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    Los enemigos de la guerra en Afganistán hacen las paces 25 años después

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    Los veteranos de guerra recuerdan en reiteradas ocasiones acontecimientos que tuvieron lugar en la zona de operaciones. ¿Pueden los enemigos de ayer tomar té juntos y recordar cómo disparaban unos contra otros?

    Los veteranos de guerra recuerdan en reiteradas ocasiones acontecimientos que tuvieron lugar en la zona de operaciones. ¿Pueden los enemigos de ayer tomar té juntos y recordar cómo disparaban unos contra otros?

    En la antesala del 25º aniversario de la retirada de las tropas soviéticas de Afganistán, que empezó en mayo de 1989, el enviado especial de RIA Novosti, Dmitri Vinográdov, fue a este país junto con el veterano de la guerra en Afganistán (1979-1989), Valeri Voshevoz, oficial retirado, para encontrar a los que combatían con él, así como a sus enemigos de aquella época.

    La retirada de las tropas soviéticas de Afganistán en 1988

    “En cierta ocasión me dijo: 'Eres un buen hombre, qué pena que no nos hayamos conocido hace 30 años'. Y le contesté: 'Al revés, qué bien que no nos hayamos encontrado, porque de lo contrario uno de nosotros ya no estaría aquí”, cuenta Valeri Voshevoz sobre sus encuentros con su antiguo enemigo, uno de los exlíderes de los muyahidines, Sufi Payanda, contra cuyo grupo estuvo combatiendo dos largos años en los ochenta.

    Valeri Voshevoz es un hombre grande proveniente del Lejano Oriente ruso. Llegó de voluntario a Afganistán en 1986, cuando tenía 30 años, con el grado de capitán. “Tuve que ascender al mayor, por eso quise ir a Afganistán”, recuerda Voshevoz. “Soy un oficial de carrera y me di cuenta de que tenía que participar en una guerra de verdad”, agrega.

    En Afganistán fue nombrado comandante de una compañía de infantería mecanizada y posteriormente, comandante de un batallón. Su unidad cumplía la misión de vigilar la carretera que unía la ciudad soviética de Termez con Kabul, por la que pasaban los convoyes que transportaban el armamento, soldados, cargas militares y materiales de construcción.

    © RIA Novosti. Walerii Melnickow
    Uno de los exlíderes de los muyahidines, Sufi Payanda, cuyo grupo estuvo combatiendo contra las tropas soviéticas durante la guerra en Afganistán, y el comandante de batallón Valeri Voschevoz.

    La URSS destinaba tantos recursos a Afganistán que la comisión creada a finales de los ochenta para la evaluación de los gastos de la Unión Soviética no sacó a la luz pública sus cálculos, pues las cifras eran enormes. Valeri vigilaba un tramo de esta carretera, de 60 kilómetros de longitud.

    En el túnel de Salang

    Ahora vamos por esta carretera hacia el norte de Kabul. Valera señala las colinas pacíficas. “Por debajo estaban nuestros puestos y por arriba, nuestros ‘secretos’. Aquí estaban los cuarteles y allí, una unidad de mortero”, explica.

    Para Valeri es un viaje por los lugares donde pasaba cuando era joven. Su juventud fue agitada y las tragedias y accidentes que tuvieron lugar en aquella época dejaron las huellas. “Nos perseguían en las montañas y nosotros disparábamos contra ellos”, cuenta Voshevoz.

    A 120 kilómetros hacia el norte se ubica el famoso túnel de Salang, el punto más alto de la carretera, que mide 3,8 kilómetros sobre el nivel del mar. La URSS acondicionó esta vía, así como varios túneles, incluido el más largo, de tres kilómetros de longitud.

    © Foto: Foto del archivo personal de Valeri Voshevoz
    El jefe de batallón, Valeri Voschevoz, cuando prestaba servicio militar en Afganistán

    A día de hoy, el estado de la carretera deja mucho que desear. En el revestimiento de hormigón hay muchos agujeros. Después de que Rusia cortase los lazos con Afganistán tras la retirada de las tropas soviéticas de este país hace 25 años, la carretera no se ha reparado. El sistema de ventilación e iluminación en el túnel no funcionan, la circulación no se regula. Grandes camiones entran el en túnel de ambos lados.

    Estamos apretados en un embotellamiento en el túnel oscuro con olor a gasolina. En 1980, 16 soldados soviéticos murieron asfixiados en este túnel, cuando una unidad de carros blindados se paró allí. Una mayor tragedia sucedió en el mismo lugar el 3 de noviembre de 1982, cuando 176 personas, tanto militares soviéticos como ciudadanos de Afganistán, murieron por la explosión de un camión cisterna.

    Valeri Voshevoz salió de nuestro coche y fue a regular la circulación. Esto se parece a la situación de hace 30 años, cuando el comandante del batallón regulaba la circulación también cerca del acceso al túnel.

    © RIA Novosti. Andrey Greshnov
    Túnel Salang

    Los afganos obedecen a este hombre. Valeri no habla inglés ni otros idiomas extranjeros, tan sólo usa el ruso para comunicarse, pero todos le entienden perfectamente.

    A la salida del túnel, donde en su tiempo estuvieron acuarteladas las unidades soviéticas, incluido el batallón de Voshevoz, a día de hoy los afganos venden el agua a los conductores.

    Valeri entra en una de las tiendas y pide ver los banderines de las Tropas Aerotransportadas de Rusia que regaló hace varios años al dueño del negocio. Cada vez que pase por aquí inspecciona que estén intactos. El tendero le muestra con sonrisa los banderines cubiertos de polvo.

    Pero Voshevoz tiene también tareas más serias que cumplir. Aquí se encuentra el único monumento al soldado soviético que quedó en Afganistán. Un camión que iba a gran velocidad casi chocó con otro camión que transportaba a civiles. El chófer pagó con su vida por prevenir el choque y los afganos agradecidos le erigieron un monumento modesto.

    El comandante del batallón va a comprobar que está intacto, pero el monumento está cubierto de nieve. Valeri pide a los comerciantes que lo limpien, prometiendo pagarles 100 dólares cuando esté de vuelta.

    © RIA Novosti. Walerii Melnickow
    El veterano de la guerra afgana, Valeri Voschevoz, en Afganistán

    En del túnel de Salang, Valeri supo donde están varios afganos que combatían junto a él contra los muyahidines: Osman Hodzi y Gul Rahman Nuri. Estaban vivos, al lograr sobrevivir a la guerra en Afganistán con la participación de la URSS y las demás conmociones.

    Osman Hodzi y Gul Rahman Nuri trabajaban en el Servicio Estatal de Seguridad de Afganistán y fueron incluidos en el batallón de Valera.

    Según la versión oficial, las tropas soviéticas intervinieron en Afganistán para ayudar al Gobierno local. Pero, de hecho, el nivel de apoyo de este Gobierno era tan bajo que se combatía por éste, en su mayoría, de manera forzosa. El Ejército y los servicios secretos afganos, con armas soviéticas en su poder, se pasaban con frecuencia al lado de los opositores muyahidines.

    Así las cosas, los soldados soviéticos no sentían mucha confianza hacia tales ‘socios’. Muchos tenían lazos con los muyahidines, que podían chantajear a los aliados de los llamados ‘shuravi’, que es como llamaban a los soviéticos, y obligarles a matarles.

    © RIA Novosti. Walerii Melnickow
    Osman Hodzi y Valeri Voschevoz

    “Cuando Osman apareció en mi batallón, siempre iba detrás de él en las misiones de reconocimiento para que no pudiera dispararme en la espalda. Le decía que si nos llevaba a una emboscada, encontraría una bala para él, recuerda Voschevoz. 

    Pero Osman Hodzi y Gul Rahman Nuri gozaban de fama de partidarios fiables de los ‘shuravi’. Posteriormente, Valeri supo los motivos: los muyahidines mataron a sus padres y fueron enemigos jurados para estos afganos.

    “Mi padre fue asesinado ante mis ojos por los muyahidines porque mi hermano estaba en el servicio del Gobierno en Kabul. Los rebeldes exigieron a mi padre que le obligue a mi hermano a regresar, pero me padre se negó a hacerlo y le fusilaron”, contó Osman su historia a RIA Novosti. La guerra civil que duró 25 años dividió a la sociedad afgana y esto continúa hasta hoy en día. 

    Las unidades de los servicios de seguridad afganos se componían, en su mayoría, de soldados que consideraban a los muyahidines como sus enemigos. Estas personas fueron las más eficaces en el Ejército afgano y desertaban  en raros casos.

    A finales de la estancia de Valeri en Afganistán, éste les invitó a acuartelarse junto con los soldados soviéticos, temiendo que les podrían matar por venganza. Esto les salvó la vida y hasta hoy están agradecidos a Valeri.

    © Foto: Foto del archivo personal de Valeri Voshevoz
    Gul Rahman Nuri (a la derecha) hace treinta años

    Tras la comisión de servicio de dos años, la carrera de Valeri se desarrolló con éxito. Voschevoz continuó trabajando, se graduó en una academia militar de Moscú y en 1996 ocupó un alto cargo, al ser nombrado representante plenipotenciario del presidente de Rusia en la provincia de Amur (Lejano Oriente de Rusia), y tras el establecimiento de las entidades federadas, se hizo inspector federal. A día de hoy, encabeza la división de la provincia de Amur del Consejo de los veteranos de la guerra en Afganistán.

    Pronto llegamos al poblado de Hindjan, donde viven a día de hoy Osman Hodzi y Gul Rahman Nuri. Están contentos con la cita con su comandante del batallón. Ahora son hombres respetables de barba canosa. Valeri ni siquiera pudo reconocerles en un primer momento, porque anteriormente llevaban la uniforme y ahora lucían la ropa tradicional afgana.

    Osman Hodzi tiene 57 años y es padre de cuatro hijos. Con barba canosa y turbante en la cabeza tiene la apariencia de un anciano típico proveniente de Asia Central. Gul Rahman Nuri tiene 50 años y siete hijos. Su hijo mayor tiene 21 años; el menor, sólo 7.

    Tras la retirada de las tropas soviéticas, Osman Hodzi y Gul Rahman Nuri temían, ante todo, la venganza por parte de los antiguos muyahidines, incluidos los guerrilleros bajo el mando de Sufi Payanda, el principal exadversario de Valera.

    © RIA Novosti. Walerii Melnickow
    Osman Hodzi y Valeri Voschevoz

    Pasado un tiempo, los muyahidines se preocuparon de otros asuntos, olvidando la venganza. Estalló una guerra civil y se hizo de poca importancia quién combatía con los ‘shuravi’ y quién estaba en contra de estos. Ahora toda la población local luchaba contra los talibán provenientes del sur.

    Osman Hodzi y Gul Rahman Nuri volvieron a tomar las armas, pero a día de hoy están en el mismo lado de las barricadas con Sufi Payanda.

    Al almorzar con la comida tradicional, vamos a la ciudad norteña de Puli Humri, donde vive Sufi Payanda. Inesperadamente, el conductor nos muestra un poblado nada extraordinario al otro lado de un río pequeño. “Allí viven los talibán”, explicó.

    A día de hoy, los talibán gozan de apoyo de la población local, sobre todo de civiles de la etnia pastún. Sus lemas simples tienen su auditorio fuera de las ciudades también. Los talibán prohíben a las mujeres estudiar y a todos los ciudadanos de Afganistán ver la televisión. Pero no se prohíbe el uso de energía eléctrica en los poblados.

    Los talibán controlan un 50% o 70% del territorio de Afganistán: la mayoría de los barrios fuera de las ciudades. Es peligroso parar en este terreno por la noche y en el sur y occidente de Afganistán es peligroso hacerlo incluso de día.

    Antes de la cita es necesario comprar regalos. Valeri compra frutas para el exmuyahidiín.

    Llegamos a su casa. Nos da la bienvenida un anciano de 80 años que en su tiempo infundía terror a todos. Ahora encabeza de una gran familia. Tiene 9 hijos y más de 20 nietos.

    El exguerrillero vive en de manera modesta en una casa de arcilla de dos pisos. Muchos exmuyahidines se quejan de que mientras que luchaban contra los enemigos, sus vecinos se ocupaban de negocios. Ahora sus vecinos astutos viven de lujo, pero los antiguos guerrilleros viven muy malamente, porque Afganistán no ofrece pensiones.

    Antes de conceder la entrevista, Payanda pronuncia una oración.

    ¿Cuál es su profesión?”, pregunta al exlíder de los muyahidines el responsable de Rusia Unida. “Antes de la yihad, vendía carne”, señala Payanda.

    Gracias al destino y su talento organizador, Payanda fue el guerrillero más influyente bajo cuyo mando estuvieron hasta 1.500 combatientes, la mayoría de los cuales fueron ciudadanos afganos comunes y corrientes que simplemente tenían armas y luchaban contra los rusos.

    Formalmente Payanda se subordinaba a uno de los líderes de muyahidines, Mansur. Tras la retirada de las tropas soviéticas de Afganistán, otro general influyente, Ahmad Shah Massoud, incluso encerró a Payanda en la cárcel durante dos años..

    “¿Cuántos soldados soviéticos murieron durante la guerra?”, le pregunta el corresponsal de RIA Novosti. “Unas 200 personas se hicieron terroristas suicidas”, responde Payanda, pero no puede comunicar el número exacto de ‘shuravi’ asesinados.

    “Está claro que no queríamos a los rusos, porque ésos llegaban con sus reglas de juego, Además, no creían en Dios”, confiesa el antiguo guerrillero. “Pero los ‘shuravi’ fueron valientes y audaces. Les respetábamos”, agrega.

    Voluntad de Alá

    Payanda nunca ha visto a Valeri en el teatro de operaciones, pero sabía quién era el comandante de los rusos. Voschevoz también oía el nombre de su adversario.

    “Si en aquella época me hubieran dicho que estaríamos aquí tomando té juntos, nunca lo creería”, sonríe Payanda. “Todo ocurre por voluntad de Alá. No hay amigos o enemigos eternos en la política”, agrega.

    “Teníamos menos razón que ellos, porque intervenimos en los asuntos internos de otro país”; dice Valeri. Voschevoz, mira con un gran interés y simpatía al enemigo de ayer, como si éste fuese su pariente lejano.

    Payanda tampoco desea ningún mal a Valeri. “Cumplía órdenes de matar y mataba”, dice el veterano. El muyahidín considera un adversario honesto al comandante Valeri, que nunca ofendía a las mujeres ni mataba a los niños ni ancianos, a diferencia de muchos otros soldados soviéticos.

    © Foto: Viktor Ryzhov
    Una placa en el lugar de los combates en el valle de Pandjer

    La entrevista llega su fin. La mezquita del poblado llama a la oración. Payanda observa todos los rituales y esto goza del respeto de sus conciudadanos, que le eligieron en su tiempo como líder de su grupo subversivo.

    Tras la entrevista los parientes jóvenes de Payanda se nos aproximan. El líder del grupo pide a Valeri que les traiga un balón de fútbol cuando venga.

    En el camino de vuelta, antes de entrar en el túnel de Salang, Voschevoz va a comprobar si está liberado de nieve el monumento al soldado soviético.

    Ahora se puede ver desde la carretera un paso hacia el monumento hecho en el montón de nieve. Valeri da a los comerciantes 100 dólares, mira al monumento con el nombre del soldado muerto, suspira, se sienta en el coche y nos vamos.

     

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