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    Fiodor Lukiánov

    Ucrania, ante una decisión vital

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    Opinión & Análisis
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    Las relaciones ruso-ucranianas vuelven a polarizar la atención de la comunidad internacional.

    Las relaciones ruso-ucranianas vuelven a polarizar la atención de la comunidad internacional.

    En los tres años transcurridos después de la firma del acuerdo de Járkov sobre la prórroga de la presencia de la flota rusa del Mar Negro en la ciudad ucraniana de Sebastópol a cambio de un descuento en la compra de gas natural ruso para Ucrania, en las relaciones entre Moscú y Kiev no ha ocurrido nada relevante.

    Los intentos de profundizar la cooperación terminaron pronto. Tampoco hubo una nueva ola de hostilidad, como la del periodo de la presidencia de Víctor Yúschenko en Ucrania: las partes han sacado sus lecciones de las crisis de la segunda mitad de la década de 2000. Todo quedó estancado: las relaciones se intensificaron en lo que al número de reuniones se refiere, pero carecían de contenido.

    Como siempre, el nuevo impulso ha llegado desde fuera. Ahora que se acerca la cumbre de la Asociación Oriental, que tendrá lugar en noviembre próximo en la ciudad lituana de Vilna, en la que puede quedar firmado el acuerdo sobre la zona de libre comercio entre Ucrania y la Unión Europea (UE), en Rusia vuelve a la agenda la elección geopolítica del vecino.

    La visita de Vladimir Putin a Kiev y el provocador  bloqueo total de importaciones ucranianas por parte de Moscú la semana pasada muestran que en el Kremlin lo toman muy en serio. “La guerra aduanera” es un ensayo antes de la “elección europea”: a Ucrania le dieron a entender cómo serían las relaciones en el caso de que firmara el acuerdo con la UE.

    Pero, ¿en qué consiste la esencia de la discusión de Moscú, si dejamos a un lado los tejemanejes tan característicos para las relaciones ruso-ucranianas? Ahora está menos politizada que antes, y mucho menos politizada que en Ucrania. Es verdad que cada vez que en Rusia se habla de Ucrania, se tiene en cuenta el aspecto geopolítico, pero ahora, al menos, han aparecido unos elementos nuevos. Todos reconocen que el proyecto de la Unión Aduanera, de adherirse Ucrania, habría ganado en relevancia: la de una unión internacional grande con un mercado considerable y una economía potencialmente diversificada.

    Desde este punto de vista, el ingreso de Ucrania tiene sentido no sólo geopolítico, sino también directamente económico, y en esto coinciden tanto los tradicionalistas como los tecnócratas. Pero mientras que para los primeros la membresía de Ucrania es el objetivo máximo, cueste lo que cueste, a los segundos les importan los detalles. Primero, qué puede aportar la economía ucraniana al caso común (y aquí hay espacio para escepticismo, porque muchos se dan cuenta de que ya es imposible restablecer las antiguas cadenas tecnológicas porque sus eslabones ya están desgastados). Segundo, si va a funcionar construcción de la unión, que recuerda tanto la integración europea, tras la adhesión de un país grande que, a lo mejor, va a adoptar una postura obstruccionista en la mayoría de las discusiones. En otras palabras, hay riesgo de que la membresía de Ucrania quite el sentido a la propia integración. Por eso, como mínimo, primero hay que arreglar el mecanismo existente, y sólo después pensar en la admisión de miembros tan importantes. Mientras tanto, no tiene sentido atraer a miembros de menor entidad. Los candidatos reales para el ingreso, Kirguizistán y Tayikistán, son participantes de la Comunidad Económica Eurasiática (CEEA), en base a la cual está creada la Unión Aduanera. Biskek ya ha presentado su solicitud (por su propia iniciativa o por  recomendación de Moscú). Desde el punto de vista geopolítico, esto tiene cierto sentido, mientras que desde el económico, promete nuevos problemas, y desde el punto de vista de la política interior de Rusia, tiene como un serio obstáculo el rechazo a la ampliación de las relaciones con países de Asia Central, al menos en ciudades grandes, que ya sufren las consecuencias de la ola de inmigración. A propósito, los miembros de la Unión Eurasiática tendrán derecho a la libertad de inmigración laboral, y entonces ya será imposible prohibir la llegada de obreros de la valle de Fergana o Alto Badakshán, como se discute mucho ahora. 

    Además, se menciona a veces la posible integración de Moldavia y Armenia, lo que también provoca disputas políticas. Pero en realidad Armenia es un país aislado, atrapado entre sus enormes problemas geopolíticos, y su integración real en cualquier unión es imposible. Y en cuanto a Moldavia, su presencia en la Unión Aduanera tendría sentido sólo en el caso de la presencia allí de Ucrania, de ahí que ahora esta discusión no es nada más que una especulación.

    En todo caso, no hay duda de que la firma del acuerdo entre Ucrania y la UE acarreará inevitablemente una revisión de las condiciones de cooperación económicas. Los tradicionalistas lo ven como el precio de la falta de lealtad estratégica. Los tecnócratas, como una protección natural contra los productos que, siendo expulsados del mercado ucraniano por los competidores europeos, se dirigirán al mercado ruso, que es el de la Unión Aduanera. Como cualquier integración supone la existencia de privilegios para los miembros en comparación con los no miembros, y desde el punto de vista de Moscú es lógico que de optar Ucrania por la UE suban las barreras rusas para el mercado ucraniano. Moscú empezó a calcular cuánto le costarían sus ambiciones imperiales y medir si vale la pena pagar por lo que queda.

    En Ucrania al revés, a la hora de tomar la decisión prevalece el aspecto puramente político, y las cifras no interesan a nadie. Cualquiera de las posibles opciones resultará para  Kiev oficial insatisfactoria, ya que amenaza con una crisis, económica o política. Es evidente que Rusia no dejará sin consecuencias la firma del acuerdo. Y aunque, siendo miembro de la Organización Mundial del Comercio, Rusia no puede seguir con su negativa a dejar entrar las mercancías ucranianas, es cierto que le quitará sus privilegios a los negocios ucranianos.  Será un golpe duro, el nuevo mercado europeo podrá compensar sólo una pequeña parte de lo perdido a los productores de Ucrania. A las autoridades de Kiev les van a exigir resolver el problema, pero no está claro cómo pueden hacerlo.

    Al mismo tiempo, si Ucrania renuncia al acuerdo con la UE, esto puede provocar una crisis económica. Será interpretado como capitulación ante Rusia y rechazo al “futuro independiente”, que en Ucrania se asocia sólo a la Unión Europea (aunque se suponga la dependencia de Europa). Europa lo percibirá como un insulto y aplicará medidas políticas hostiles contra Kiev, lo que agravará aún más la situación interna.

     Tradicionalmente, Ucrania evitó tomar cualquier decisión, maniobrando entre las opciones existentes. Cuando durante la presidencia de Víctor Yúschenko se hizo un intento de acabar con esta incertidumbre, estalló una revolución. Sin embargo, parece que ahora ya no queda espacio para maniobrar sin tomar la decisión definitiva. 

    *Fiodor Lukiánov es presidente del Consejo de Política Exterior y Defensa. Director de la revista Rusia en la política global, una prestigiosa publicación rusa que difunde opiniones de expertos sobre la política exterior de Rusia y el desarrollo global. Es autor de comentarios sobre temas internacionales de actualidad y colabora con varios medios noticiosos de Estados Unidos, Europa y China. Lukiánov se graduó en la Universidad Estatal de Moscú.

    LA OPINIÓN DEL AUTOR NO COINCIDE NECESARIAMENTE CON LA DE RIA NOVOSTI

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