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    Transnistria: veinte años sin guerra

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    Las operaciones militares entre Moldavia y Transnistria cesaron el 21 de julio de 1992, hace 20 años.

    Las operaciones militares entre Moldavia y Transnistria cesaron el 21 de julio de 1992, hace 20 años.

    Entonces los presidentes de Rusia y Moldavia, Boris Yeltsin y Mircea Snegur, firmaron un acuerdo que recogía una serie de principios para la resolución pacífica del conflicto armado en Transnistria. De este modo dio comienzo una misión de paz rusa en esta zona tan inestable.

    El acuerdo puso fin al derramamiento de sangre en las orillas del Dniéster y ofreció una posibilidad de alcanzar una solución política entre Chisinau y Tiraspol.

    Dos décadas en busca de un compromiso

    El papel de garante de la paz y la estabilidad en Transnistria fue asumido por la Federación Rusa y por un destacamento de tropas rusas en misión de paz. En el verano de 1992 surgieron una serie de propuestas radicales sobre el futuro de la denominada República Moldava de Transnistria, que incluían su conversión en un enclave ruso parecido a la región de Kaliningrado…

    Pero todo quedó en el emplazamiento en Transnistria de un grupo operativo de las Fuerzas Armadas rusas (constituido con la infraestructura del 14º Ejército de las FFAA de Rusia).

    Además de mantener la paz, las tropas rusas tenían la misión de garantizar la seguridad de los arsenales del 14º Ejército, cuyos acuartelamientos se encontraban en esta región desde los tiempos de la URSS.

    Actualmente, en virtud de los acuerdos en vigor, el contingente militar ruso no supera los 1.500 hombres. Chisinau siempre se ha manifestado categóricamente en contra de un aumento de efectivos. No obstante, el grupo operativo ha logrado cumplir con éxito su objetivo, consistente en impedir un nuevo conflicto armado entre Tiraspol y Chisinau.

    El proceso de búsqueda de una solución política al conflicto ha ido, sin embargo, de un modo mucho más lento.

    En 2003 se desató un cierto optimismo gracias a la propuesta del llamado “Plan Kozak”, una iniciativa de Moscú. La propuesta preveía que Moldavia se organizase como una “federación asimétrica”, en la cual la República Moldava de Transnistria y Gagaúsia tendrían un estatus especial que incluiría la potestad de vetar proyectos normativos. Moscú habría recibido el derecho a mantener su contingente militar durante veinte años adicionales. Esta Moldavia federal se habría convertido, de hecho, en un país neutral y no alineado y sus idiomas oficiales serían el moldavo, el ruso, el ucraniano y gagauzo.

    Sin embargo, debido a la fuerte presión de EEUU y la UE, el entonces presidente de Moldavia, Vladimir Voronin, rechazó –literalmente la víspera de su firma- la propuesta rusa.

    Desde 2010, en la región se discute activamente el llamado “plan Medvedev-Merkel”, un plan de regulación pacífica del conflicto que prevé la conversión de Moldavia en una federación, en la que Transnistria obtendría un estatus autónomo.

    Este plan, sin embargo, no ha llegado a dar frutos concretos. Es posible que Angela Merkel trate de retomar estas propuestas en el curso de su visita a Chisinau, prevista para el 29 de julio. Por su parte, el decreto firmado por Vladimir Putin sobre la política exterior rusa se expresa de modo muy claro sobre el problema de Transnistria: “Continuar participando activamente en la búsqueda de vías de solución al conflicto de Transnistria, respetando la integridad territorial, la soberanía y la neutralidad de la República de Moldavia y garantizando a Transnistria un estatus especial”. Por primera vez en estos 20 años, el presidente ha designado un representante especial para la región: Dmitri Rogozin.

    Y, con todo, hasta el día de hoy no está claro qué formato tomará la presencia rusa en Transnistria.

    Transnistria, una disyuntiva nada fácil para Rusia

    Después de la derrota de los comunistas en las elecciones moldavas de 2009 y el abandono de la presidencia por parte de su líder Vladimir Voronin, el poder fue ocupado por la Alianza para la Integración Europea, que adoptó una política de clara “rumanización”.

    Las autoridades de Chisinau preconizan un cambio en el formato de la operación de paz en la región y reclaman la salida del contingente ruso de Transnistria. Desde las más altas magistraturas del Estado se llega a llamar ocupantes a las fuerzas de paz rusas.

    Así que ¿por qué razón debería mantenerse Rusia en Transnistria, una región que no tiene siquiera (a diferencia de Osetia del Sur y Abjasia) frontera con la Federación Rusa?

    Ante todo, Rusia no puede dejar abandonados a sus compatriotas: más de 170.000 ciudadanos de la República Moldava de Transnistria han recibido la nacionalidad rusa. Se trata de una posibilidad que ofrece la Constitución de esta república no reconocida.

    En segundo lugar, desde los tiempos de Alexander Suvorov (cuya imagen aparece en los billetes de Transnistria desde un rublo hasta los 25 rublos) esta región ha sido siempre una suerte de puerta de entrada para Rusia hacia los Balcanes y el sur de Europa.

    La salida de Transnistria debilitaría de forma súbita las posiciones de Rusia también en la vecina Ucrania.

    Y, por último, está el factor económico: prácticamente todas las grandes empresas de Transnistria, incluidos la Fábrica Metalúrgica Moldava en Rybnitsi y la central eléctrica de Dnestrovsk, pertenecen al capital ruso.

    Por otro lado, Moscú tiene que hacer frente a importantes gastos para dar apoyo a la república aliada de Transnistria. La deuda de esta república autoproclamada con Gazprom, si se tienen en cuenta todas las multas y compensaciones, supera los 2.800 millones de dólares. Una cifra astronómica para una república cuya población no alcanza los 600.000 habitantes.

    El antiguo presidente de Transnistria, Igor Smirnov, que estuvo al frente de la república secesionista durante veinte años, consideraba que, desde un punto de vista jurídico, la república de Transnistria no tenía deudas frente a Gazprom por el gas ruso, ya que el único contrato, y las deudas a él ligadas, estaba firmado por Moldovagaz. Smirnov demandaba la firma de un contrato directo con Gazprom e intentaba demostrar que los principales deudores de Gazprom son empresas de propiedad rusa.

    Yevgeni Shevchuk, el nuevo presidente de Transnistria, por el contrario, reconoce la deuda ante Gazprom; pero sigue sin estar muy claro como podrá hacer frente a esa deuda gigantesca cuando el presupuesto de la república arroja déficit todos los años.

    Moscú y Kiev en lugar de Bucarest

    Cualquier solución al conflicto de Transnistria que se pretenda duradera es impensable sin la participación constructiva de Kiev. La República Moldava de Transnistria tiene con Ucrania lazos étnicos (más de un tercio de los habitantes de Transnistria son de origen ucraniano), económicos (la mayoría de los intercambios comerciales de la república tienen origen o destino en Ucrania) y, por supuesto, históricos.

    Hasta 1940, cuando fue creada la República Socialista Soviética de Moldavia, existía una región autónoma de Moldavia, con capital en Tiraspol, que formaba parte de la República Socialista Soviética de Ucrania.

    Hace algunos años, en ciertos círculos se discutió intensamente un plan para la adhesión de Transnistria a Ucrania con un estatus autónomo en caso de que Moldavia se uniese finalmente a Rumania. En estos momentos, las autoridades ucranianas se abstienen de apoyar en público este tipo de planteamientos, pero es evidente que Ucrania tiene también sus intereses en Transnistria.

    Las posiciones de Moscú y Kiev sobre esta cuestión son coincidentes: tanto Rusia como Ucrania apoyan el reforzamiento de la soberanía de la república de Transnistria y rechazan de plano la posibilidad de una anexión por parte de Bucarest.

    Kiev teme que si se llegara a la anexión de Transnistria, Bucarest podría hacer valer también sus pretensiones sobre la parte sur de la región de Odesa, sobre las ciudades de Ismail y Bélgorod-Dnestrovsky (la antigua Akkerman), así como sobre la región de Chernovtsi, territorios pertenecientes a Rumania hasta 1940.

    Parece que la idea de una unión inmediata de Moldavia y Rumania no está ahora encima de la mesa, como parecía estarlo a principios de los años noventa. De hecho, el más ferviente partidario de esta idea, el presidente de Rumania, Traian Basescu, está ahora siendo objeto de un proceso político para desplazarlo del cargo. Pero las opiniones sobre la cuestión más extendidas entre la población de Rumania no dejan de provocar alarma.

    Así, no hay más que ver la resonancia de la última novela político-militar del escritor Cristian Negrea Sange pe Nistru (Sangre en el Dniéster), en la cual se describe un posible conflicto bélico entre el ejército rumano, por un lado, y los de Ucrania y Transnistria, por el otro. “Besarabia y Rumania tarde o temprano se unirán. Pero cuál sería la reacción de Rusia y de Transnistria”, se puede leer en una anotación de la editorial rumana Marist.

     Es sin duda posible atribuir la aparición de este libro a la imaginación calenturienta del autor y al deseo de la editorial de obtener beneficios con un libro un tanto escandaloso. Sin embargo, existe una demanda de cosas así en la sociedad rumana, y es un dato que no se pierde de vista en Ucrania. Como declaraba a finales de 2011 el presidente de Ucrania, Víctor Yanukóvich, “estos dos países [refiriéndose a Rumania y a Moldavia] han de entender que el tiempo de una Ucrania débil ha llegado a su fin”.

    En el curso de una reciente visita a Kiev el presidente moldavo, Nicolae Timofti, declaró que la presencia militar rusa en el Dniéster, incluidas las tropas en misión de paz, es un factor de inestabilidad en la región.

     En Chisinau estarían dispuestos a aceptar, bajo ciertas condiciones, la inclusión de tropas ucranianas en el contingente de la misión de paz en Transnistria. Es una idea que se defiende con entusiasmo también en Tiraspol. Y es posible que fuera interesante también para Rusia unirse a esta propuesta, ya que de este modo sería posible llevar a cabo la misión de paz bajo la bandera de la CEI.

    A día de hoy, Moldavia no tiene sus fronteras delimitadas. Bucarest se niega a firmar un acuerdo de delimitación fronteriza. El futuro de Moldavia como Estado independiente se presenta cuando menos poco claro. Y, aunque sea paradójico, la conservación de la soberanía de Transnistria, bajo la influencia efectiva y consentida de Rusia, es clave para el mantenimiento de la independencia de Moldavia.

    * Innokenti Adiásov es miembro del Consejo de Análisis dependiente del Comité para los Asuntos de la CEI de la Duma del Estado (Cámara Baja del Parlamento ruso).

    LA OPINIÓN DEL AUTOR NO COINCIDE OBLIGATORIAMENTE CON LA DE RIA NOVOSTI

     

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