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    Shevardnadze, el bueno y el malo de una Era

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    Miguel Bas
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    Héroe para unos y malhechor para otros, el papel de Eduard Shevardnadze ya está en manos de historia.

    Como hace casi tres decenios en pleno apogeo de las luchas de la perestroika, una valoración tranquila y sopesada de la obra de Shevardnadze es imposible en Rusia y la antigua URSS. “Shevy” sigue siendo admirado por unos y odiado por otros con tanta fuerza y pasión que hacen incuestionable la magnitud de su papel personal en aquellos turbulentos años que cambiaron el mundo.

    No puedo ser imparcial. No solo porque en aquellos años, los más agitados e interesantes de mi carrera profesional, Shevardnadze fue una fuente inagotable de primicias, sorpresas, emociones.

    Personalmente le debo mucho más. No sé qué pasaría con mi madre si en el lejano 1993 le dijeran que su hijo había muerto. Aquel  día de septiembre dos agencias internacionales se disputaron la noticia de mi muerte, único pasajero extranjero en un avión georgiano derribado a escasos metros de la costa de la asediada Sujumi.

    Una dio el flash de mi muerte, otra, para no ser menos, un urgente de que mi cuerpo había sido recogido en el mar, pero, mientras callaba la agencia EFE, la noticia no llegó a mi madre en Madrid.

    El presidente de Georgia en persona se puso al teléfono para responder rotundo a mis compañeros: “Es muy probable. Pero hasta que no lo veamos, Miguel sigue vivo”. Y luego, cuando acudí a él para pedirle el único teléfono satelital de la ciudad para llamar a la agencia, dijo: “Llama primero a tu madre y a tu mujer”.

    Fue entonces, en medio de una Sujumi asediada y no años después, cuando derrocado por la “revolución de las rosas” abandonó la presidencia de su Georgia natal, cuando el presidente de Georgia bebió de lleno el cáliz de la derrota.

    Shevardnadze y Georgia es, en general, una historia dramática. Es la historia de un virrey soviético al que su propio pueblo reclamó como salvador tras la caída de la URSS y el comunismo y la huida de su primer presidente elegido democráticamente y derrocado  en unos meses por una sublevación popular. Es también la historia de un presidente que prefirió la renuncia al empleo de la fuerza, derrocado por la “revolución de las rosas” que encabezaban los jóvenes reformistas que él mismo llevó al Gobierno e hizo famosos.

    El sombrero de tres picos

    Su historia anterior, la historia que él, en calidad de jefe de la diplomacia soviética, fraguó junto a los presidentes Mijaíl Gorbachov, Ronald Reagan y George Bush padre, aún no puede tener un enfoque objetivo, al igual que tampoco puede tener una valoración unívoca el mundo en que vivimos y que nació de las negociaciones que el canciller soviético mantuvo con sus colegas norteamericanos Alexander Haig, George Schultz y James Backer.

    Es casi imposible rememorar los acontecimientos de aquella era crucial. Sería bueno poder evitar cualquier valoración, pues siempre habrá al menos dos enfoques encontrados y un sinfín de matices de indudable importancia.

    ¿Cómo un político provinciano, con una carrera en el odiado y legendario KGB, se transformó en el ministro que le dio la vuelta a la diplomacia soviética, que después del canciller Andréi Gromiko, apodado "Míster NO" por sus habituales negativas, vino a ser el "Míster YES", protagonista principal de la apertura soviética al exterior?

    A partir de 1985 la política exterior fue la clave del cambio protagonizado dentro y fuera de la URSS. El gran cambio tuvo tres cabezas: el líder, Mijaíl Gorbachov, que encarnó en sí el proceso de transformación, o “perestroika”, el encargado de ideología, Alexandr Yákovev, y el jefe de la diplomacia, Eduard Shevardnadze.

    Quizás la tragedia de la Unión Soviética, que pocos años después dejaría de existir, consistió en la falta de una cuarta cabeza, equiparable a esas tres, que abocara el cambio de la economía.

    Muchos critican la política exterior de Shevardnadze, otros hasta lo tildan de traidor por sus concesiones territoriales al delimitar con EEUU las fronteras en el mar de Barents, en el norte, y con China, en el Extremo Oriente de la URSS, la pérdida del Pacto de Varsovia y el “campo socialista”, la reunificación de Alemania, la retirada de Afganistán, etc. Olvidan, a la vez, que fue esa política la que permitió conseguir la distensión, los tratados de desarme y el fin de la guerra más impopular de toda la historia soviética.

    Olvidan que la distensión y el desarme permitieron descargar un pesado fardo de la agonizante economía soviética, agobiada por la carrera armamentista, desangrada por los bajísimos precios del petróleo y desmotivada por la falta de incentivos en una sociedad desesperada por conseguir bienes esenciales como alimentos, ropa y hasta papel higiénico.

    Pero también es cierto que el romanticismo de la diplomacia gorbachoviana se estrelló contra el pragmatismo occidental. Ni Gorbachov ni su canciller Shevardnadze podían imaginarse las consecuencias de la reunificación de Alemania, la disolución del Pacto de Varsovia y la retirada de las tropas soviéticas de los países del “bloque socialista” servirían para el avance de la OTAN hacia el Este, hacia Moscú.

    Dice la historia que a sus protagonistas hay que valorarlos en el contexto de los tiempos que ellos protagonizaron. Los tiempos de “Gorby” y “Shevy” eran tiempos de esperanza, de diálogo y de confianza, que se plasman en las sonrisas de esos dos hombres, en aquellos años quizás los más queridos y aclamados en el mundo entero.

    Entonces y después, Shevardnadze logró mantener su don de gentes, su legendaria sonrisa tanto en un baño de agradecidas fervorosas multitudes en la Alemania unificada como ante manifestantes iracundos o soldados amotinados, a los que jamás dudó en plantar cara.

    La última vez que vi a “Shevy”, su avanzada edad solo saltaba a la vista cuando mostraba, por enésima vez, el trozo del muro de Berlín que adornaba su despacho, o al no contener las lágrimas al recordar a su difunta esposa. Pero de inmediato demostraba su gentileza georgiana y también su lucidez, preguntando por mis padres, mujer, hija. No ocultaba su descontento por el mar de críticas que sigue suscitando su labor en el territorio de aquella URSS que él contribuyó a destruir.

    Pero cerró el disgusto con su famosa sonrisa: “Si hasta el día de hoy siguen discutiendo, será la historia nuestro último juez”.

    Luego, guiñó el ojo y añadió: “Como dijo Fidel (Castro),´La historia me absolverá´”.

    El guiño aquel fue para la historia que, si a alguien absuelve, será a sus lazarillos.

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