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    Fiodor Lukiánov

    La élite mundial busca un nuevo punto de apoyo

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    Opinión & Análisis
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    La Duma de Estado (cámara baja del parlamento ruso) está considerando diferentes versiones del proyecto de ley que requerirá de los funcionarios públicos devolver a Rusia toda su propiedad que se encuentre en el extranjero.

    La Duma de Estado (cámara baja del parlamento ruso) está considerando diferentes versiones del proyecto de ley que requerirá de los funcionarios públicos devolver a Rusia toda su propiedad que se encuentre en el extranjero.

    Esta medida seguramente gozará de popularidad, aunque por ahora no hay unanimidad al respecto. Así, en el Gobierno suponen que es un paso discriminatorio contra los funcionarios públicos. Al mismo tiempo el presidente, Vladimir Putin, se pronunció a favor de la idea, apoyada también por el partido oficialista, Rusia Unida.

    El sentido de la discusión para la política interna de Rusia es obvio, sobre todo a la luz de que tanto el poder como la oposición llaman activamente a luchar contra la corrupción. Pero más curioso parece que Rusia, pese a todas sus particularidades, obtenga a raíz de esta iniciativa más rasgos comunes con el resto del mundo. La clase gobernante en todo el mundo está buscando métodos de asegurarse el apoyo de los gobernados, mientras que en realidad las élites van alejándose de sus pueblos.

    Francis Fukuyama, quien proclamó a fines de los ochenta el definitivo triunfo de la democracia liberal y economía de mercado, da la voz de alarma. La erosión de la clase media, que en condiciones de globalización, avance tecnológico y traslado de fuerzas de producción de Occidente a Oriente está experimentando una presión creciente, amenaza con la desilusión por parte de esta clase de los procedimientos democráticos. Pero precisamente la clase media se consideró tradicionalmente el respaldo y la condición imprescindible para una democracia sostenible.

    El autor del libro ‘El fin de la Historia’ que sostuvo que los adversarios de la ideología del mundo libre estaban derrotados definitivamente, hoy lamenta la quiebra de la izquierda. La falta de una alternativa razonable a ideas liberales, que pueda rehabilitar el proteccionismo moderado y el protagonismo del Estado, pone en tela de juicio la eficacia del modelo existente. Y, lo que es aún más importante, su legitimidad.

    La legitimidad, el derecho de los que gobiernan a gobernar, se ha convertido en la cuestión clave de la política. Es importante que la ‘primavera árabe’ haya derrotado precisamente aquellos regímenes que no lograron demostrar su legitimidad. Eran repúblicas formales, donde el “trono” se mantenía o cedía sin preguntar su opinión de la población. Las monarquías, que igualmente carecían de algún elemento democrático, quedaron intactas porque la legitimidad de cesión hereditaria del poder es algo que en este caso nadie pone en duda.

    En países desarrollados el problema de responsabilidad de la clase gobernante ante la “media” y la “inferior” no es menos acuciante, aunque tampoco es tan grave. Uno de los argumentos más fuertes de Obama contra Mitt Romney es que su empresa de capital riesgo Bain estaba entre las primeras en deslocalizarse a China, así que Romney estaba haciendo una fortuna sin dar trabajo a sus compatriotas.

    Un europeo de la calle ya no entiende qué beneficio personal le brinda la Europa común con su construcción cada vez más complicada: en particular, para qué salvar a Grecia y a otros deudores a cuenta de los contribuyentes de otros países. La explicación que se oye más es que salvan no a los griegos o españoles, sino a los grandes bancos alemanes o franceses que estaban hinchándose invirtiendo en burbujas de Europa del Sur y ahora están luchando por sus recursos. Hay pruebas de que el colapso de la Unión Europea le costará a cada uno más de lo que se paga ahora para rescatar a los “náufragos”. Pero el público no tiene ganas de adentrarse en ello.

    Las élites de casi todo el mundo, tanto las de países pobres como las de los ricos, están en una situación parecida: son “ciudadanos de un mundo global”. Algunos Estados cuentan con centenas de miles de estos ciudadanos. Y otros, con una decena de personas. Pero todos ellos tienen mucho en común entre sí: más que con sus propios compatriotas de otras clases. La mayoría de la población -sea de EEUU o de Malí- sigue identificándose, por su conciencia y modo de vida, como ciudadanos “locales”. No se fían de la globalización o, más aun, son hostiles hacia ella, aunque las élites intenten convencerles de las ventajas de este fenómeno. Al mismo tiempo, las dictaduras están perdiendo su estabilidad y dejan de ser la tendencia en todo el mundo, por lo cual la “capa superior global” busca justificar su legitimidad de otras maneras. Pero sin el apoyo de los “locales” no lo conseguirá.

    De aquí la necesidad de asegurarse la lealtad de la población, para lo que se utiliza en la mayoría de los casos una mera retórica, aunque a veces se dan pasos concretos también. En EEUU hablan de la necesidad de protegerse de la primacía china (aunque no está claro cómo hacerlo en condiciones de dependencia mutua de tipo “deudas a cambios de mercados”). En Francia François Hollande propuso gravar a los más ricos con un impuesto del 75% (aunque hasta los socialistas más convencidos ponen en duda la puesta en marcha de esta idea). En Rusia, entre tanto, se exige a los funcionarios que se deshagan de sus cuentas bancarias y propiedades en el extranjero.

    Ninguna de las medidas enunciadas disputará el modelo de los mercados globales y de economías cada vez más entrelazadas de diferentes países y regiones. Las diferencias intensificadas por este modelo entre el estado económico de varias clases de sociedad persistirán, así como la competencia entre las grandes potencias. Y para afianzar sus posiciones en estas condiciones, las élites necesitan más aún el apoyo de las masas de los países…

    Anticipando el nacimiento de una nueva ideología, Fukuyama escribe que “sería populista; el mensaje comenzaría con una crítica de las élites que permiten que el beneficio de muchos sea sacrificado al de unos pocos y una crítica de las políticas financieras, especialmente en Washington, que benefician abrumadoramente a los ricos”. En cuanto al populismo, ya es suficiente. Pero de momento no se vislumbra idea alguna.

    *Fiodor Lukiánov, es director de la revista Rusia en la política global, una prestigiosa publicación rusa que difunde opiniones de expertos sobre la política exterior de Rusia y el desarrollo global. Es autor de comentarios sobre temas internacionales de actualidad y colabora con varios medios noticiosos de Estados Unidos, Europa y China. Es miembro del Consejo de Política Exterior y Defensa y del Consejo Presidencial de Derechos Humanos y Sociedad Civil de Rusia. Lukiánov se graduó en la Universidad Estatal de Moscú.

    LA OPINIÓN DEL AUTOR NO COINCIDE NECESARIAMENTE CON LA DE RIA NOVOSTI

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