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    El terror aéreo contra la población es un cínico invento del siglo XX

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    El 23 de agosto se cumplieron 70 años desde los intensos y bárbaros bombardeos a los que la aviación nazi sometió a la ciudad soviética de Stalingrado.

    El 23 de agosto se cumplieron 70 años desde los intensos y bárbaros bombardeos a los que la aviación nazi sometió a la ciudad soviética de Stalingrado.

    Los ataques aéreos se llevaron la vida de decenas de miles de ciudadanos. Desgraciadamente, aquella tragedia no fue el primero ni el último acto de crueldad de la Segunda Guerra Mundial, una salvaje contienda en la que las partes veían las víctimas mortales entre la población civil de otros países únicamente como una manera de impactar al enemigo.

    Infierno sobre la Tierra


    El 23 de agosto de 1942, por la tarde, las unidades de la Fuerza Aérea alemana emprendieron un ataque masivo a Stalingrado. Varios centenares de aviones arrojaron sobre la ciudad miles de toneladas de bombas, incluidas las incendiarias y los convirtieron en cuestión de segundos en un sitio infernal.

    La aviación estaba preparando el terreno para las tropas de tierra: aquel mismo día el 14º Cuerpo Acorazado consiguió alcanzar el río Volga al norte de Stalingrado, separando el 62º Ejército Soviético del resto de las unidades del Frente de Stalingrado. En la ciudad el fuego devastaba barrios residenciales, depósitos de petróleo, los barcos sobre el río y las aguas de éste, mezcladas con petróleo y combustible. Stalingrado ardía como una enorme hoguera, pero las esperanzas de los nazis de que fuera una hoguera funeraria nunca llegarían a cumplirse.

    El entonces Comandante del Frente Suroriental, Andrei Yeriómenko, una persona severa y nada sentimental recordaba más tarde haber tenido que ver muchas cosas terribles a lo largo de la guerra, pero lo que presenciaron sus ojos aquel día, lo dejó marcado como la peor de las pesadillas.

    “El asfalto de las calles y las plazas despedía un humo maloliente. Los postes ardían como cerillas. El ruido era ensordecedor, parecía que los tímpanos iban a estallar con aquella música infernal. El chillido de las bombas que caían se mezclaba con el rugido de las explosiones y de los edificios que se derrumbaban, acompañado por el incesante crepitar del fuego que lo devoraba todo. Gemían los moribundos, sollozaban y suplicaban ayuda las mujeres y los niños”, escribiría en sus memorias.

    Una de las supervivientes, Liubov Zajaróvskaya, que en 1942 tenía tan sólo 11 años, contaba que los incendios hacían hervir el asfalto de las calles, derretirse la tierra y morir abrasados a personas y animales. “Los aviones pasaban muy bajo y los alemanes disparaban con ametralladoras contra la gente. En aquel infierno murieron mi madre y mi hermano, mi hermana de 17 años y yo logramos sobrevivir”.

    Como resultado de los bombardeos, Stalingrado fue reducido a ruinas (el 61% de las casas residenciales fueron destruidas), unos 43.000 habitantes murieron y más de 70.000 fueron heridos o quedaron lisiados.

    Para conmemorar la trágica fecha fue instalado el monumento que representa a mujeres y niños en medio del fuego y con una bomba alemana de 500 kilos sobre sus cabezas.

    Este número tan alto de víctimas se debe a unos ritmos extremadamente bajos de la evacuación de la población civil: los altos rangos militares estaban seguros de que el enemigo no conseguiría alcanzar la ciudad o, en caso de hacerlo, no sería tan inmediato. Y hasta aquellos momentos el trabajo de cientos de miles de habitantes de Stalingrado, mujeres y niños incluidos, era necesario para cavar las trincheras y crear otro tipo de fortificaciones en las afueras de la ciudad.

    Según los historiadores, el 23 de agosto de 1942 fueron evacuados de la ciudad unos 100.000 habitantes, mientras que la mayoría aplastante, los 300.000 quedaban allí, sometiéndose junto con los combatientes del Ejército Rojo a los monstruosos ataques aéreos. A los bombardeos del 23 de agosto les siguieron otros, aunque algo menos intensos.

    El terror moral contra la población civil


    La aniquilación intencionada de las mujeres, los niños y los ancianos no fue inventada durante la Segunda Guerra Mundial. El tradicional modelo de dos ejércitos que se enfrentan entre ellos con la población pendiente del resultado del enfrentamiento, pasó a ser parte de la historia al inicio mismo de la Primera Guerra Mundial. Ocuparon su lugar las guerras entre países, en las cuales no se desdeñaba ya ningún método de lucha.

    En los campos de batalla empezaron a usarse sin remordimiento alguno sustancias tóxicas, y en la retaguardia del territorio enemigo se solía desatar un atroz terror aéreo. De esta forma se pasó por encima del Convenio de La Haya relativo a los usos y costumbres de la guerra terrestre de 1907.

    El documento prohibía, entre otras cosas, matar a la población civil y bombardear las ciudades y pueblos indefensos. Teniendo en cuenta que la línea del frente estaba protegida por unidades de artillería, la aviación enemiga se dedicó de buena gana a atacar ciudades pacíficas.

    En breve después del comienzo de la Primera Guerra Mundial, el 30 de agosto de 1914, el piloto alemán Ferdinand von Hiddesen arrojó sobre la capital francesa cuatro granadas de mano y el siguiente mensaje “El Ejército alemán está a las puertas de París. Cualquier resistencia está condenada al fracaso”. Más tarde los dirigibles Zeppelin en más de una ocasión han bombardeado ciudades francesas y británicas, arrojando intencionadamente su mortal carga sobre la población inocente. Sus rivales no se quedaban atrás.

    Aquellos bombardeos todavía no ocasionaban muchas víctimas mortales (así, del ataque de Hiddesen falleció una mujer), pero deprimían mucho a los ciudadanos. El 11 de marzo de 1918 en el metro de París tuvo lugar una verdadera tragedia: durante el bombardeo la muchedumbre intentó esconderse en la estación de Bolívar, pero las puertas no se abrían para adentro, sino para fuera y 66 personas murieron aplastadas.      

    Una sangrienta doctrina

    La Primera Guerra Mundial levantó los tabúes sobre las masacres de la población civil y la doctrina del general italiano Giulio Douhet encontró en los años 30 del siglo pasado numerosos partidarios del uso de la aviación de bombardeo. El militar creía que en la futura guerra vencería aquella parte que dispusiese de la Fuerza Aérea más potente.

    Insistía en que no había que dedicarse tanto a bombardear las instalaciones militares y las fábricas, sino ciudades, destruyendo cuantas más mejor en cada ataque. Y a la población, en opinión del general sediento de sangre, había que eliminarla en masa, para sembrar pánico entre las tropas y dejar afectados a los soldados, que pensarían más en sus familiares que en ganar la guerra.

    La pequeña localidad española de Guernica cayó víctima precisamente de esta doctrina. El 26 de abril de 1937 se sometió a un devastador bombardeo por parte de la Legión Condor, una unidad de voluntarios de la Fuerza Aérea nazi que combatió en la guerra civil española del lado de los franquistas. Después de un ataque aéreo de tres horas de duración la ciudad quedó casi borrada de la faz de la tierra. El famoso pintor español Pablo Picasso honró la memoria de los habitantes de Guernica con una de sus mejores obras.

    La Legión Condor estaba dirigida en aquellos momentos por Wolfram von Richthofen, el futuro asesino de las mujeres y niños de Stalingrado.

    Los japoneses siguieron con entusiasmo el ejemplo del Tercer Reich y atacaron las ciudades chinas en más de 5.000 ocasiones en el período de 1937-1943. En opinión de uno de los diplomáticos británicos, “el principal objetivo de los bombardeos, según parece, era infundir terror por medio de asesinatos masivos de la población civil...”

    Sin embargo, en los años de la Segunda Guerra Mundial la caza de la población indefensa adquirió dimensiones escalofriantes. Las Fuerza Aérea nazi durante la batalla por el Reino Unido no desaprovechó la ocasión de asestar golpes contra Londres y demás ciudades del país, el más famoso de los cuales es el ataque aéreo contra Coventry, que ocurrió el 14 de noviembre de 1940 y duró 11 horas. Este nombre propio sirvió a los pilotos alemanes para designar unos “ataques totales”.

    Los británicos se cobraron víctimas entre la población civil al entrar en guerra junto con Estados Unidos e iniciar los llamados bombardeos estratégicos, dirigidos más contra la población civil alemana que contra instalaciones militares.

    El jefe de las unidades de bombarderos de la Fuerza Aérea del Reino Unido, Arthur Harris, era partidario activo de dicho método, insistiendo en que Alemania había de “ser sacada de la guerra a fuerza de bombardeos”, medida que minaría el espíritu de la retaguardia.

    Aprendiendo del enemigo

    Las ciudades alemanas también fueron sometidas a intensos ataques aéreos, los más famosos de los cuales fueron el de Hamburgo, a finales de julio y principios de agosto de 1943 y la de Dresde, llevado a cabo los días 13 y 15 de febrero de 1945. En Hamburgo más de 50.000 habitantes se quemaron vivos y cerca de 200.000 resultaron heridos. El bombardeo de Dresde se llevó la vida de decenas de miles de personas. Los historiadores difieren en evaluaciones del número de víctimas, de acuerdo con los datos de la parte alemana de 2008, murieron cerca de 25.000 personas.

    Alemania, por su parte, después de desarrollar el primer misil balístico del mundo, el Fau-2, no tardó en usarlo exclusivamente contra la población civil de Londres.

    Después de las ciudades alemanas llegó el turno de las japonesas, atacadas por la Fuerza Aérea británica. Sobre Hiroshima y Nagasaki se arrojaron bombas atómicas. El 10 de marzo de 1945, varias toneladas de bombas incendiarias arrasaron Tokio, cerca de 100.000 personas murieron abrasadas en las estrechas callejuelas de la capital de Japón.

    Los conflictos militares y, sobre todo, la Segunda Guerra Mundial, desmintieron los postulados teóricos del general Dohue: los bombardeos masivos de las ciudades pacíficas generalmente no acercaron la victoria de ninguna parte. Todo lo contrario, los bárbaros métodos no hicieron sino aumentar la resistencia del enemigo. Stalingrado, a pesar de terribles daños, se convirtió durante varios meses en el escenario de encarnizadas batallas y las ruinas sirvieron de escondite para los soldados del Ejército Rojo.

    El factor decisivo de la victoria fue, como antes, unas exitosas acciones de las tropas terrestres, apoyadas en su debido momento por otras unidades. Sin embargo, millones de personas en todo el mundo pagaron con sus vidas la afición de los generales al terror aéreo.

    LA OPINIÓN DEL AUTOR NO COINCIDE NECESARIAMENTE CON LA DE RIA NOVOSTI

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