y adultos el punto que iba a dividir sus vidas en el antes y en el después. Pero, para 335 personas, en su mayoría niños, ese después no llegaría nunca.

    Por todos

    “Entre nosotros son raros los que aceptan los contactos. Mientras que yo considero lo contrario, que es bueno que, aunque sea en la cercanía de este día luctuoso, nos recuerden. Porque para mí, por ejemplo, es mi vida. Recuerdo continuamente lo que sucedió. Puedo decir que ello está estampado en mi frente.

    Todo lo que puedo hacer en el día de hoy es recordar a los que no están con nosotros. Esto es para mí como una carga y debo conseguir que llegue a todos. Pienso que así debería pensar cada uno, pero yo no condeno a nadie. Pienso que, es posible que otros no hayan simplemente llegado hasta ahora a tal conciencia.

    Muchos de mis nuevos amigos no siempre creen que yo estuve aquel día en la escuela, porque nunca me quejo. La mayoría ni siquiera ven de inmediato la cicatriz en la frente. Solo al cabo de un tiempo me preguntan: ¿Qué te pasó?”

    Dos meses en cuidados intensivos en una clínica de Moscú. Siete operaciones.

    “Llevo una vida muy activa. Quisiera alcanzar a hacer todo. Cuando me gradué de la escuela no me dejaban ingresar al Instituto de Medicina. Me decían que con mis heridas no sería capaz de estudiar medicina. Pero ingresé. Es cierto que en el primer año debía someterme continuamente a las intervenciones y fue difícil. En el tercer año enviaron a todos a estudiar a San Petersburgo. Yo dije a la mamá que también quería viajar. Ella estaba perpleja, pero me dejó ir. No quería ser diferente a mis compañeras”.

    Ellos

    “Aquel día no pensaba ir a la escuela. Para los del último grado ir a la escuela el 1 de septiembre no es muy guay. Pero yo era la delegada de la clase y debíamos además entregar los regalos. Además que nuestra profesora, Albina Vladímirovna, con quien tenía muy buenas relaciones, me obligó a acudir, pese a mis evasivas.

    Cuando llegamos al patio de la escuela, mis amigas se dispersaron para ir a juntarse con los suyos; yo vi a los míos y pasé el torniquete. Di literalmente un paso y comenzó de inmediato algo incomprensible.

    Al momento siguiente él estaba ya a mis espaldas para ordenarme: “Sigue caminando”. En segundos contados tenían a todos cercados.

    Nosotros corrimos hasta la sala de calderas de la escuela, de la que nos hicieron salir. A la gente la hacían entrar en la escuela por todos los lugares concebibles, a través de las puertas y de las ventanas. Después nos llevaron hasta el gimnasio y nos dividieron en dos grupos: uno mayor y uno menor. Estábamos todos en estado de shock.

    Ellos comenzaron de inmediato a colgar artefactos explosivos y por la sala corrió el rumor de que nos habían secuestrado. Después nos dijeron que era un secuestro. Hasta el undécimo grado había visto todo de color de rosa, ni siquiera entendía lo que era un secuestro o terroristas.

    Después comenzaron a decirnos que éramos innecesarios. Que ellos exigían la retirada de ciertas tropas, mientras yo, una niña, no comprendía: ¿Qué tropas, dónde están las tropas? Porque para mí era aquello algo incomprensible. Ellos decían eso, lo repetían, mientras que yo sentada pensaba para mis adentros, ¿dónde está mi mamá? ¿Me estará buscando?”

    Agua

    “Septiembre en el Cáucaso es cálido, caluroso.

    Los terroristas permitían en un comienzo a los rehenes pasar a los vestuarios, que estaban al lado, para tomar agua. Pero después, algo pasó con las tuberías y ellos comenzaron a traer agua en baldes. Mojaban prendas que había que escurrir para sacar agua. Al atardecer cayó una lluvia ligera y el viento sopló un poco.

    No recuerdo la noche. Estaba sentada sobre las piernas y en cierto momento debí perder la conciencia. En el primer día tenía fuerzas aún. La mañana del segundo fue muy calurosa y comenzó lo horrible, pues ya no daban agua. A algunos se les nublaba la conciencia, comenzaron a beber orina. Una niña me decía: “Tú eres mi mamá, tú eres mi mamá”. Y yo le respondía que no.

    Recuerdo a otro niño que comenzó a contarme en susurro que había encontrado mil rublos. Y le pregunté para qué necesitaba los mil rublos. Y me respondió: “Cuando nos dejen ir voy a correr a la tienda”. Y comienza a enumerar las bebidas que compraría, y de pronto se detiene y dice: “Mejor correré a casa, pues nuestra familia también necesita estos mil rublos”.

    Después otro niño comenzó a preguntarme: “Vamos a morir, ¿no?” Y yo le respondo: “No, no vamos a morir”. Y él responde: “Yo sé que vamos a morir”. Y en ese momento pensé que si este niño consideraba que íbamos a morir, significaba que moriríamos sin falta.

    Los terroristas amenazaron con fusilar a 20 rehenes si no había silencio en la sala. También prohibieron ir de un lado a otro. Yo levanté la mano y pedí ir al retrete. Las madres que estaban cerca me pidieron que llevara a sus críos conmigo.

    Entonces, en un aula de la planta baja habían hecho un escusado, un agujero en el suelo. Cuando entré en esa aula vi que había allí montones de flores y noté un vaso, con plantas en agua. No recuerdo como se llamaban esos niños. Solo les pedí que no bebieran el agua de ese vaso pues era pura arena.

    Después tuve suerte pues encontré un pulverizador para las flores en el que había agua también. ¡Dios mío, que dicha! Yo di de beber a los niños, luego la escondí, y toda vez cuando acompañaba a un grupo de niños les daba de beber de ese pulverizador. Pero, más tarde, ellos prohibieron esas salidas.

    Entre las cosas esparcidas en el gimnasio encontré una hoja y un bolígrafo y con el pensamiento totalmente sereno de que seguramente moriría comencé a escribir una carta. Escribí que había visto a papá, quien hacía tiempo que había muerto. Contaba a la mamá que me encontraba bien y le pedía que no se preocupara porque iba a vivir con papá.

    Terminé la carta, plegué la hoja y pensé dónde ocultarla. Después recordé que cuando una persona muere, la desvisten y escondí la carta en la ropa interior. Pensé que, después de morir, cuando me desvistiesen, encontrarían mi mensaje.

    Todos hablaban de la muerte porque lo que ocurría en la sala era insoportable. Los terroristas gritaban a todos. Le tiraban los trapos mojados a la gente como a perros. Los niños se abalanzaban sobre ellos y comenzaban a chuparlas con tal de que a la boca fuera a dar aunque fuese una gota de agua. Esta pesadilla me persiguió durante mucho tiempo".

    El sueño

    "Al tercer día me vino la apatía total. La gente no reaccionaba ya a los gritos de los terroristas. Me parecía que las madres sostenían en los brazos a los hijos muertos de deshidratación. No había fuerzas ni siquiera para llorar. Todos estaban dispuestos a que llegase el final. Ese sentimiento estaba en el aire. Algo debía ocurrir.

    Yo me preparé para lo que iba a suceder de un momento a otro. A mi lado veo a una niña y le digo: “Quítate las gafas, que habrá una explosión y perderás la vista”. No sé por qué estaba segura de que habría una explosión y de que saldría con vida. Yo me encogí y escondí la cabeza y, en un cierto momento me sentí volar a alguna parte.

    Cuando abrí los ojos vi junto a mí un zapato, una cabeza desgarrada de la que corría sangre. Al momento siguiente sentí como que alguien reposaba sobre mí y comencé a pedirle: “Tiita, por favor, levántese de mí”. Resultó que la onda explosiva había sembrado cadáveres. Yo tenía un omóplato roto y no podía mover un brazo ni pararme. Sentí un ojo inflamado. Quise tocarlo con la mano y entendí que tenía incrustado algo metálico en la cabeza.

    Los terroristas comenzaron a arrear a todos los que podían sostenerse de pie hasta la sala de actos del segundo piso. Pero de súbito, en la sala de actos estalló también una explosión y nos empujaron a todos hasta el comedor. En las ventanas había rejas y no se podía escapar.

    Allí, a unas sesenta personas, nos encerraron en la pequeña cocina. Y los militares, sin saber que en el comedor había rehenes comienzan a disparar, por lo que nos encontramos bajo fuego cruzado.

    A través de la reja aserrada irrumpió en el recinto un comando. Uno de los terroristas al verlo arrojó algo a la multitud. Yo no entendí qué era. Y ese comando se arrojó directamente desde la ventana y cubrió con su cuerpo ese objeto. Estalló una explosión. Aquel comando era Andréi Turkin. Gracias a ello muchos sobrevivimos.

    A continuación comenzaron a entrar otros comandos para sacar a las personas del lugar. A mí no me notaron de inmediato. Intenté gritar pero los sonidos parecían atrapados en mi boca".

    Mamá

    "Escucho como mamá telefonea a alguien y pregunta con qué yo iba vestida. Alguien le responde y ella exclama: “¡Es la mía, es la mía!”

    Seguía con la esquirla de metal en la cabeza y me trasladaron de inmediato a Vladikavkaz. Por el camino le digo a mamá que en mis bragas hay una carta y le pido que no la lea. “¿Qué carta? Aquí hay una hoja”, me dice. Y yo le pedí nuevamente que no la leyese. Y ella la arrojó. De lo que estaba escrito allí se enteraría solo mucho más tarde, de una entrevista mía.

    Recuerdo que dos días después de la operación entró en mi habitación la periodista Irada Zeinálova. Le di una entrevista que no recuerdo, pero mi cirujano contaba después que llegó a casa a cenar y comenzó a contarle a la familia de que atendía a una enferma grave. Y en ese momento se da vuelta para mirar el televisor, y ahí estoy yo, hablando. Quedó tan perplejo que incluso lloró.

    Y el 9 de septiembre, junto con otros enfermos graves nos enviaron a Moscú en un avión especial".

    Después

    "Dos meses estuve en cuidados intensivos como un cadáver viviente. Todo el undécimo grado lo pasé en hospitales. Más tarde comenzaría paulatinamente a vivir. Solo cuando regresé a casa comprendí toda la magnitud de la desgracia ocurrida.

    Al principio sentí un pavor terrible. Temía incluso salir a la calle. Me parecía que volvería a ser secuestrada. Hubo un período, en que se difundían falsas alarmas de artefactos explosivos. Aquello era para mí algo tan espantoso que me escondía bajo la cama. Sentía un miedo horrible. Me parecía que iba a morir. Sufría un gravísimo estrés postraumático. Pensaba incluso que enloquecería. ¿Por qué Dios me castigaba así?

    Pero en Beslán nadie acostumbra a quejarse de sus enfermedades o de sus heridas. Porque cualquier madre de un niño muerto estaría contenta de verlo sin brazos o piernas con tal de que hubiese quedado con vida".

    No existió

    "No recuerdo Beslán antes del acto terrorista. Aquello había sido la infancia, pero maduré repentinamente después del atentado. Fue un salto de 20 años. Mi vida antes del secuestro no existió.

    Es cierto que el tiempo cura. No siento pena por los que quedaron con vida, por nadie, ni siquiera por los minusválidos. Siento pena solo por los que perecieron. La esencia del ser humano es tal que lo soporta todo. Pero dan pena los niños que abrigaban tantos planes. Yo tenía sobrinos que habían filmado un video de cómo se graduarían de la escuela, en qué universidad ingresarían. Pero ya no existen.

    No quisiera olvidar jamás lo sucedido. No acuso a nadie y no quiero saber quién fue el responsable. Pues, si lo supiera, ¿qué había cambiado? Todo lo que puedo hacer por aquellos que no están ya más con nosotros es recordarlos".

    Por Albina Olisáeva

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