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    Academia de Ciencias de Rusia

    La ciencia rusa, entre el desánimo y el aislamiento

    © Sputnik / Yuriy Abramochkin
    Opinión & Análisis
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    La revista Nature ha colocado a la Academia de Ciencias de Rusia (ACR) en el lugar 193 de 200 por su número de publicaciones.

    La revista Nature ha colocado a la Academia de Ciencias de Rusia (ACR) en el lugar 193 de 200 por su número de publicaciones.

    Decenas de universidades, centros de investigación e incluso varias empresas privadas han adelantado a la ACR. ¿Deberíamos sentirnos frustrados por este hecho y exigir unas inmediatas y profundas reformas? ¿O posiblemente indignarnos por la falta de objetividad por parte de los autores del ranking?

    La editorial Nature Publishing Group edita cerca de veinte revistas científicas, entre ellas la más prestigiosa del mundo, Nature. Lograr publicar allí es uno de los mayores señales de reconocimiento para un investigador, un sobresaliente para el trabajo realizado. Los criterios de la selección son muy estrictos y el hecho de pasar un artículo todas las barreras significa que el resultado de los estudios es realmente valioso.

    El ranking se hace en función del número de publicaciones en las 18 revistas de la editorial. En 2012 los 50.000 colaboradores de la Academia de Ciencias de Rusia han publicado 21 artículos del total de 3.560. La ACR ha quedado a la zaga de la Academia china y un sinnúmero de centros de estudios y laboratorios de EEUU, Asia y Europa, incluso de alguna que otra empresa privada, por ejemplo IBM y Novartis.

    Los 21 artículos firmados por autores rusos fueron escritos en cooperación con científicos extranjeros, de modo que es de suponer que muchos investigadores llevan ya tiempo trabajando en Occidente y participan en proyectos internacionales, indicando ser miembros de la ACR por mera costumbre.

    El sistema de enseñanza superior de Rusia recibe este tipo de 'bofetadas' todos los años, al hacerse público en ranking internacional de universidades Times Higher Education. Y las universidades rusas, si tienen la suerte de entrar, normalmente ocupan las últimas posiciones.

    Sin embargo, los organismos competentes suelen reaccionar de la misma manera: primero defienden que el ranking es parcial y que los datos analizados están errados, tras lo cual prometen redactar su propia lista parcial y con los datos correctos, en la cual las universidades rusas ocuparán los lugares debidos. Al mismo tiempo, siempre se señala que los centros de estudios superiores rusos llegan perfectamente a los estándares mundiales.

    En el caso de la lista de Nature también se podría aprovechar la postura tan socorrida e insistir en que los poco objetivos críticos extranjeros impiden el paso a los estudiosos rusos temerosos de su potencial y su posible rivalidad. En varias ocasiones he oído quejas de que publicar algo en Nature es extremadamente complicado. Los científicos rusos suelen echarse para atrás, optando por ediciones más simples. Pero, ¿Y los 91 artículos publicados por los chinos?

    Deberíamos decidir de una vez por todas, si para nosotros existe la ciencia mundial, con sus criterios únicos, y una comunidad científica que se guía por unos principios éticos comunes. Si la respuesta es positiva, hemos de respetar las mismas normas que Estados Unidos, Singapur y Taiwán, no insinuar que “no se nos quiere”, sino ofrecer unos estudios de tal calidad que todos los críticos se queden sin argumentos.

    Esta postura supone reconocer también que la ciencia rusa está casi muerta. Muchos de los altos cargos del Ministerio de Educación se sienten tan dolidos por esta circunstancia que preferirían no dejar piedra sobre piedra de la Academia y construir en su lugar varios institutos de investigación capaces de ofrecer un producto demandado en Occidente.

    Siempre se puede recurrir a la autocompasión, defender que tenemos nuestra “ciencia soberana”, libre de lo que manda Washington. Muchos de los más reputados académicos sostienen que no tiene sentido buscar nada fuera, sino que que hay publicar en las revistas rusas.

    Hace veinte años en la URSS sí que existía “ciencia soberana” que estaba cerrada a cal y canto para el mundo exterior. Era muy potente gracias a los fondos asignados para proyectos nucleares y espaciales.

    Deberíamos intentar evitar ambas posturas extremas y no dejarnos llevar por histerismos de ningún tipo. Hemos de escapar de la trampa del autoaislamiento con manías de grandeza, pero tampoco hay que destruir todo lo que tenemos por querer adaptarse a Occidente.

    Por Iliá Ferapóntov

    LA OPINION DEL AUTOR NO COINCIDE NECESARIAMENTE CON LA DE RIA NOVOSTI

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