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    Kirguizistán busca apoyo ruso ante un vecindario difícil

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    El primer ministro de Kirguizistán, Omurbek Babánov, llegó a Moscú en visita oficial en un momento crucial para su carrera política.

    El primer ministro de Kirguizistán, Omurbek Babánov, llegó a Moscú en visita oficial en un momento crucial para su carrera política.

    Los escépticos aseguran que en otoño podría abandonar su puesto, y esto depende en gran parte del resultado de negociaciones que sostuvo en la capital rusa.

    Uno de los puntos centrales de la agenda de las reuniones fue la participación de Rusia en la construcción de la central hidroeléctrica Kambarata-1. Sin embargo, el ambiente de simpatía que caracterizó los encuentros no pudo evitar su fracaso: el primer ministro kirguís no tiene suficientes competencias como para firmar proyectos energéticos de tanta envergadura, para lo cual es necesario el visto bueno del parlamento nacional, conforme la legislación del país asiático.

    Mientras tanto, los parlamentarios kirguíses ya dieron curso a una moción para destituir a Babánov, solo resta reunir 16 votos que faltan, cosa que fácilmente se podrá conseguir para septiembre.

    Parece, sin embargo, que esta circunstancia resulta casi providencial tanto para Bishkek como para Moscú porque evita decir la verdad sobre un superproyecto que nunca llegará a ser realidad, según afirma el politólogo ruso orientalista Alexandr Kniázev.

    Aunque en la reunión con el jefe de Gobierno kirguís su homólogo ruso Dmitri Medvédev propuso una explicación del estancamiento en el proyecto hidroeléctrico: “Es necesario centrarse en los problemas complejos, incluido el de la deuda estatal... Esto brindaría posibilidad de avanzar en muchos proyectos de envergadura, por ahora aparcados”.

    La deuda de Kirguizistán a Rusia asciende a unos 500 millones de dólares y el hecho de que su gran parte sea heredada del régimen anterior solo confirma que las autoridades kirguíses están atrapadas en un círculo vicioso.

    En esta situación Bishkek se ve obligado a recurrir siempre a las mismas maniobras de especulación política: ora pretende subir el alquiler que cobra por tres instalaciones militares que tiene Rusia en su territorio, ora frena el traspaso de activos de la fábrica militar Dastán que hace dos años había prometido ceder a Rusia en concepto de la amortización de parte de su deuda.

    Pero no se trata únicamente de la astucia asiática. Tampoco a ella debió la declaración del propio Babánov sobre la posibilidad de revisar la participación de Rusia en los proyectos energéticos en favor de China o Turquía. Turquía incluso concedió a Kirguizistán una subvención de 103 millones de dólares, pero las obras en Karambata no avanzaron.

    El problema no tiene que ver con la construcción de una central hidroeléctrica, ni con Kirguizistán en general, ya que es demasiado débil para crear problemas a nadie. El problema está en la situación actual en Asia Central y en la presencia de Rusia en esta región.

    El proyecto de construcción de la central hidroeléctrica en Kirguizistán no es económicamente muy interesante para Rusia, apunta Alexandr Kniázev, pero es una posibilidad de presionar a Uzbekistán, que depende de los recursos acuáticos kirguíses y recientemente anunció su decisión de abandonar la Organización del Tratado de Seguridad Colectiva (OTSC) en 2014.

    Mientras tanto, Kirguizistán realmente necesita energía eléctrica, aunque la construcción de la central agudice el conflicto con Tashkent. Pero para no quedarse con Uzbekistán cara a cara Bishkek está dispuesto a ingresar en la Unión Aduanera de Rusia, Bielorrusia y Kazajstán sin miedo a perder los restos de su autonomía económica.

    Sin embargo, no todos en Kirguizistán apoyan la perspectiva de unirse a los colosos como Rusia y Kazajstán. El politólogo kirguís Alisher Mandabékov calcula que en torno al 70% de los ciudadanos del país está a favor de la adhesión a la Unión Aduanera, pero otros expertos indican que miles de ellos trabajan y residen fuera de Kirguizistán.

    Mientras tanto, una gran parte de la élite kirguísa aboga por la unión con otros centros de gravitación que no dejan de surgir en esta región y ya no pertenecen a la órbita de Rusia, ni de EEUU, sino de China.

    Por lo tanto, Bishkek se ve en la necesidad de decidirse y actuar rápido. Para no enfrentarse a Uzbekistán y China opta por la OTSC y la Unión Aduanera, que como todos saben no contribuirá a los avances en la construcción de Karambata, aunque China tampoco muestra interés en hacerlo ya que prefiere estar en paz con Tashkent.

    Así que Babánov llegó a Moscú no para discutir la participación de Rusia en el proyecto energético, sino para buscar apoyo. El Kremlin tampoco puede dar mucho más, ya que la presencia rusa en Asia Central cada vez es más frágil y no le queda otra opción que intentar consolidarla con proyectos integristas como el de la Unión Aduanera, obviando que el ingreso de Kirguizistán anula sus ventajas, que sin él ya son modestas.

    Por lo tanto, lo mejor es dar largas. Moscú celebra el deseo de Bishkek de adherirse a la Unión Aduanera, confirmó el primer ministro ruso al kirguís. Omurbek Babánov quedó satisfecho. Por el momento, con esto basta.

    LA OPINIÓN DEL AUTOR NO COINCIDE OBLIGATORIAMENTE CON LA DE RIA NOVOSTI

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