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    Van Cliburn, el pianista que borró las fronteras

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    Nunca ha habido en la historia de las relaciones entre Estados Unidos y Rusia una figura tan querida, incluso venerada por ambos países, como el pianista estadounidense Van Cliburn, que acaba de fallecer de cáncer a la edad de 78 años.

    Nunca ha habido en la historia de las relaciones entre Estados Unidos y Rusia una figura tan querida, incluso venerada por ambos países, como el pianista estadounidense Van Cliburn, que acaba de fallecer de cáncer a la edad de 78 años.

    Adaptamos su nombre a nuestra pronunciación y él aprendió a responder al diminutivo de Iván, Vania. Aseguraba que los rusos eran tan buena gente como los habitantes de su Texas natal.

    No importaba quién estuviera en el poder en nuestro país, la actitud cálida que nos unía nunca ha cambiado. ¿En qué consistía el secreto del encanto de Van Cliburn, que se convirtió en leyenda siendo todavía muy joven?

    Desde Texas hacia el estrellato

    Este pianista desgarbado y encantador participó en el Primer Concurso Internacional Chaikovski en abril de 1958, en pleno apogeo de la Guerra Fría. Parecía caído de otro planeta.

    La severa rivalidad ideológica que enfrentó a dos superpotencias les concedía a todas las esferas, el arte entre ellas, un trasfondo político. ¿Cómo consiguió aquel joven, a quien ni siquiera le conocían en Nueva York y que procedía de un país enemigo y odiado, dejar tan hechizados a los espectadores que Nikita Jrushchov permitió concederle la victoria?

    Era un acontecimiento increíble. Los principales periódicos de Estados Unidos, The New York Times inclusive, publicaban a diario reportajes desde el concurso de Moscú. A su regreso, el pianista fue recibido como los primeros astronautas, lo bañaban con confeti y flores mientras pasaba por las calles neoyorquinas en un descapotable.

    Unos meses antes de su triunfo, Van Cliburn, un pianista sin demasiado éxito comercial, había abandonado Nueva York donde la vida le resultaba demasiado cara, regresando a Texas. Su vertiginoso ascenso parecía tan increíble -nunca se habían rendido tantos honores a los pianistas clásicos -que muchos intentaron explicarlo con que se había producido en un momento especial de las relaciones bilaterales.

    "El cariño y la tristeza rusas"

    Después de la actuación de Cliburn en el concurso, el patriarca de la música soviética, el pianista, compositor y pedagogo Alexandr Goldenveizer no dejaba de exclamar: "¡Un joven Rajmáninov, es un joven Rajmáninov!”. La característica manera de interpretación de Serguéi Rajmáninov, quien emigró a Estados Unidos abandonó el país junto con él. Van Cliburn recuperó su técnica increíblemente envolvente y al mismo tiempo monumentalmente poderosa. “Interpretando a Rajmáninov, Van Cliburn era más ruso que todos los pianistas soviéticos”, recuerda Solomón Vólkov, experto en cultura y música. Oyó al pianista estadounidense un año más tarde, en 1959, cuando a Van Cliburn inesperadamente se le permitió visitar Riga, una ciudad de acceso limitado para los extranjeros.

    Después del concierto Solomón Vólkov, que tenía en aquellos momentos 15 años, apareció entre bastidores y le pidió un autógrafo. Se lo escribió sobre una recopilación de poesías de Mao Zedong. Y el libro forma actualmente parte de la biblioteca del experto en su casa en Nueva York. “Todos estábamos hechizados por Cliburn, su música estaba teñida del cariño ruso y respiraba también la profunda tristeza tan propia de nuestro pueblo. Liberó por completo la percepción de los músicos soviéticos. Recuerdo que al tocar los primeros acordes del Tercer Concierto de Rajmáninov se me saltaron las lágrimas”, dice Vólkov, y otra vez las lágrimas asoman a sus ojos.

    Era uno de los nuestros

    Por muy extraño que parezca, los éxitos de Van Cliburn eran aplaudidos tanto por los estadounidenses como por los rusos. Ambos países veían en él a “uno de los nuestros”. Confesando su amor hacia Rusia, el pianista no criticaba a su país -tan despreciado por los ideólogos soviéticos- y le rendía homenaje. Nadie se lo reprochaba, entendiendo que amaba los robles de Texas de la misma forma que nosotros estábamos encariñados con los blancos abedules.

    La suciedad de las guerras propagandísticas no llegó a manchar el impecable frac del maestro. Tocó para todos los líderes estadounidenses, desde Dwight Eisenhower hasta Barack Obama. Le aplaudieron los dirigentes soviéticos y rusos, sin excepción alguna. ¿Pero cuáles eran sus creencias políticas, era demócrata o quizás republicano? ¿Era racista o abogaba por la igualdad de derechos? ¿Era simpatizante del socialismo, partidario del mercado libre o admirador del régimen soviético?

    Este enigmático hombre que redescubrió para nosotros la música de Chaikovski y Rajmáninov, al parecer no tenía ningún interés en lo mundano. Es posible que viera el mundo de otra forma, sin recurrir al prisma de las clases y los partidos, sin volverse un histérico ni un predicador, cosa que ha ocurrido a veces incluso a las mentes más brillantes.

    Si se le hubiera ocurrido instalarse en Rusia, al igual que Gerard Depardieu, se le habría recibido con los brazos abiertos, a pesar de haber nacido en “el país de los yanquis”. Se mostraba encantador con todos, tan cortés y algo tímido como en su juventud, sin que la fama alterara en lo más mínimo su carácter.

    Un pianista caído de otro planeta

    Durante los años de la Guerra Fría en Estados Unidos hubo bastantes “amigos de la URSS”, el periodista John Reed; la luchadora implacable por los derechos de los desfavorecidos Angela Davis; Howard Fast, escritor galardonado con el Premio Stalin, y Dean Reed, que cantaba a la libertad.

    Hubo también un científico que se encadenó a la verja frente a la Casa Blanca y aguantó sin comida durante un tiempo inimaginable. No me acuerdo de su nombre, pero los telediarios no dejaban de informarnos de cómo se encontraba y firmé, junto con tantos otros soviéticos, la solicitud para que suspendiera la huelga de hambre.

    Los queríamos y los dejábamos de querer en cuanto se alejaban un ápice de la línea de simpatizantes con la URSS; los adorábamos, pero enseguida les echábamos en cara su coqueteo con el mundo capitalista. O podía que ellos se cansaran de su papel y dejaran de profesarnos cariño.

    Van Cliburn era distinto, como caído de otro planeta. Era poco tradicional en todo, incluida la vida sentimental. Y, sin embargo, ni siquiera los medios más sensacionalistas osaban irrumpir en su frágil espacio privado, en su mundo construido con sensaciones y notas.

    El último acto de agradecimiento

    Van Cliburn puso fin a su carrera de pianista que ofrecía conciertos por el mundo en 1978. Volvió a Texas y se convirtió en patrocinador de un concurso de música clásica que rivalizaría con el Concurso Chaikovski.

    A veces aparecía en público. Dicen que su técnica ya no era impecable, pero su interpretación nunca ha dejado de llegar al fondo del alma de quienes lo escuchaban. Hace un año, ya gravemente enfermo, cedió a una subasta benéfica muchos de sus objetos personales, entre ellos el piano de cola de principios de siglo que solía tocar su madre. Fue su primera profesora de música, que empezó a impartirle clases a la edad de tres años. Madre e hijo eran inseparables hasta el día de su muerte.

    Casi 4,5 millones de dólares fueron repartidos entre la escuela Juilliard en Nueva York y al Conservatorio Chaikovski de Moscú. Este fue su último acto de agradecimiento a dos grandes centros que cultivaron su talento.

    “En esta vida no hay nada eterno, sólo la música y la memoria”, fue el mensaje del pianista.

    LA OPINIÓN DEL AUTOR NO COINCIDE NECESARIAMENTE CON LA DE RIA NOVOSTI

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