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    Vida y tradiciones de etnia siberiana en vías de desaparición

    © Sputnik / Yákov Andreev
    Opinión & Análisis
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    Los selkup de Narym llamados también “hombres de la taiga” viven en la región de Tomsk (Siberia Occidental) desde tiempos remotos.

    Los selkup de Narym llamados también “hombres de la taiga” viven en la región de Tomsk (Siberia Occidental) desde tiempos remotos.

    En estos momentos en toda la región quedan algo menos de 1.500 personas de esta etnia, habiéndose reducido su número en los últimos 10 años en 400 personas. Estos habitantes aborígenes del Norte de Rusia empezaron a olvidar su lengua y prefieren vivir en casas modernas en vez de habitáculos cavados en la tierra, corriendo el riesgo de acabar desapareciendo en breve en el bullicioso mundo actual, desapareciendo de esta forma, una cultura única.

    A principios del siglo XVII los selkup (este nombre se traduce al ruso como “habitante de la taiga”) se pusieron de lado del Khan mongol Kuchum y fueron derrotados por los cosacos rusos. Después de ello, parte de los selkup se instalaron en el río Taz (Comunidad Autónoma de los Nenets) y aquellos que quedaron por la zona de Narym empezaron a convivir pacíficamente con los rusos venidos de la parte central de Rusia.

    Fue así como los selkup se dividieron en dos grupos territoriales, el del Sur (zona de Narym) y el del Norte (zona del río Taz). Las diferencias lingüísticas son tan significativas que los portadores de los dos dialectos tiene dificultades de entenderse.

    En nuestros días en la región de Tomsk viven cerca de 350 selkup. La mayoría se han instalado en ciudades grandes y las yurtas, viviendas tradicionales de sus antepasados, están abandonadas.

    Es casi imposible llegar a estos pueblos escondidos en la taiga, sobre todo, en otoño e invierno. No hay caminos y sólo se aventuraría a emprender un viaje de muchos kilómetros hecho a pie un verdadero “habitante de la taiga” seguro de que, según cuenta una leyenda de este pueblo, de que no caerá víctima de un oso y que lo protegerán los espíritus.

    Nos vemos en la oficina

    El presidente de la Sociedad “Kolta kup” de Parabel (una ciudad a 400 km de Tomsk), Yuri Tobolzhin, nos recibe en el patio de su casa. Se niega a hablar y nos cita para más tarde. “Nos vemos en una hora en la oficina”, espeta, severo, y deja en la tierra un saco del que se empieza a caer pescado congelado.

    La oficina es un pequeño cuarto en la segunda planta del club de cultura local. Yuri la está compartiendo con la representante de otra comunidad étnica, los alemanes. En los años 40 del siglo pasado a los alemanes se les desterró al norte de la región de Tomsk. La oficina está dotada de dos mesas con sus ordenadores, las paredes están tapizadas de numerosas diplomás.

    “Desde 2003 participamos en el Festival de los pueblos aborígenes del Norte celebrado en Moscú. Nuestra compañía nacional llevaba varios años ganando premios allí”, explica Yuri Tobolzhin con orgullo, añadiendo enseguida que este año los selkup no pudieron participar en el evento, porque los funcionarios habían suprimido la financiación del Programa provincial de apoyo de los pueblos aborígenes.

    Somos de la misma sangre

    Yuri Tobolzhin nació en un pueblo selkup a unos 40 km de Parabel de padre selkup y madre ucraniana. Según nos contó, entre los representantes de su pueblo hay muchas familias mixtas, por lo tanto, pocos conocen la lengua selkup. Todo el mundo recuerda, sin embargo, que todos los selkup de la zona son parientes de diferente grado.

    “La gente empezó a mudarse a las casas modernas, cuando empezaron a cerrar los colegios. Si en un pueblo hay colegio, habrá vida allí, si no, pues no. Nosotros estudiábamos en en internados, era algo normal. Pero ahora la gente no quiere mandar a sus hijos a los internados”, nos cuenta.

    La escuela de Mumýshevo, su pueblo natal, cerró a finales de los 80. En el pueblo siguen viviendo varias personas, todos trabajan en la fabricación de artículos de artesanía que Yuri dirige. Es decir, de hecho, llevan la vida tradicional de los selkup: pescan y procesan el pescado, recogen setas, bayas y piñones.

    “Este año ha habido muchos piñones, sólo que los precios han caído. El año pasado un saco de piñas costaba más de 1.000 rublos (35 dólares) y ahora, 350 (12 dólares)”, se queja.

    También hizo construir en su pueblo varias casitas de madera y lleva a los turistas de pesca. Las tradicionales viviendas cavadas en la tierra que dieron a los selkup el sobrenombre de los “habitantes de la taiga” ya no se suelen usar desde hace tiempo.

    “Acaba de empezar la temporada de la pesca. Ponemos las redes por la noche, por la mañana seleccionamos el pescado y luego lo llevo a Parabel y lo dejo en congeladores… Hasta 1,5 toneladas se saca en una noche. Vendemos sobre todo a Novosibirsk y Tomsk”, nos relata y recuerda al momento la época soviética, cuando el Estado ayudaba a los selkup a comprar cámaras frigoríficas y vehículos todoterreno, ya que los coches normales no pueden pasar por el terreno donde están instaladas sus yurtas.

    “Antes se nos permitía pescar por todas partes y ahora está prohibido. Se celebran concursos públicos para cualquier sitio de pesca. Le hablaré de mi experiencia, para poder pescar allí donde pescaban mi padre y mi abuelo, he tenido que pagar este año 102.000 rublos (3.400 dólares)”, se queja.

    Dicho sea de paso, precisamente a los selkup se les ocurrió servir pescaditos pequeños como una tapa con la cerveza, nos contó la bibliotecaria del pueblo de Narym, Aliona Lugovskaya. “Pescaditos pequeños que ya no valían para nada se solían secar y triturar para harina. Y antes se hacía una sopa con ella. Ahora estos pescaditos minúsculos se aprovechan para el alimento de las gallinas. Pero, si los mayores no están alerta, los niños se lo llevan todo”, dijo.

    Dioses mayores y menores

    Irina Korobeinikova, que vive en Parabel es una de las pocas personas que domina bien la lengua de los selkup de Narym. Está en contacto con los lingüistas y les ayuda a componer manuales de conversación y diccionarios del dialecto de Narym que presenta diferencias fundamentales de la lengua de los selkup que residen en la zona del río Taz, aquellos que se instalaron en el Norte hace 400 años.

    “Hace poco llegó una investigadora japonesa, vivió un mes en mi casa. Tradujimos 1.000 palabras”, cuenta Irina.

    Las creencias tradicionales de los selkup también despiertan incesante interés por parte de los científicos. A pesar de haberse convertido al cristianismo en el siglo XVIII, los selkup mantienen las creencias y ritos precristianos paganos, el rasgo principal de los cuales consiste en el animismo respecto a los objetos, los animales y la naturaleza. Muchos de los selkup en nuestros días también se van al bosque para venerar al patrono de la familia o se llevan un amuleto, si tienen que ir de viaje.

    “Yo tengo dos religiones: voy a misa y al bosque… Y si tengo que hacer un viaje, suele llevarme la figura de un duende”, explica Irina, precisando que la pequeña figurita de madera que no tiene cara trae buena suerte y protege de los espíritus del mal.

    Antiguamente las mujeres que iban a recoger bayas al bosque, metían la figurita en la cesta, para tener suerte. Y si no la tenían, podían castigar al duende, le daban golpes o incluso lo metían al horno. “Como no tiene cara, se cree que no tiene alma”.

    A quien nunca se lo llama por su nombre

    En el bosque no sólo el duende sin cara protege a los selkup, tienen unas relaciones especiales con el dueño de la taiga, el oso. Al igual que muchos otros pueblos del norte, lo consideran animal sagrado.

    “En primavera al pueblo de mi madre vienen osos… No suelen hacer daño a nadie, miran y se van”, cuenta Aliona Lugovskaya y añade con una sonrisa que está prohibido decir en voz alta la palabra “korg” (“oso” en selkup).

    De acuerdo con una creencia popular, este depredador peligroso y astuto es el progenitor de todos los selkup. Seguramente de aquí proviene la prohibición de matar a los osos. Sin embargo, en el caso extremo (si atacaba a una persona), al “familiar” lo mataban, pero no se culpaba de la muerte del oso al humano, sino a la bala.

    Nikolai Kostrov, historiador y etnógrafo de Tomsk del siglo XIX en una de sus investigaciones señaló que los rusos que vivían desde los tiempos remotos en la región de Tomsk se habían convertido en “salvajes” y empezaron a parecer a los ostiak, nombre de los selkup y khanty que se usó hasta los años 20 del siglo pasado.

    Un siglo después la situación cambió radicalmente y a un habitante indígena del norte de la región de Tomsk apenas se diferencia de quienes vino a esta zona después de la exploración de Siberia. Sin embargo, los selkup de Narym lograron no perder del todo el colorido ni los principios espirituales de su cultura, ni las ganas de fabricar artículos artesanales.

    A los hombres de la taiga podría ayudar el Programa de apoyo de los pueblos aborígenes. No obstante, según nos explicó el Jefe del Departamento regional de cultura, Andrei Kuzichkin, este programa no existe “dado que faltan propuestas concretas por parte de los dirigentes de la sociedades étnicas de los pueblos indígenas”. Los fondos se incluyen en los gastos corrientes del Departamento y algunos recursos provienen del presupuesto federal. Así, en 2011 para el apoyo de los pueblos indígenas de la región de Tomsk que suman en total 3.500 personas fueron asignados 4 millones de rublos (133.500 dólares).

    Además, nos contó se percibe un cierto conflicto de intereses: “los representantes de los pueblos indígenas en primer lugar están interesados en que se les faciliten medios técnicos para mantener las actividades tradicionales (barcas, todoterrenos, cámaras frigoríficas), pero no está dentro de las potestades del Departamento de cultura”. Como resultado, la conservación del patrimonio cultural se reduce a la celebración de festivales y concursos regionales.

    LA OPINIÓN DEL AUTOR NO COINCIDE NECESARIAMENTE CON LA DE RIA NOVOSTI

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