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    Un estudio de televisión

    La televisión pública puede aprender de la guerra de las Malvinas

    © Sputnik/ Grigory Sysoev
    Opinión & Análisis
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    Cualquier conflicto bélico da muchas lecciones. Para analizarlas se pueden estudiar los libros publicados en Gran Bretaña al término de la guerra de las Malvinas que se desató el 2 de abril hace 30 años.

    Cualquier conflicto bélico da muchas lecciones. Para analizarlas se pueden estudiar los libros publicados en Gran Bretaña al término de la guerra de las Malvinas que se desató el 2 de abril hace 30 años.

    Los ciudadanos de Gran Bretaña prestarían poca atención a las lecciones de aquel conflicto en el ámbito de la información que se transmite por las cadenas de televisión. Pero Rusia, que planea crear un canal de televisión público que debe reflejar distintas opiniones, podría tomar en consideración una historia relacionada con la cadena británica BBC, que tuvo lugar en los tiempos de la guerra de las Malvinas.
    Los presentadores de la BBC se atrevieron e hicieron un intento de presentar la información objetiva sobre aquel conflicto.

    La Guerra de las Malvinas fue un conflicto bélico real

    El 2 de abril de 1982, las fuerzas militares argentinas retomaron la soberanía de las Islas Malvinas, dando lugar a un conflicto bélico que culminó el 14 de junio del mismo año con la victoria de Gran Bretaña.

    Esta guerra se llevó a cabo por muchas causas. Mucho antes de este conflicto Gran Bretaña envió sus tropas al extranjero en 1956 (durante la crisis de Suez), lo que culminó con un fracaso. En realidad la guerra de las Malvinas puso fin a la época de humillación nacional para Gran Bretaña después del colapso del Imperio Británico, que tuvo las correspondientes consecuencias para el estado de ánimo de la sociedad británica.

    No se debe olvidar que la Guerra de las Malvinas causó pérdidas humanas. Luchando por el territorio de Gran Bretaña perdieron la vida 255 británicos y 649 argentinos, incluidos 323 que estaban a bordo del crucero de la Armada argentina General Belgrano, hundido en los combates.

    Y en plena guerra Peter Snow, de la BBC, comentarista del muy seguido programa ‘Newsnight’, se permitió simplemente decir: “Si damos crédito a los británicos...”

    ¡Qué polémica se suscitó! Es fácil adivinar lo que se oía decir por todas partes, a partir de la frase: “¿Y tú, no eres británico?” Lo acusaron de la “alta traición” en época de guerra. Dos altos responsables de la BBC fueron convocados al Parlamento y hubo una serie de dimisiones en la BBC.
    De hecho los británicos, y no solo ellos, perseguían el objetivo de poner en práctica un periodismo limpio, perfecto en unos medios de información pública donde inicialmente fue prohibida cualquier publicidad comercial para que ningún interés privado pudieran influir en la misión educativa de la radio y la televisión.

    No dudo que ahora los que están desarrollando el concepto de televisión pública en Rusia vuelven a estudiar la experiencia de la BBC. Nosotros queremos conseguir la perfección también.

    Sé que no se debe idealizar una experiencia ajena y que el tránsito hacia un modelo ideal en todos los sectores, incluidos los medios de información, es un proceso permanente.

    Quizás pueda hacer una contribución positiva a éste presentando varias ideas inspiradas en particular por la experiencia de los periodistas británicos.

    Es peligroso buscar fórmulas de compromiso

    En una sociedad como la nuestra, que sigue odiando la televisión, este odio está formado por impulsos incompatibles. El primer impulso proviene de la oposición, que prefiere que las cadenas de televisión critiquen más al Gobierno y a otros movimientos opositores.

    Estoy seguro de que la denominada oposición liberal cree que está formándose su televisión pública. Pero los comunistas, nacionalistas, liberal-demócratas, así como la mayoría progubernamental también forman parte de la sociedad.

    Es posible que un consejo de control u otro organismo de televisión pública conceda cuotas a todas las fuerzas políticas, de acuerdo con los resultados de sondeos de opinión pública. Pero ¿cómo se puede materializar esto?  ¿17 minutos de las noticias procomunistas contra 11 minutos de un  programa de corte liberal? ¿Quizás sea oportuno transmitir un programa “contra todos”?

    Y ¿qué criterios se pueden aplicar para establecer las cuotas para los analistas, expertos con demasiada experiencia para expresar su opinión?
    No dudo de que en este caso se librará una verdadera lucha por las cuotas o al menos se encontrará tales fórmulas de compromiso que sofoquen cualquier deseo de trabajar. Pero en el periodismo es imposible trabajar sin deseo. Los periodistas no son fabricantes sino actores. Y si los actores no quieren protagonizar sus papeles, el público no les aceptará.

    Si hubiera solo una cadena de televisión, los “actores” se comportarían de una manera más modesta. Pero en este caso, los espectadores preferirían conectarse a Internet.

    Se necesita una antitelevisión

    Anteriormente hemos considerado solo un impulso con un desequilibrio en las cargas que proviene del público hacia los creadores de la televisión social. Es el impulso político.

    Pero existe otro impulso que es mucho más potente, según he podido observar. En las actuales condiciones, la televisión que se ha convertido en una organización comercial y debe ganar dinero, embrutece al público porque se dirige a grandes masas, en su mayoría poco educadas. Pero estas masas también critican la televisión.

    Enfrentamos la misma disputa que surgió cuando se establecía la BBC: ¿debe educar el periodismo o no? 
    Considero que hoy en día la mayoría de los rusos preferiría que la televisión cumpliera la misión educativa. Y además, si se librara una guerra, la mayoría tampoco desearía que algún presentador dijera “Si damos crédito a las autoridades rusas”. Pero esto ya tuvo lugar, con la guerra en Chechenia y en otras ocasiones.

    En este caso los intereses de este estrato de la sociedad contradicen a los intereses de los periodistas que, conformando una corporación y un grupo social con ideales concretos, han adaptado paulatinamente el principio de libertad de palabra a sus intereses personales.
    Por un lado, lo utilizan para disimular su inteligencia limitada y su incompetencia.

    Además, el periodismo no puede existir sin libertad de palabra por razones técnicas. El público no creerá a un periodista que cambie de opinión diariamente y este perderá trabajo.

    No quiero decir que la idea de crear una televisión pública fracase en todo caso, no es necesario. Es posible que sea útil y es evidente que se debe reformar la televisión. Además del mercado, uno de los principales obstáculos para la reforma es el ambiente profesional, que es prácticamente incapaz de modernizarse, como la policía o el sistema de educación.
    Una televisión alternativa o antitelevisión podría crearse solo por las “antipersonas” a base de “antiprincipios”. Esto sería relevante para otros medios de información.

    Si la televisión privada de alta calidad depende de los rankings que a principios de este siglo hicieron cerrar una serie de programas y retirarse a muchos periodistas competentes, es necesario introducir otros criterios para la evaluación de los programas y sus presentadores en la nueva televisión públic.

    Si hoy en día los presentadores se rigen por directivas y principios contradictorios, es necesario hacer que una parte de los periodistas sean invulnerables ante la presión, sobre todo ante la que proviene por parte del denominado consejo de control u otro organismo. Es necesario anunciarlo a los espectadores, así como educarles.

    Se puede seguir el principio del emperador francés Napoleón Bonaparte: “Se debe comenzar la batalla y después pensar”. Merece la pena gastar dinero para este experimento.

    LA OPINIÓN DEL AUTOR NO COINCIDE NECESARIAMENTE CON LA DE RIA NOVOSTI

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