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    La crisis de los misiles, mi primer drama personal

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    La crisis de los misiles en Cuba en octubre de 1962 se convirtió, por extraño que pueda parecer, en mi primer drama personal.

    Yo lloraba al separarme de la muñeca sin saber que 100 millones de personas estaban a un paso de la muerte aquel día.

    La crisis de los misiles en Cuba en octubre de 1962 se convirtió, por extraño que pueda parecer, en mi primer drama personal. Tenía tres años y medio y tuve que afrontar por primera vez en la vida una situación bastante dura para una niña. “Tenemos que irnos urgentemente, solo te podrás llevar un juguete”, dijo mi madre con una voz firme. Mi padre, que solía convertirlo todo en broma, tampoco explicó nada, dijo solamente que tenía que ir a trabajar, puso una pistola sin funda en el bolsillo y se marchó.

    No sé exactamente qué día era. Tal vez el 22 de octubre, cuando el presidente estadounidense John Kennedy se dirigió a la nación proponiendo establecer un bloqueo militar de Cuba. Durante su discurso televisado dijo que cualquier ataque nuclear lanzado desde Cuba contra cualquier nación en el hemisferio occidental sería considerado como un ataque de la URSS contra EEUU, con todas las consecuencias. “La confrontación entre la Unión Soviética y Estados Unidos ha llegado a su punto crítico” escribía el diario The New York Times el 23 de octubre de 1962. “No cabe duda que el señor Kennedy, que hoy ha encontrado tiempo para nadar en la piscina, es el inquilino de la Casa Blanca más impasible... Mientras, la noticia ha provocado una venta masiva de acciones en Wall Street”.

    O tal vez fuera el 24 de octubre, cuando Nikita Jruschov, el entonces líder soviético, envió a la Casa Blanca un telegrama diciendo que la URSS veía el bloqueo como una agresión.

    Mientras tanto, los buques soviéticos se dirigían a Cuba. Mis hermanas mayores cantaban una canción sobre la pequeña Panchina que bailaba samba. El estribillo decía: “Cuba ¡sí! yanquis ¡no!” Yo no entendía el estribillo pero cantaba junto a mis hermanas.

    Sin embargo, en seguida comprendí que las lágrimas no servirían de nada y fui a despedirme de mis juguetes. Me despedí de mi primera muñeca con el pelo “de verdad”, del perrito de peluche, del mono y un sin fin de muñequitos a los que habíamos fabricado muebles con las cajas vacías de cerillas.

    El reloj de cuerda y el caballito mecánico también se quedaron en nuestro piso de Minsk (Bielorrusia), solo me podía llevar un juguete aunque todos ellos para mí estaban vivos, eran amigos. Mi corazón se hacía pedazos sólo de pensar que tenía que abandonarlos a su suerte ante una amenaza desconocida. Elegí al perrito. A la mañana siguiente  mi madre anunció que nos quedábamos.

    “Seguramente fue el 25 de octubre”, está convencido Jim, mi amigo estadounidense. Mientras yo me despedía de mis juguetes, él y sus compañeros del equipo de albañiles esperaban en Nueva York un ataque nuclear, al igual que mis padres en el hemisferio opuesto.

    Recuerda que el plazo del ultimátum de Kennedy, que anunció que si Jruschov no ponía fin a la amenaza de los misiles un ataque de EEUU contra Cuba sería plausible, expiraba aquel día a las once de la mañana. Todos los que trabajaban en la construcción del edificio en la Sexta Avenida con la calle 50, en el mismo corazón de Manhattan, salieron a la calle y se sentaron en los bordillos de la acera. Tomaban cerveza y se gastaban bromas lúgubres: “No te preocupes, Billy, yo cuidaré de tu mujer”, “manda un telegrama a tu tía de Alaska, que venga a recoger nuestros huesos tras el ataque”. Miraban el reloj cada dos por tres.

    Empezó a salir más gente a la calle, empleados de las oficinas y de los hoteles. Parecía que el tiempo se había detenido. De repente en la pantalla que colgaba en la fachada de la oficina de la cadena de televisión CBS se pudo leer la noticia: “Los buques soviéticos dieron media vuelta”. Y todos gritaron de alegría.

    Aquel día la URSS transmitió a 14 barcos que se dirigían hacia las costas cubanas la orden de interrumpir la travesía. No obstante, el presidente Kennedy autorizó por el memorando secreto 199 cargar armas nucleares en los aviones bajo el mando de Supremo Comandante Aliado en Europa para un eventual ataque contra la URSS.

    “La defensa antiaérea no dejará que llegue hasta Moscú”, pensaban mis padres, “pero hasta Minsk podrán llegar perfectamente”. “En la 22ª hora del ultimátum el Pentágono informó que unos 60 millones de personas podrán refugiarse en 112.000 refugios... Muchos ciudadanos hacen reservas de agua, conservas y otros víveres”, leo en The New York Times del viernes 26 de octubre.

    La crisis de los misiles dejó rastro en la vida de mi familia. Mi madre dijo que necesitábamos contar con un sitio seguro por si empezaba la guerra nuclear. Fue así que construimos una casita de madera en medio del bosque a unos 100 kilómetros de Minsk. Mi madre decía que la madera absorbe la radiación. La casita tenía dos salidas, una normal, por la puerta, y la otra por un pasadizo subterráneo que desembocaba en el bosque.

    “¿Una casita en el bosque?”,  se ríen mis amigos estadounidenses. “Muchos neoyorquinos entonces se trasladaron al norte del estado donde construyeron unos búnkers de hormigón armado por si estallaba la guerra nuclear. Por aquella época se produjo un boom de construcción de refugios personales equipados con generadores de energía eléctrica y sistemas de depuración de agua”, cuenta Jim. Los soviéticos no podíamos ni soñar con tal lujo...

    “Frente a la Casa Blanca se celebra un mitin tras otro, unos manifestantes llaman a tomar duras medidas contra Cuba, otros exigen salvaguardar la paz a cualquier precio”, leo en The New York Times. Mi amigo Jim confiesa que él, al igual que sus compañeros, estaban sobresaltados: los misiles soviéticos se encontraban a 130 kilómetros de la frontera de EEUU.

    Está bien que la crisis de los misiles sirviera de lección también para los políticos. En este momento se creó el llamado teléfono rojo, línea directa entre la Casa Blanca y el Kremlin, con el fin de agilizar las conversaciones entre ambas potencias durante períodos de crisis. Los líderes de la URSS y EEUU finalmente se dieron cuenta de que tenían que aguantar la presencia del otro en el planeta y dialogar de alguna manera.

    Ahora yo, una rusa, estoy riéndome con mis amigos estadounidenses en Nueva York y me piden que vuelva a contar cómo mis padres me tenían prohibido recoger objetos brillantes y bonitos del suelo, pensando que podían ser artefactos explosivos mandados por los estadounidenses. Y cómo mis padres escuchaban en secreto la emisora ‘La Voz de América’ y me pedían no contarlo a nadie. Y yo, una niña, guardé el secreto familiar hasta su muerte...

    Explico a mis amigos que en mi infancia a los estadounidenses les solían representar como unos señores gordos con sombrero de copa y una bomba atómica en la mano. Ellos me cuentan que a los soviéticos en EEUU representaban como unos osos también con la bomba atómica. Ahora parece extraño que hace 50 años estábamos dispuestos a matarnos. ¿O es que es una simple casualidad que no hubiéramos llegado a hacerlo?

    LA OPINIÓN DEL AUTOR NO COINCIDE NECESARIAMENTE CON LA DE RIA NOVOSTI

     

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