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    Campeona paralímpica de EEUU quiere volver a su patria Rusia

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    Juegos Paralímpicos de Sochi 2014 (36)
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    Todavía no se ha hecho de día, pero Jessica Long ya se ha acercado cojeando al borde de la piscina del centro olímpico de deportes acuáticos.

    Todavía no se ha hecho de día, pero Jessica Long ya se ha acercado cojeando al borde de la piscina del centro olímpico de deportes acuáticos.

    Lleva un bañador de colores suaves y rodilleras grises que protegen los muñones de las piernas de áspero revestimiento del suelo.

    Uno de los auriculares del iPad está metido en el oído y el otro, colgaba junto con los mechones del pelo rubio. De esta forma puede oír los cuchicheos de sus compañeros de equipo en el sonoro espacio destinado a la natación que se instaló cómodamente al pie de las montañas Rocosas, en la ciudad de Colorado Springs.

    Aquella mañana escucha música más ligera que de su época de adolescente. Para empezar sus matutinos entrenamientos ya no pone a Eminem ni a Lil Wayne, sino a los grupos indie tales como Mumford & Sons o Imagine Dragons.

    La joven de 21 años es posiblemente la figura con mayor potencial entre los nadadores paralímpicos de su generación. No es muy madrugadora y los gritos desesperados de los deportistas al meterse en la fría agua de la piscina tampoco animan mucho.

    “Esta piscina no es muy cálida, sobre todo, en invierno”, explicó Jessica en su entrevista al corresponsal de RIA Novosti. Cuando fuera hace frío, la temperatura dentro baja todavía más. Por eso, para meterme en el agua necesito espabilarme de alguna manera”. Esta aversión al frío podría parecer extraña para una persona nacida en el corazón de Siberia. Los primeros trece meses de su vida la niña los pasó en un orfanato de la ciudad de Irkutsk, adonde fue enviada después de que la abandonaran sus padres casi adolescentes, persuadidos por los médicos de que educar a una niña sin piernas sería una carga demasiado pesada.

    Pasaron veinte años y, armada con una decena de frases en ruso, una inagotable curiosidad y un gran número de preguntas, Jessica se prepara para un viaje a Rusia. Está dispuesta a reunirse con sus padres biológicos, cuya existencia desconocía hasta hace un año. Será su primer viaje al país de origen desde que la adoptara una familia de Baltimore.

    Desde Bratsk a Baltimore

    Su nombre original era Tatiana Kiríllova y nació en la ciudad de Bratsk de la provincia de Irkutsk. Su madre tenía entonces 18 años y su padre, 17. La bebé nació con hemimelia fibular, acortamiento congénito del peroné. Al llegar los padres a la conclusión de que no le podrían facilitar los cuidados necesarios, optaron por dejarla a cargo del Estado ruso.

    “Vivía en Siberia, sola, mis padres estaban lejos”, contó el año pasado en un programa televisivo la madre biológica de la nadadora, Natalia Kiríllova. No sabía ni adonde ir con un bebé recién nacido”. Un año más tarde tuvo otra hija, Anastasia. La mujer insiste en que fue al orfanato de Irkutsk, para llevarse a su hija mayor, pero ya la había adoptado una pareja de Baltimore, Stephen e Elizabeth Long, que ya tenían dos hijos.

    La familia quería tener más niños, pero los médicos insistían en que ya no sería posible. “Confiábamos en poder adoptar niños con minusvalías, contó Stephen Long al corresponsal de RIA Novosti, porque nos creíamos capaces de darles una buena familia y de ayudarles a llevar una vida llena”. Junto con la pequeña Tatiana adoptaron a un niño. Los médicos se habían equivocado en sus pronósticos y más tarde en la familia nacieron otros dos niños, seis en total.

    “No nos aburríamos nunca en casa, se ríe Jessica, incluso hoy la vida bulle allí”. La niña padecía malformaciones en las piernas y le costaba llevar prótesis. Al cumplir la niña los 18 meses, se tomó la decisión de amputárselas. Dos semanas después empezó a caminar, apoyada en un andador. “Usar prótesis siempre ha sido algo completamente normal para mí, es como ponerse unos zapatos con un tacón muy alto”.

    Jessica era una niña muy activa y espabilada. “Daba volteretas y saltos por toda la casa. Teníamos una cama elástica y daba vueltas hacia atrás. Me subía sobre la nevera y encima de la barandilla. Nunca estaba quieta”, relata. Para dar salida a toda esta energía, los padres de la niña la matricularon a la edad de los seis años en clases de gimnasia. Le gustó este deporte, porque le permitía estar sin prótesis. Aunque era difícil hacer los ejercicios estando de rodillas.

    Al cumplir Jessica los 10 años, sus padres le dijeron que, si quería seguir con clases de gimnasia, debería hacerlo con las prótesis puestas. “Y pensé: no quiero estar colgando de las barras con este estorbo, ni dar volteretas ni nada por el estilo. Por eso decidimos encontrar otra modalidad de deporte, una que pudiera practicar sin prótesis”, recuerda la deportista.

    Los sueños de sirena

    Jessica desde siempre se ha sentido atraída por el agua. Los domingos, después de ir a misa, la familia visitaba a los abuelos, que tenían piscina en casa. Se quedaban en el agua hasta la noche. “Fue allí donde me enamoré de la natación, recuerda, me sentía una sirena y me inventaba mil aventuras. Nadaba con los ojos abiertos hasta que se ponían rojos y empezaban a escocer”.

    Al crecer, la niña quería ganar siempre, por muy banal que pareciera la competición. Ser la primera en acabarse un helado o en pasar por la puerta, le daba igual. Sus hermanos de vez en cuando la retaban en broma y Jessica solía gritarles que no era justo. La piscina puso a todos en las mismas condiciones.

    Un día la abuela adoptiva leyó un artículo sobre el equipo local de natación y le propuso a Jessica cambiar de modalidad. En el primer entrenamiento la niña sólo pudo nadar en dos estilos. La primera vez que probó la mariposa, hoy el estilo que mejor se le da, creía que se acabaría ahogando. Pero pronto ya se sintió con fuerzas de enfrentarse incluso a los deportistas sin minusvalías.

    “Estaba encantada con cómo me trataban mis compañeras. Para ellas no era una niña sin piernas, sino una rival que las podía dejar atrás”.

    Para la completa sorpresa de familiares y entrenadores, dos años después de haber empezado a entrenar, Jessica se convirtió en miembro de la selección nacional paralímpica y participó en los Juegos de Atenas. Los padres intentaron prevenirla de ilusiones infundadas, insistiendo en que sólo tenía 12 años. “Pero recuerdo que pensé que conseguiría mi propósito”, explica la joven. En aquellos Juegos Olímpicos ganó tres medallas de oro, arrebatando en el último momento una de ellas, la de 100 metros estilo libre, a la campeona mundial Keren Leibovich. Así fue como empezó su carrera.

    En los Juegos Olímpicos de Pekín de 2008 ganó cuatro medallas de oro, aunque pensó en dejar de competir, por haber prometido a sus familiares y a los periodistas que volvería con siete premios. El año pasado en la Olimpiada de Londres ganó otras cinco medallas de oro y ahora le pertenecen 15 récords mundiales.

    De todas sus competiciones se acuerda especialmente de aquellas, en las que representó a su equipo de Baltimore en 100 metros estilo libre con 85 nadadores sin minusvalías. En distancias cortas quedó en desventaja, por no poder contar con pies ni pantorrillas, pero a pesar de todo, fue la primera. “Fue inolvidable”, confiesa.

    Los orígenes importan

    Los padres adoptivos de Jessica desde el principio le revelaron su condición de adoptada. Según la joven, siempre se ha sentido parte de la familia de los Long, pero desde niña deseaba ver a su madre biológica. “Cuando tenía 15 o 16 años, pensaba  que por nada del mundo la buscaría, pero luego maduré y decidí que quería conocerla”, explica.

    En una entrevista concedida en vísperas de los Juegos Olímpicos de Londres, Jessica dijo que le gustaría conocer a sus padres biológicos, pero nunca antes de las competiciones. Porque se disponía a ganar el oro.

    Una enérgica periodista rusa, Viktoria Petrova, estaba preparando la cena, cuando oyó por la tele la historia de una niña minusválida convertida en la megaestrella de la natación. Enseguida se dio cuenta del drama que estaban viviendo sus protagonistas y decidió localizar a la familia biológica de Jessica.

    Las pesquisas la acabaron llevando a una aldea perdida de la mano de Dios, con tan sólo 853 habitantes. Allí viven los padres de Tatiana Kiríllova, que se casaron y tuvieron tres hijos. Natalia Kiríllova no sabía nada del destino de su hija abandonada y al enterarse de sus éxitos deportivos sólo pronunció: “Se parece a mí” y se calló.

    En vísperas de la Olimpiada de Londres Jessica se estaba entrenando de manera intensa en Colorado Springs: cinco horas de piscina diarias, levantamiento de pesas, abdominales, yoga y pilates. Dos semanas antes de las competiciones se enteró de que sus padres biológicos habían sido encontrados.

    La joven empezó a ser perseguida por los medios de comunicación, se le mandaban numerosas cartas y se le pasaban notas a través de los miembros de la delegación rusa. “Sinceramente, empecé a enfadarme. Había llegado para competir y no podía atender otros asuntos”.
    La nadadora logró mantener la calma y se llevó, además de cinco medallas de oro, dos de plata y una de bronce.

    Tras volver a Baltimore, vio la grabación de un programa de televisión rusa que alguien le había mandado por correo electrónico: habían tomado parte en él sus padres biológicos y su hermana. Las imágenes sirvieron para confirmar las sensaciones que tenía desde que era niña.

    “Nunca, en ninguna ocasión me he sentido adoptada en mi familia”, dice con seguridad. "Pero también sabía que tengo una familia a la que me parezco. Por eso, cuando vi en aquel programa a mi madre biológica, me sentí realmente bien. El parecido es sorprendente".

    El campo de minas de la geopolítica

    Jessica ha fijado su viaje a Rusia para el próximo agosto. Para sus familiares y amigos será un acontecimiento muy emocionante, pero para mucha gente que está pendiente de esta historia, también uno muy vinculado con la geopolítica.

    En pasado diciembre el presidente de Estados Unidos, Barack Obama, firmó la llamada 'Ley Magnitski' que introducía sanciones económicas y la prohibición de entrada en EEUU para aquellos funcionarios rusos que están involucrados, en opinión de Washington, en actos contra los derechos humanos.

    La ley, aprobada junto con normativas sobre la normalización de las relaciones comerciales entre los dos países, lleva el nombre de Serguéi Magnitski, abogado del fondo de inversiones Hermitage Capital Management, que murió en noviembre de 2009 tras ingresar en prisión preventiva bajo cargos de evasión fiscal. Él mismo siempre rechazó las acusaciones, sosteniendo que la causa penal fue resultado de una denuncia suya contra funcionarios corruptos que supuestamente habían robado cerca de 230 millones de dólares al fisco ruso. Falleció en prisión en circunstancias poco claras.

    Indignada por lo que calificó como intromisión en sus asuntos internos, Moscú no tardó en ofrecer su respuesta a la medida. Entre otras cosas, se prohibió la adopción de menores rusos por parte de ciudadanos estadounidenses. Se declaró que la medida iba encaminada a proteger a los niños rusos de manifestaciones de violencia y maltrato por parte de los padres adoptivos. Se alegó que en las últimas dos décadas han muerto en Estados Unidos veinte menores adoptados en Rusia.

    La ley que prohíbe la adopción por parte de parejas de EEUU de niños en Rusia fue bautizada en memoria de Dima Yákovlev, un niño ruso de dos años que murió en EEUU en 2008 después de que su padre adoptivo lo dejara encerrado en un coche durante más de nueve horas bajo un sol abrasador. El hombre pudo ser condenado a 10 años de cárcel por homicidio involuntario, pero fue absuelto de todos los cargos.

    El nombre de Jessica Long es muy mencionado por ambas partes de los debates. Los críticos de la norma legislativa insisten en que priva de la posibilidad de una vida familiar tranquila a decenas de miles de niños, incluidos minusválidos como la deportista. De acuerdo con los datos que obran en poder del Departamento de Estado, en los últimos 20 años las familias estadounidenses adoptaron a más de 60.000 menores rusos, 962 de ellos el año pasado.

    El Defensor de los Derechos del Menor de Rusia, Pável Astájov, un hombre bastante brusco en sus declaraciones, comparó la historia de Jessica con los terrores que le tocó vivir a otra niña rusa, Masha Allen, víctima de violaciones constantes por parte de su padre adoptivo que además colgaba en Internet cientos de fotografías pornográficas de la niña. “No jugaría en esta ruleta americana, es demasiado humillante”, señaló en una entrevista. "Allí un niño puede convertirse en una Jessica Long o correr la suerte de Masha Allen”, añadió.

    Jessica lamentó profundamente la prohibición de la adopción. Espera poder persuadir con su viaje a los funcionarios y a la sociedad rusa de que se ha tomado una decisión incorrecta. “Tuve una familia que me dio su cariño, se me inculcaron los valores cristianos. Tuve una educación, aprendí a nadar y conseguí muchos éxitos. Desanima saber que algunos niños nunca podrán contar con eso”.

    Está dando clases de ruso y sigue entrenando

    Jessica está asistiendo a las clases de ruso que se imparten a los deportistas que participarán en los Juegos Olímpicos de 2014 en Sochi. Sabe saludar y decir algunas palabras, aunque con un marcado acento. Y desde niña conoce las expresión “Do svidaniya”, es decir, “Hasta luego” que describe perfectamente su relación con el país de origen.

    Pero durante su visita difícilmente podrá hablar con su familia biológica en ruso. Dice estar negociando con una de las compañías británicas que prepara un documental sobre su vida la posibilidad de que grabe la reunión. En más de una ocasión se negó a hablar con sus padres biológicos por Skype para salir en algún programa. “Quiero que sea en persona”, señala.

    Mientras tanto, no deja de entrenar para los Juegos Paralímpicos de 2016 que se celebrarán en Río de Janeiro. Esta semana se desplazará a Minneapolis para participar en el Campeonato Paralímpico de Natación de Estados Unidos. Sin embargo, este año tiene un régimen mucho más relajado que antes. Cuando sólo quedaban unos meses para la Olimpiada de Londres, había estado tan sólo varias veces en la piscina. Dice haberse reunido con sus amigos, pasado el tiempo en Baltimore y sin ningún tipo de limitación en la comida. En enero volvió a Colorado Springs y reanudó los entrenamientos.

    “Ahora sólo entreno de verdad por las mañanas, me dedico más a los estudios y al asunto de mi familia biológica. Pero nado lo suficiente como para mantenerme en buena forma”. Sin embargo, su entrenador Dave Denniston no parecía muy satisfecho, porque el resultado que había demostrado Jessica no era ni mucho menos el mejor.

    A la petición de que los nadadores “le dieran una alegría” Jessica le echó una sonrisa traviesa, se concentró y mejoró cinco segundos su récord de los entrenamientos. El silbido aprobador de Dave resonó en las paredes de la sala y se desvaneció, apagándose en el agua.

    LA OPINIÓN DEL AUTOR NO COINCIDE NECESARIAMENTE CON LA DE RIA NOVOSTI

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