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    El corazón de Europa espera el veredicto del votante francés

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    Elecciones presidenciales en Francia (14)
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    La clase política europea permanece en tensa espera.

    La clase política europea permanece en tensa espera.

    Las elecciones presidenciales en Francia son un acontecimiento muy importante para el Viejo Mundo, ya que París es la cuna de la integración europea y la política del continente depende demasiado de lo que pase en Francia.

    Ahora la apuesta es aún más grande. Europa está luchando contra la crisis en la zona del euro, y el éxito del pacto presupuestario o el proyecto para recrudecer la disciplina fiscal en los países de la eurozona, que oficialmente se considera casi la única posibilidad de salvar a la unión monetaria, dependen del presidente actual de Francia, Nicolas Sarkozy.

    Al menos, esa es la opinión de los líderes de los principales países europeos: Alemania, España, Italia y Reino Unido, que durante la campaña electoral en Francia se comportaron de manera poco habitual al apoyar a uno de los candidatos. La canciller alemana, Angela Merkel, incluso participó en la campaña de Sarkozy al llegar a París y anunciar las preferencias de Berlín.

    Es dudoso que esta toma de partido de la élite política europea sea favorable para el actual mandatario francés. A los electores de cualquier Estado no les gusta cuando los ciudadanos de otros países, aunque sean aliados, les dictan su conducta y deciden cómo deben comportarse.

    Pero la Unión Europea teme desviarse de un curso que considera el único posible y no quiere depender de la opinión de los electores. Lo teme tanto que corre el riesgo de estropear relaciones con el nuevo presidente de Francia si François Hollande si es elegido para este cargo.

    El candidato socialista, que reunió la mayoría de los votos en la primera vuelta de las presidenciales y que según las encuestas puede obtener la victoria en la segunda, prometió revisar las condiciones del pacto presupuestario elaborado por iniciativa de Merkel y Sarkozy.

    François Hollande no está de acuerdo con el actual planteamiento de la lucha contra la crisis financiera y de la deuda de la UE, considerando que es necesario poner fin a la aplicación de medidas de austeridad impuestas por Alemania. Según Hollande, los países europeos no necesitan un terror fiscal sino medidas de estimulación del crecimiento.

    Si París realmente renuncia a apoyar el documento aprobado por la mayoría de los países comunitarios, la zona del euro puede afrontar una nueva espiral de crisis con consecuencias imprevisibles, ante todo por razones psicológicas. El acuerdo conseguido respecto al pacto presupuestario permitió calmar a los mercados, porque se dio la impresión de que se había conseguido encontrar una solución apropiada.

    Mientras, no se entiende si el propio Sarkozy va a cumplir los acuerdos que ha promovido. Después de que se tomara la respectiva decisión, el presidente francés declaró en reiteradas ocasiones que el país debería reservarse el derecho de tomar decisiones soberanas en el ámbito presupuestario.

    Pero el pacto estipulaba que cualquier Estado, incluso las mayores potencias europeas, debe subordinarse a la Unión, que le sancionará en caso de que viole la disciplina presupuestaria. Esta regla que se empezó de inmediato a suavizar y en vez de estipular su aplicación automática en caso de que un Estado supere los límites del déficit o deuda pública, se aprobó otro procedimiento que permite evitar las sanciones.

    Es evidente que esa sutileza fue inventada solo para aplicarse a los principales países europeos. Nadie hará concesiones a Grecia o Hungría, pero el trato hacia Francia o Alemania sería más delicado.

    Está claro que la política aplicada por el presidente electo se distinguirá de la retórica utilizada durante su campaña electoral. Si Hollande ocupa el sillón presidencial, afrontará un montón de problemas a los que no se ha acostumbrado.

    Uno de los principales argumentos de Sarkozy consiste en que su rival no tiene ni idea sobre la gestión de país. A diferencia del presidente actual, que anteriormente había ocupado varios cargos administrativos en la alcaldía y el Gobierno, Hollande es el típico funcionario del partido. Hizo carrera trabajando en el aparato central del Partido Socialista, incluso cuando mandaba el único presidente socialista de la Quinta República Francesa, François Mitterrand.

    Las malas lenguas dicen que las últimas elecciones parecían una caricatura de los comicios celebrados hace más de 30 años cuando en 1981 el entonces presidente Valery Giscard D' Estaing, partidario del general De Gaulle, luchaba contra Mitterrand y perdió.

    Hoy en día, la correlación de las fuerzas es similar y el resultado puede repetirse. Es posible que en caso de lograr su elección Hollande pase paulatinamente a un camino tradicional europeo cuya dirección se determina por la cooperación franco-alemana.

    En general Francia depende mucho de la situación en la UE y una política ‘revolucionaria’ no favorecerá a París. Además, François Hollande es un político moderado y prudente que trata de evitar problemas. Pero si las discrepancias políticas y personales conllevan un enfriamiento de relaciones entre Francia y Alemania, será difícil pronosticar qué pasará en Europa.

    El destino de la integración europea depende del desarrollo de las relaciones entre Berlín y París. Desde el inicio de su cooperación, hace más de 60 años, su alianza ha servido de garantía de éxito y superación de todos los obstáculos.

    Suponer que Francia y Alemania puedan ocupar lados opuestos de la mesa en lo que se refiere a la futura construcción europea es lo mismo que encontrarse un campo de minas, porque la desintegración de este eje cancela los principios fundamentales que se establecieron en Europa después de la Segunda Guerra Mundial.

    Circunstancias de fuerza mayor empujan a Alemania a las posiciones del líder que no quiere ocupar, pero a las que tampoco puede renunciar. Pero en cuanto los alemanes empiecen a actuar de una manera más decisiva, esto suscitará la preocupación de sus vecinos en virtud de la triste experiencia histórica.

    En este ámbito, Francia desempeña el papel principal. Su amistad con Alemania sirve de garantía de que la repetición del pasado es imposible. Pero si las relaciones entre estos dos países empeoran por una u otra razón, la atmósfera en Europa puede cambiar drásticamente.

    LA OPINIÓN DEL AUTOR NO COINCIDE NECESARIAMENTE CON LA DE RIA NOVOSTI

     

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