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    La víctima número 28 de la masacre en Sandy Hook

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    Matanza en la escuela de EEUU (8)
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    ¿Cuántas vidas se cobró la masacre perpetrada por Adam Lanza, de 20 años, en la escuela elemental de Sandy Hook? “Veintiséis”, dijo el presidente de EEUU, Barack Obama, en la vigilia por las víctimas, “veinte niños y seis adultos”. Mientras tanto en la mesa colocada delante de él había 27 velas encendidas.

    ¿Cuántas vidas se cobró la masacre perpetrada por Adam Lanza, de 20 años, en la escuela elemental de Sandy Hook?

    “Veintiséis”, dijo el presidente de EEUU, Barack Obama, en la vigilia por las víctimas, “veinte niños y seis adultos”. Mientras tanto en la mesa colocada delante de él había 27 velas encendidas.

    El gobernador de Connecticut (donde ocurrió la tragedia) ordenó guardar 26 segundos de silencio en honor a los muertos. 26 globos blancos se lanzaron al aire para rendirles homenaje. Pero son 27 números, uno más, los que figuran en la bandera de barras y estrellas con números colgados, escritos sobre cartas blancas. Esta bandera colocada en la cuesta que lleva a la escuela Sandy Hook, contiene los nombres de las víctimas de la masacre del pasado 14 de diciembre. ¿Cuántos son entonces?

    "Le estoy perdiendo"

    La número veintisiete es Nancy Lanza, la madre del asesino, muerta en su cama con cuatro disparos en la cabeza hechos de su propio rifle.

    ¿Es una víctima o una cómplice del ‘número 28’, que se suicidó tras llevar a cabo su macabro plan? La opinión pública la culpa por tener en casa todo un arsenal de armas de fuego y haber enseñado a usar el rifle semiautomático a su hijo, psíquicamente inestable.

    Sin embargo, casi nadie sabe cómo vivió Nancy Lanza, una mujer amable y correcta que nunca invitaba a nadie a su casa y evitaba cualquier conversación sobre su hijo menor. Era dueña de una gran finca, algo apartada, con un jardín decorado para las fiestas navideñas.

    Dejó la carrera de financiera para cuidar de su hijo menor, Adam, que estuvo recibiendo una educación a domicilio durante los primeros cuatro años y luego fue a la escuela secundaria de Sandy Hook, la misma a donde volvió diez años más tarde con uniforme militar y tres armas de fuego.

    Al muchacho que le ayudaba, Nancy Lanza le mandó nunca jamás quitar los ojos de este niño pálido y reservado, a veces con la cabeza llena de pájaros y otras veces demasiado concentrado en lo que hacía.

    La  mujer, que vivía sola con Adam desde que se divorció en 2008, nunca se quejaba de nada y tan sólo unos días antes de lo ocurrido hablando con un amigo en un bar se le escapó: “Estoy preocupada por Adam, le estoy perdiendo. Se está poniendo cada día peor”.

    Adam padecía el síndrome de Asperger, un trastorno leve del espectro del autismo que comparte algunos de sus síntomas pero puede considerarse más bien como una falta de habilidades sociales que una anomalía.

    Esta circunstancia mencionada por los medios en relación a la tragedia en Sandy Hook provocó múltiples protestas por parte de las asociaciones de familias de personas con el mismo diagnóstico. Está comprobado que el síndrome de Asperger no está asociado a la agresión, por lo tanto hablar del trastorno mental del asesino resulta políticamente incorrecto respecto a los autistas en general.

    En general, el debate en Estados Unidos sobre las causas de la tragedia se desvió definitivamente por el cauce político convirtiéndose en un debate sobre la necesidad de establecer mayor control sobre las armas. Los demócratas abogan por la derogación de la Segunda Enmienda de la Constitución de EEUU, que recoge el derecho a la posesión de armas, mientras los republicanos, evidentemente, están en contra.

    "Estamos en EEUU. Tengo derechos".

    La bloguera Liza Long contó al pueblo estadounidense qué infierno podía estar viviendo Nancy Lanza. Esta mujer, que no conoce a la familia de los Lanza pero cuyo hijo padece problemas mentales, escribió una misiva que provocó gran conmoción en el país.

    Habla de su hijo mayor que cada día va convirtiéndose en un ser agresivo e incontrolable. Jura vengarse cuando se le quita el videojuego, no acata ninguna prohibición amenazando con suicidarse y es capaz de coger el cuchillo para levantarlo contra su madre. “Estamos en EEUU. ¡Tengo derechos!”, le grita el adolescente de 13 años.

    En casa de los Long no se dejan a la vista objetos agudos o cortantes y los dormitorios de dos hijos menores, de siete y nueve años, se cierran por dentro con cerrojo; ellos saben perfectamente que tienen que hacer cuando el hermano mayor se está fuera de quicio.
    “Ante otra horrible tragedia nacional, es fácil hablar sobre armas. Pero es hora de hablar sobre enfermedades mentales", comienza la misiva Liza Long, que se reconoce –figurativamente- como la madre de Adam Lanza. “Soy la madre de Dylan Klebold y Eric Harris. Soy la madre de James Holmes. Soy la madre de Jared Loughner. Soy la madre de Seung-Hui Cho” enumera la bloguera a los jóvenes autores de las masacres más sangrientas en la reciente historia del país.

    Liza Long cuenta que a su hijo se le diagnosticó, entre otras cosas, autismo y síndrome de Asperger, le prescribieron decenas de fármacos peronada funcionó. Madre de tres hijos, tuvo que empezar a trabajar para poder pagar las facturas de los psiquiatras.

    Muchas familias estadounidenses no pueden acceder a las consultas psiquiátricas por su alto precio, las familias más acomodadas a menudo no lo hacen por temor a los rumores.

    Sólo cuando Liza Long en una ocasión llevó a su hijo al hospital, atado a la camilla, después de que la hubiera atacado con un cuchillo, al adolescente le concedieron un seguro médico gratuito. Pero no es suficiente.

    “Aún soy más fuerte que él, pero no lo seré por mucho tiempo... Amo a mi hijo. Pero me aterroriza", escribió Liza Long. Mientras tanto, la única opción que le garantiza el estado es incoar una causa penal contra el niño e internarlo en la cárcel para los delincuentes con trastornos mentales.

    Enfermedad de los jóvenes

    En los últimos 30 años en Estados Unidos ocurrieron más de 60 matanzas masivas similares a la de Sandy Hook. Siempre se dio una trágica concurrencia de circunstancias: en manos de chicos jóvenes, solos, enfurecidos y rechazados por sus compañeros caía un arma mortífera.

    El censo actual de armas legales de propiedad privada es de 300 millones en todo el país, casi una por habitante. Los datos sobre salud mental de la nación también hacen estremecer: según el estudio más completo, realizado en 2005, un adulto de cada cuatro padecía un trastorno psíquico diagnosticado; mientras en uno de cada ocho caso el trastorno se clasificaba como grave.

    Casi a la mitad de todos los que sufrían alguna alteración psíquica se les diagnosticaron varias anomalías anteriormente no detectadas. Los autores del estudio afirmaban que éste revela el nivel más alto de enfermedad en el mundo en cuanto a trastornos mentales.

    Es notable que el porcentaje máximo de los mismos se registraba entre los jóvenes entre 18 y 25 años de edad: casi una tercera parte. A este grupo pertenecen todos los autores de las masacres en EEUU. Las más estables psíquicamente resultaron ser las personas de en torno a 50 años, la generación formada antes de que se consolidara la cultura de videojuegos y películas de acción.

    Según los resultados del estudio llevado a cabo en 2010, sólo el 14% de los afectados por alteraciones psíquicas recibían debida atención y tratamiento, mientras una cuarta parte de ellos padecía enfermedades mentales graves.

    Los datos de este año publicados en la revista Scientific American un poco antes de que sucediera la tragedia de Sandy Hook resultan todavía más pesimistas: tan sólo el 12% de los enfermos reciben una atención psicoterapéutica suficiente.

    Los médicos y científicos durante los últimos diez años han advertido de que los trastornos mentales en EEUU están llegando a constituir una auténtica epidemia. Pero hablar de ello también es políticamente incorrecto.

    Los que respondieron a Liza Long hablan de sus propias experiencias y por lo que tuvieron que pasar para conseguir a combatir la enfermedad. Se intercambian recomendaciones, direcciones de hospitales y nombres de médicos que les habían ayudado.

    La historia de Adam Lanza -un adolescente solitario, inteligente pero psíquicamente inestable- también podría haber sido diferente. Y nadie en el mundo habría conocido el pueblo de Sandy Hook.

    LA OPINIÓN DEL AUTOR NO COINCIDE NECESARIAMENTE CON LA DE RIA NOVOSTI

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