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    Fiodor Lukiánov

    Un año más con Bashar Asad

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    Opinión & Análisis
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    Conflicto armado en Siria (1377)
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    El año 2013 empieza con las mismas discusiones que 2012: sobre la guerra en Siria y los cambios inminentes en este país.

    El año 2013 empieza con las mismas discusiones que 2012: sobre la guerra en Siria y los cambios inminentes en este país.

    Pero con la diferencia de que hoy ya no parece tan cierto como parecía hace un año que los días del dictador estén contados. En lo que va de 2013, tres veces -como mínimo- se declaró que la situación estaba a punto de resolverse.

    Los allegados de Asad se pasaban al lado de sus oponentes, en Damasco retumbaban explosiones que se llevaron las vidas de miembros de la cúpula dirigente, los insurgentes declaraban haber tomado bajo su control la mayor parte del país, los Estados líderes de Occidente reconocían a la oposición como representante legal, pero finalmente no pasó nada.

    Más aún, en los primeros días del año el presidente Bashar Asad se dirigió a la nación con un discurso que muestra que no piensa capitular. Más bien, al contrario.

    Siria centra la atención de todo el mundo no sólo debido a la violenta guerra civil. El conflicto sirio representa la esencia de la política internacional contemporánea, el nudo de problemas que son característicos para la situación global. En Siria se entrelazan diferentes procesos, cada uno con su propio potencial poderoso y, como regla, destructivo.

    Los regímenes autoritarios, que están en poder desde hace decenios, ya se han agotado. Las sociedades dejan de reconocer su derecho a oprimir, aunque las represiones sirvan para asegurar un decente nivel de vida y un cierto desarrollo (y nunca se sabe qué pueden asegurar los regímenes que sustituyan a los existentes).

    Esto era inevitable y por eso parece extraño que en Rusia se hable de que los cambios en Oriente Próximo hayan sido consecuencia de operaciones especiales de fuerzas externas. La democratización tiene lugar, es verdad, pero sus resultados no coinciden nada con lo que se esperaba en Occidente.

    La segunda tendencia es el auge de colisiones de carácter religioso. Aunque la crisis siria hubiera empezado como protestas de la parte de la sociedad democratizada contra los antiguos autócratas, muy pronto se convirtió en la confrontación entre la gobernante minoría chií (a la que se adhieren las demás minorías tan sólo por miedo a cambios) y la mayoría sunita, sometida a una discriminación desde hace tiempo.

    Siria se convirtió en el campo de batalla de la gran enemistad que iba arreciando en Oriente Próximo desde 1970 (a partir de la revolución islámica en el Irán chií), hasta convertirse en el último decenio en el principal contenido de la política regional.

    La intransigencia y el ensañamiento de las partes beligerantes se deben a que en una guerra religiosa no puede haber compromisos, las partes luchan a ultranza. Es el segundo gran conflicto, después del de Bosnia y Kosovo, en el que la autoidentificación sale abiertamente al primer plano, sirviendo como combustible para una guerra civil violenta. Y es muy probable que Siria no sea el último ejemplo de esta índole.

    La tercera tendencia, que acompaña a la segunda, es la rivalidad por la influencia entre las potencias regionales. Irán y Arabia Saudí representan dos polos en una competencia que se realiza a muchos niveles: la religión, la energía, la geopolítica y la pertenencia étnica. Cada uno tiene aliados tanto en Siria como fuera y, a juzgar por el desarrollo del conflicto, por ahora el balance de fuerzas se mantiene.

    Finalmente, el cuarto nivel es la lucha de las grandes potencias, y no tanto por presencia o intereses como por el predominio de sus enfoques conceptuales. A eso se debe la tan inflexible postura de Moscú, que muchos intentan explicar por factores mercantiles o simpatía personal con dictadores-trogloditas. Es posible que estos factores también tengan cabida, pero no como causa principal.

    Rusia se mantiene firme por no permitir que el precedente libio se establezca como modelo de resolución de una crisis local. Recordaré que el precedente libio supone que las fuerzas externas eligen una parte “no equivocada” en un conflicto interno y ayudan a vencer sin despreciar la directa intervención militar. De ahí que la oposición del Kremlin sólo en parte tiene que ver con los asuntos de Oriente Próximo y, en particular, de Siria: se trata de los principios que rigen las relaciones internacionales.

    Gracias a todo ello, la colisión siria sirve de eje para el desarrollo de la política mundial. La complicada combinación de varios procesos hace impredecible el guión: al elegir una estrategia los actores parecen jugar a la lotería, nunca sabiendo de antemano si han hecho la elección correcta.

    En una situación tan complicada no puede haber una solución fácil. Y Moscú siempre ha insistido en ello. Si el arreglo del conflicto equivaliese a la retirada de Asad, como lo creen en Occidente, ya habría ocurrido hace mucho. Pero como no es así, es muy probable que el próximo Año Nuevo también lo celebremos con Asad al mando en Siria.

    LA OPINIÓN DEL AUTOR NO COINCIDE NECESARIAMENTE CON LA DE RIA NOVOSTI

    *Fiodor Lukiánov, es director de la revista Rusia en la política global, una prestigiosa publicación rusa que difunde opiniones de expertos sobre la política exterior de Rusia y el desarrollo global. Es autor de comentarios sobre temas internacionales de actualidad y colabora con varios medios noticiosos de Estados Unidos, Europa y China. Es miembro del Consejo de Política Exterior y Defensa y del Consejo Presidencial de Derechos Humanos y Sociedad Civil de Rusia. Lukiánov se graduó en la Universidad Estatal de Moscú.

     

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