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    Anna es una chica admirable que no se quiere rendir

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    Anna Chartorízhskaya llegó a Moscú de una ciudad muy lejana cuando tenía tan sólo 20 años.

    Anna Chartorízhskaya llegó a Moscú de una ciudad muy lejana cuando tenía tan sólo 20 años.

    Alquiló un piso y encontró un trabajo. Poco a poco aparecieron los amigos, la joven hacía planes... Cumplió 24 años, la vida seguía su rumbo y todo parecía estar empezando…

    Pero una noche a Anna la empezó a atormentar un agudo dolor en la espalda, cayó, pero consiguió arrastrarse hacia el teléfono y llamar a la ambulancia. Tras haber colgado, se dio cuenta de que ya no sentía los brazos.

    El desastre

    “Me subió bruscamente la presión arterial, se rompió un vaso sanguíneo y se formó un hematoma que apretó la médula”, cuenta Anna. Pasó 4 horas en el quirófano, diez días en cuidados intensivos y medio año en el hospital.

    “Después de la operación vino a verme mi médico y me dijo que me había quedado parapléjica, que en adelante sería una minusválida”, recuerda. Le contestó que no era así, que se levantaría y andaría…

    La salieron llagas por todo el cuerpo, le hicieron cirugía plástica. La alimentaban y tuvo que volver a aprender a darse la vuelta en la cama sin ayuda de nadie. Intentaba reforzar sus muñecas e incluso sentarse.

    El intento de sentarse acababa siempre en un desmayo

    “Me sujetaba mi madre y me aguantaba sentada escasos segundos, luego me desmayaba. Eran los meses que peor lo pasé moralmente, no dejaba de pensar “si ni siquiera me mantengo sentada, ¿cómo voy a andar?”, cuenta Anna.

    Tardó seis meses en aprender a estar sentada y después intentó levantarse, le llevó tres años y medio dar los primeros veinte pasos.

    “Los da con andador, es verdad, y le cuesta muchísimo pero lo consigue”, cuenta el técnico en rehabilitación terapéutica, Ilyá Zhógov: “Ni se puede imaginar lo que significa para nosotros. Incluso un bebé lo tiene menos difícil”. El entrenador no duda de que en algún momento Anna no necesitará más la silla de ruedas.

    “Es una chica muy insistente. De modo que todo lo que se plantea, como acabar patinando y bailando, lo alcanzará sin la menor duda”, concluye.

    En el hospital siguió trabajando

    Anna es realmente muy insistente, uno lo nota enseguida al ver cómo, estando en silla de ruedas, intenta valerse por sí misma y cómo cocina y limpia la casa. Podría haberse marchado a casa de su madre hace tiempo, cobrar la paga de minusvalía y lamentarse de su destino hasta el resto de sus días. No quiso hacerlo, sino que todavía en el hospital, aunque no podía mantenerse sentada, empezó a trabajar.

    “Tenía el portátil sobre el vientre y el móvil en la mano, mi trabajo consistía el mantener contacto telefónico con los clientes, a los que la empresa que me había contratado estaba montando stands en diferentes recintos feriales de Moscú”, explica. No tenía tiempo para lamentaciones, había que salir del hospital y volver a la normalidad.

    “Por supuesto, me ayudaron y me siguen ayudando mis amigos y conocidos y no dejo de agradecérselo. Pero no me puedo permitir vivir a su costa el resto de mis días, debo valerme por mí misma, mi madre está ya jubilada y tengo dos hermanas”, dice la joven.

    “Todavía no ando, pero tengo mi cabeza y mis manos para trabajar”

    Actualmente, Anna es autónoma, se dedica a prestar servicio de mediación para los propietarios de vehículos y los clientes. “Todavía no ando, pero tengo mi cabeza y mis manos para trabajar, solo necesito el ordenador y el teléfono. Como trabajo por mi cuenta, no tengo que darle explicaciones a nadie, diciendo que soy minusválida con una paga de 300 euros al mes. Sé que de acuerdo con las estadísticas, en Rusia trabaja solo uno de cada siete minusválidos y no porque nos cueste, sino porque el contratante se lo piensa mucho antes de ofrecer empleo a un minusválido”, explica Anna.

    En realidad, siempre ha querido ser autónoma y no rendirle las cuentas a nadie, y ocurrió que “el destino no me dejó otro camino”. Anna decidió que en los próximos tres años creará su propia empresa de transporte de cargas. “Quiero tener camiones en propiedad y atender a clientes en el extranjero también”, concluye.

    Nadie da trato preferente a una estudiante en silla de ruedas

    Para conocer a la perfección el tema de la logística, Anna entró en la Universidad Estatal de Gestión Administrativa. Se costea estudios a distancia y está cursando el cuarto año de carrera.

    “Nada más empezar tenía un poco de miedo y no era cuestión de rampas ni de entradas ni ascensores lo suficientemente anchos como para poder entrar con silla de ruedas, todo eso lo hay en mi Universidad. Eso es, por supuesto, un factor muy importante, pero todavía más importante era la actitud de mis compañeros. Tenía miedo de tener que demostrar que mis limitaciones físicas no habían afectado a mis capacidades mentales”, cuenta Anna.

    Sus miedos fueron infundados, se integró en su grupo desde el primer día y poco después fue elegida delegada del curso.

    “Tengo diploma de trabajadora social y estoy a favor de que la gente con capacidades limitadas estudie en las universidades”, opina la compañera de Anna, María Osíntseva.

    Pero en realidad no todos los centros docentes están preparados para recibir a estudiantes minusválidos, la educación integrada sigue siendo en Rusia una novedad.

    “Seguramente, ocurre, porque existen de momento demasiadas barreras físicas para esta gente”, opina la docente de la cátedra de Gestión del Transporte de la Universidad Estatal de Gestión Administrativa, Elena Cherpakóva. “Estoy segura de que desde el punto de vista moral los jóvenes con capacidades limitadas han de estudiar en grupos corrientes, ello servirá como mínimo para que el resto de sus compañeros se den cuenta de su situación”, añade recordando que en más de ocasión ha visto a los compañeros de clase de Anna ayudarle a pasar de un aula a la otra.

    “Anna Chartorízhskaya no es la única estudiante con las capacidades limitadas de nuestro centro”, añade la directora del Centro de la Educación Abierta de la Universidad Estatal de Gestión Administrativa, Larisa Rasíjina. Nuestros profesores los tratan con mucho respeto, porque saben que pueden encontrar dificultades en las situaciones más insospechadas.

    El estado de salud no influye de ninguna manera en las notas de un alumno. “Nadie le da trato preferente a Anna Chartorízhskaya, es un buena estudiante, pero tiene a veces sus altibajos”, cuenta Larisa. Los resultados académicos, insiste, dependen completamente del esfuerzo del estudiante.

    Anna, mientras tanto, sigue creyendo que sus problemas de salud no son sino un fenómeno pasajero.

     

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