17:38 GMT +319 Octubre 2017
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    Vicky Peláez

    Expropiaciones en la Argentina asusta a los globalizadores

    © Foto: Vicky Peláez
    Opinión & Análisis
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    El Sistema Económico Neoliberal, impuesto lentamente al mundo después de la Segunda Guerra Mundial, elevó a las transnacionales a la cúspide del poder permitiéndoles la globalización del beneficio empresarial y la localización de los salarios, empleos y derechos de los trabajadores.

    ¿Cómo se puede decir a un hombre que tiene la patria cuando no tiene derecho a una pulgada de su suelo? (Henry George, 1839-1897)

    El  Sistema Económico Neoliberal, impuesto lentamente al mundo después de la Segunda Guerra Mundial, elevó a las transnacionales a la cúspide del poder permitiéndoles la globalización del beneficio empresarial y la localización de los salarios, empleos y derechos de los trabajadores.

    Según el estudioso Pedro Ramiro del Observatorio de Multinacionales en América Latina, en este esquema, el Estado nacional debe asegurar la disciplina de la obra de mano y crear condiciones para ofrecer máxima seguridad a los inversionistas extranjeros.

    En caso de que algún país se atreva a reclamar sus intereses nacionales, como lo hace ahora Argentina al decidir expropiar el 51  de las 57.7 por ciento de las acciones que tiene la petrolera española Repsol en la compañía argentina Yacimientos Petrolíferos Fiscales (YPF), el cartel de las mega corporaciones da el grito de alarma. Inmediatamente empieza a funcionar un sistema globalizado del control económico establecido por los Estados Unidos y la Unión Europea saliendo a palestra el  Fondo Monetario Internacional (IMF), el Banco Mundial (BM), la Organización Mundial del Comercio (OMC), la Organización de las Naciones Unidas (ONU), el “partido” de facto de los medios de comunicación globalizados y muchas otras instituciones al  servicio de las transnacionales.

    Lo que está haciendo actualmente Argentina es tratar de corregir los errores de los años 1990 cuando el país bajo la dirección de su presidente Carlos Menem entró, igual como el resto de América Latina, especialmente  Perú y Bolivia, inspirados por las palabras dulces y prometedoras del presidente norteamericano Bill Clinton, en una vorágine de privatizaciones  siguiendo el compás de tango que enseñaba el gigoló sureño a su mentor norteño. A nadie le importó  que 49.000 empleados de la YPF de los 55.000 que había, perdieran su trabajo. Lo curioso de todo, es que en aquella época el gobernador de Santa Cruz, Néstor Kirchner y su esposa Cristina Fernández, diputada de la provincia de Santa Cruz, apoyaron la privatización de los recursos nacionales. Pero todo esto está en el pasado y como dijo el poeta inglés Alexandre Pope “equivocarse es humano y perdonar es divino”. Ahora Cristina comprende que lo más importante es promover los intereses nacionales y lo está intentando.

    La política de Menem llevó al desastre la situación hidrocarburífera nacional. La YPF fue privatizada en 1990 por unos dos mil millones de dólares que dieron un corto  respiro al presupuesto del estado que ya estaba en  rojo. Sin embargo en 1998, la corporación española pagó  por 57.7 por ciento de las acciones de la YPF 13 mil millones de dólares en la bolsa de valores internacional. Posteriormente hubo otras privatizaciones hasta que Argentina entregó toda la producción de petróleo a las empresas privadas. Actualmente Repsol-YPF extrae el 35 por ciento del oro negro, Pan American Energy (propiedad de BP)- 17%, Chevron- 8% y Petrobras-7%, a la vez, la corporación española refina 54 por ciento de petróleo.

    El problema con la Repsol-YPF no es de ahora. Desde hace varios años esta corporación se dedicó a la sobreexplotación de los yacimientos la mayoría de los cuales fueron descubiertos en 1980 cuando la YPF era una empresa estatal. En la época de 1980  fueron incorporados 1026 pozos, en la de 1990 unos 989 y en la siguiente, solamente 484. El año pasado Repsol perforó solamente ocho pozos petroleros. Redujo la exploración y explotación de los nuevos yacimientos  al mínimo, conservando un 90 por ciento de las ganancias, se dedicó a girar las utilidades al exterior para invertir en exploraciones en los Estados Unidos, México, Brasil, Caribe y África.

    Como resultado de esta política depredadora de la Repsol y el descuido del gobierno argentino, las reservas nacionales se redujeron de 20 años  en 1990 a unos 8 años en 2009. Se produjo lo que se llama la escasez estructural de hidrocarburos, convirtiéndose Argentina en importador neto de petróleo y gas. Se estima que este año tendrá que pagar algo de 13 mil millones de dólares por la importación de petróleo y gas. Todo esto hace recordar por enésima vez un acervo popular peruano, atribuido no se sabe por qué al estudioso y explorador Raimondi: “el Perú es un mendigo sentado en un banco de oro”. A pesar de más de 100 años de esta acertación su valor sigue vigente no solamente para el Perú, sino para toda América Latina.

    Solamente Venezuela y Bolivia se atrevieron en el último decenio de expropiar sus recursos naturales y las mega corporaciones después de muchas amenazas tuvieron que negociar y adaptarse a las medidas de los gobiernos populistas de Hugo  Chávez,  Evo Morales y Rafael Correa para no perder su negocio allí. La renta petrolera estatal en Venezuela es de 66 por ciento, en  Ecuador-64% y en Bolivia algo de 70 por ciento. En el Perú, el petróleo y minería están completamente en manos privadas. La parte de la renta de cobre y oro que se queda con el Estado es de un 25 por ciento y recién el país empezó a recibir regalías por su extracción en 2004, mientras que hasta en Chile la renta de cobre que queda el  poder de Estado supera el  50 por ciento. Esta es la realidad latinoamericana.

    La irritación e indignación de la Repsol es fácil de entender. La decisión de Cristina Fernández de expropiar este 51 por ciento de las acciones de la Repsol, fue aprobada por el Congreso de Argentina, lo que interrumpió abruptamente la venta de las acciones de la YPF en la Repsol a la corporación china Sinopec por unos 15 mil millones de dólares, de acuerdo a la agencia de noticias británica Reuters. Con esta acción de la presidenta argentina, el país se convierte en dueño del yacimiento  de carburos no convencionales Vaca Muerta de Neuquién que es considerado tercero en el mundo por el volumen de hidrocarburos que tiene, pero que al mismo tiempo requiere unos 25 mil millones de dólares por año, durante una década de explotación a fondo.

    El gobierno español fue el primero en lanzar su protesta por la expropiación de su compañía pero no dijo que la Repsol ya no es una empresa española sino es una corporación internacional con la mayoría de sus acciones en la posesión de extranjeros. Los británicos se solidarizaron inmediatamente con España, aprovechando el asunto de las Islas Malvinas y olvidándose de un problema similar que tiene con los españoles en el Gibraltar cuya soberanía está reclamando España igual como lo hace Argentina respecto a las Malvinas. La solidaridad europea se entiende, igual como la de Estados Unidos con España para ayudar a Europa a “salir a flote de la crisis a costillas de América Latina”, según el ex canciller de Ecuador, Kinnto Lucas. Lo que no se comprende es la solidaridad de Guatemala, Colombia, Chile  y México con los reclamos de Europa.

    Los europeos  están consultando desesperadamente a Washington para elaborar y aplicar todos juntos, sanciones contra Argentina y nadie presta atención a un reciente Decreto Ejecutivo Presidencial de Barack Obama que otorga al gobierno federal el control completo de los yacimientos de gas no convencional a largo plazo en Estados Unidos  y nadie protesta. Lo mismo está intentando  hacer Cristina Fernández con los yacimientos no convencionales de gas y petróleo en Argentina y todos los poderosos o los que se imaginan serlo gritan indignados sin entender que Argentina siendo país con petróleo quiere ser también petrolífero, como lo expresó el periodista argentino Horacio Gonzales. 
    Ya es hora de abrir los ojos y darse cuenta que “la peor lucha es la que no se hace”.

    LA OPINIÓN DEL AUTOR NO COINCIDE NECESARIAMENTE CON LA DE RIA NOVOSTI 

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