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    La despedida sin despido

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    Nunca podría imaginarlo que sería tan difícil, que me costaría tanto, me lo arranqué de mi piel. Nada de sollozos, lloros ni mocos, no se trata de amores no correspondidos ni sueños frustrados. Nada personal, estoy hablando de mi trabajo.

    Nunca podría imaginarlo que sería tan difícil, que me costaría tanto, me lo arranqué de mi piel. Nada de sollozos, lloros ni mocos, no se trata de amores no correspondidos ni sueños frustrados. Nada personal, estoy hablando de mi trabajo.

    Me acuerdo de una maravillosa mañana de septiembre, con mucho sol pero ya sin el calor sofocante de verano. Descansada, feliz y contenta, me dirigía a la oficina. Empezaba el primer día de mi trabajo para RIA Novosti.

    La entonces recién egresada de la Universidad, pisé el umbral de la heredera del legendario Sovinformburó. Fundado el 24 de junio de 1941 (¡pero qué coincidencia de fechas! Nací el mismo día, aunque casi cuatro décadas más tarde), dos días después de que empezó la sangrienta Gran Guerra Patria, tuvo por misión preparar reportes sobre la situación en los frentes y en la retaguardia.

    Y ahora yo estaba dentro del emblemático edificio, perteneciente a la llamada arquitectura “brutalista”, conocido también por ser oficina de prensa de la Olimpiada de Moscú de1980. Me fascinaba desfilar por sus corredores, observando las salas de prensa equipadas con la última tecnología.

    Aprendía, investigaba, analizaba, vivía cada día a pleno. En los casi tres años de mi trabajo para la agencia de noticias más importante de Rusia, hubo de todo: alegrías, ilusiones y desilusiones, proyectos desafiantes, esperanzas frustradas, pero puedo afirmar sin el menor embozo que fue un encanto.

    No sé si es admisible según la ética profesional, pero a muchos de mis colegas puedo llamarles amigos. Y mis ejemplos a seguir. Son personas de múltiples talentos y gran profesionalismo, y sin el menor signo de arrogancia. Saben elevarse por encima del campo de batalla, hablar de hechos sin interpretaciones.

    Una mención aparte merecen mis colegas extranjeros. De América, Europa, Asia. Tan diferentes pero unidos por algo en común. ¡Qué increíble escuchar que un chino y un árabe estén usando el idioma ruso para comunicarse entre sí!

    De vez en cuando se me ocurría la idea de que me gustaría experimentarlo, sentirlo en mi propia piel, qué es residir y trabajar en un país distinto, familiarizarse con su vida cotidiana, aceptar sus reglas de juego y supervivencia. Sin duda, sería un desafío y una experiencia valiosa.

    Tal vez Dios haya oído el pensamiento recóndito de mi corazón. Apenas me hubiera atrevido a abandonar la madre Rusia, pero a veces hay circunstancias evidentes que sugieren que “más vale hacer y arrepentirse que no hacer y arrepentirse”.

    Llevo casi dos meses viviendo al otro lado del Charco, en la urbe más contradictoria, impredecible, rara, palpitante y vertiginosa. A la que suelen denominar la capital del mundo, la ciudad que nunca duerme. La que ha servido y sigue sirviendo de refugio a numerosos inmigrantes que llegan a Nueva York para realizar su “sueño americano”, comerse su trozo de la Gran Manzana, aunque sea diminuto y tenga gusanos.

    En este blog voy a compartir con ustedes mi experiencia. Trataré de adaptarse a la vida en un país ajeno, ser neoyorquina y “no morir en el intento”.

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