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    Declarar la guerra es reconocer el peligro del terrorismo

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    El 3 de septiembre Rusia conmemora el Día de Solidaridad en la Lucha Antiterrorista, instituido para rendir homenaje a las 334 personas, incluidos 186 niños.

    El 3 de septiembre Rusia conmemora el Día de Solidaridad en la Lucha Antiterrorista, instituido para rendir homenaje a las 334 personas, incluidos 186 niños, que hace ocho años perdieron la vida como resultado de la toma por terroristas de la escuela secundaria Nº1 de Beslán (Osetia del Norte, república en el seno de la Federación Rusa).

    Sin embargo, sería más correcto hacerlo el 1 de septiembre, cuando el asalto a la escuela por las fuerzas de seguridad todavía parecía impensable. Porque lo que en la historia se quedó inscrito como la tragedia de Beslán empezó mucho antes de que los rehenes fueran liberados.

    Ventaja del terrorista

    La lucha antiterrorista se pierde en el momento de ser declarada. La misma declaración, la llamada de alerta representa un acta de capitulación ya que estar alerta o esperar que lo estén las fuerzas de seguridad no salvará a nadie. Los analistas más perspicaces que cuentan con una red más extensa de informadores, capaces de descubrir cualquier complot, aniquilar a sus organizadores y neutralizar cualquier bomba. Pero un día cometerán un fallo, y un terrorista suicida subirá al autobús en algún punto del mundo.

    El terrorista siempre va un paso por delante. En el caso del terrorismo la ventaja del criminal es inevitable y más patente que en cualquier otro delito. Un crimen puede ser prevenido, un atentado terrorista nunca. Como sucede con los cataclismos naturales, no hay nada que hacer sino enfrentarse a las consecuencias.

    Se puede combatir algo cuyos recursos –económicos, humanos, ideológicos o temporales– sean vulnerables o, al menos, agotables. No es el caso de terrorismo. Desconoce el problema de los recursos humanos, todo un pueblo podrá suministrarlos. El terrorista nunca carece de motivación ni de tiempo.

    El terrorismo es un 'oficio' de bajo coste. Los gastos para organizar un atentado terrorista son muchísimo menores que el coste de la lucha antiterrorista. Es lógico: el antiterrorismo tiene por objetivo de cortar todos los caminos posibles al terrorista mientras éste busca solo un único camino.

    Tal vez, el 11-S fueran los atentados más costosos de la historia del terrorismo. Pero ¿qué significa en comparación con el precio que tuvo que pagar Estados Unidos?

    La guerra contra las quimeras

    Hasta el momento el terrorismo nunca, en ningún lugar del mundo, ha conseguido los objetivos declarados pero estos objetivos siempre tienen una alternativa: matar a las personas. Desde ese momento a nadie le interesa ya cómo ha empezado todo. Y es algo tan objetivo como la trayectoria de un meteorito que apunta directamente hacia la Tierra. El mundo no sabe luchar contra los individuos como Breivik porque son su parte inherente e inalienable.

    La realidad es muy cínica: el terrorista quiere matar cuanto a más gente mejor. Los que intentan luchar contra él desde un principio aceptan que no podrán salvar a todos. Entonces luchas por que el terrorista mate a cuanta menos gente posible. Se apuntan las vidas, como los goles. Por lo tanto el que cree que está cambiando el curso de la historia o se está vengando del mundo que había admitido esta historia, ya ha ganado la guerra independientemente de los resultados de la operación de rescate.

    La lucha contra el terrorismo es la guerra contra las quimeras. Muchas veces el verdadero motivo de la venganza o del miedo ya está enterrado y sustituido por cualquier quimera sea la independencia, sea el mundo sin judíos, sea la revolución mundial o la gloria de algún dios.
    Sin embargo, el 3 de septiembre es un caso aparte. Hasta el momento en Rusia, por suerte, no ha habido ningún Breivik ni tampoco regiones como Cachemira. Y lo que se ha convertido en lucha antiterrorista no tenía por qué serlo. Nosotros mismos creamos nuestras quimeras.

    Capitulación

    El terrorismo ruso y sus orígenes son una imitación de la práctica mundial en la misma medida que lo fue la lucha por la independencia en Chechenia.

    En realidad esta lucha, que por alguna equivocada razón llegó a llamarse independentista, fue la continuación distorsionada del proceso de la desintegración de la URSS, cuando las élites postsoviéticas competían por zonas de influencia. En la república rusa de Tartaristán decidieron ponerse de acuerdo. En Chechenia, no, aunque las condiciones promovidas por el primer presidente checheno, Dzhojar Dudáev, era una versión muy moderada de las de Tartaristán.

    Solo a primera vista en Chechenia pasaba lo que suele pasar en cualquier parte donde se pretende cambiar el curso de la historia. Los chechenos recibían con flores a los guerrilleros del grupo de Shamil Basáev tras el ataque a la ciudad rusa de Budiónnovsk  en junio de 1995, que se saldó con 129 muertos, no porque fueran héroes nacionales de la guerra de independencia. Para los chechenos fueron los que se vengaron de sus pérdidas en la Primera Guerra Chechena (1994-1996).

    Pero independientemente de lo objetivos del terrorismo, las consecuencias son iguales si se recurre a su tecnología. Las ideas en este contexto dejan de ser primarias, es todo justo al revés, la tecnología se convierte en todo, la ideología no significa nada. No existe ningún sistema de ideas que obligue a nadie a perpetrar un ataque suicida contra el moscovita aeropuerto de Domodédovo.

    Al igual que no existe ninguna lógica política convincente que una a los que se van al monte en el Cáucaso del Norte para formar grupos subversivos. Tan solo la tecnología del homicidio masivo es capaz de suplantar estos motivos ausentes por una verdad quimérica que sirve de pretexto para cambiar el curso de la historia en Cachemira, por ejemplo.

    Sin embargo, el gobierno se deja involucrar en estos juegos sin oponer resistencia: la lucha antiterrorista puede dar muchos puntos políticos. Pero también pierde. Primero declara wahabitas a todos los sospechosos, y luego estos se dan cuenta de que la bandera verde del wahabismo justifica muchas cosas, y el mito se convierte en realidad. Una realidad en la que no hay vencedores. Solo queda la solidaridad, por lo tanto el día que se conmemora ya por octava vez desde que ocurrió la tragedia de Beslán es un día de capitulación en una guerra que dura ya casi veinte años y que se podría evitar. 


    LA OPINIÓN DEL AUTOR NO COINCIDE NECESARIAMENTE CON LA DE RIA NOVOSTI

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