16:00 GMT +313 Diciembre 2017
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    Северная Корея

    Un paseo nocturno por Pyongyang

    © Sputnik/ Marc Bennetts
    Opinión & Análisis
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    Acabo de volver de un viaje de una semana a Corea del Norte. Fue un viaje maravilloso, pero no estoy seguro de haber empezado a entender este país mejor que antes de haberlo visitado. Pero, al menos, he disfrutado de una pizza en Pyongyang y poca gente puede decir lo mismo.

    Acabo de volver de un viaje de una semana a Corea del Norte. Fue un viaje maravilloso, pero no estoy seguro de haber empezado a entender este país mejor que antes de haberlo visitado. Pero, al menos, he disfrutado de una pizza en Pyongyang y poca gente puede decir lo mismo.

    Después de aterrizar en el aeropuerto internacional de Pyongyang, no verá ningunos carteles de bienvenida: desde las paredes de la sala de llegadas les estarán mirando con clara desaprobación los ojos del Gran Líder, Kim Il Sung, título que le fue otorgado tras su muerte en 1994, y  de su hijo y sucesor, el amado dirigente Kim Jong Il. Sus escrutadoras miradas nos acompañarán a lo largo de toda la semana.

    Como debe pasar en el país más cerrado del mundo, a los extranjeros nada más llegar les requisan sus teléfonos móviles. Incluso si uno consigue introducir el teléfono en Corea del Norte, con toda seguridad no tendrá cobertura. Aquí tampoco hay Internet, aunque desde el servidor del hotel se puede mandar un correo electrónico, si uno, por supuesto, no tiene nada en contra de que lo lean anteriormente.

    A pesar de que las tecnologías modernas no se usan, los guardias fronterizos demostraron estar al tanto de todo. ¿Lleva un iPad?, me preguntó uno, mientras revisaba mi equipaje. Steve Jobs podría estar orgulloso de no haber vivido su vida en vano.

    Durante toda la estancia en Corea del Norte los extranjeros suelen estar acompañados por dos guías-escoltas. El reciente viaje de un grupo de turistas chinos, que consiguieron desplazarse independientemente por algunas zonas del país, fue una excepción. Nuestra visita fue organizada a través de KNCA, la Agencia de Noticias pública.

    Nos recibieron los camaradas Lee y Seo, nuestra traductora. En los siguientes 7 días los vimos a partes iguales con los líderes Kim padre e hijo.
    Conseguir un visado de periodista me llevó dos meses de negociaciones, y súplicas. Dado que a los norcoreanos no les gusta nada conceder a los periodistas el acceso a la información, muchas agencias optan por tramitar a sus corresponsales visados de turista. Sin embargo, corren rumores de que los materiales redactados por dichos periodistas acarrearon problemas para los guías que los habían acompañado, de modo que preferimos jugar limpio.

    Durante la interminable y espera de una decisión positiva por parte de Pyongyang, rastreé Internet en busca de algún tipo de información sobre la República Popular Democrática de Corea, tragándome tanto noticias de prensa, como vídeo publicados por los turistas en YouTube y materiales propagandísticos oficiales. Como resultado, el paisaje de las afueras de capital norcoreana me pareció extrañamente familiar. Incluso llegué a sentir tristeza, como si el país ya no tuviera secretos para mí. Por otra parte, la culpa era mía, por haberme mostrado impaciente por saber.

    La limpieza de las calles de Pyongyang parecía anormal. Creo que en toda la semana no he visto nada tirado al suelo, que no fueran colillas. Me he dado cuenta de que los niños jugaban tranquilos en la calles, sin ninguna supervisión por parte de por sus padres. Hay muy pocos coches y durante toda nuestra estancia solo nos hemos parado en un atasco una vez. Fue después de un partido de fútbol internacional.

    La ropa de las mujeres es más variada, incluso se pueden ver colores vivos. Los hombres, en cambio, llevan prendas negras, grises o verdes oscuras del estilo del uniforme militar, que cambia en caso de funcionarios públicos de alto rango por trajes formales confeccionados en el extranjero.

    A primera vista la ciudad parecía un sitio agradable para vivir, sobre todo, si se pasaban por alto cientos de carteles, placas y pósters que elogiaban a Kim Il Sung, a Kim Jong Il y al gobernante Partido de los Trabajadores. Pero, la verdad sea dicha, ignorarlos no era fácil en absoluto.

    Nos reservaron habitaciones en el hotel Koryo, dos torres altas en pleno centro de Pyongyang. El diario Washington Times escribió en cierta ocasión que muchos de sus huéspedes eran traficantes de armas. A mí, sin embargo, en todos los días que me hospedé allí nadie me ofreció ni una simple granada. Me alegré de no vivir en Yanggadko, un hotel situado en una isla, porque entonces no tendríamos ninguna oportunidad de dar una vuelta por las calles de la capital solos.

    No obstante, no me esperaba en absoluto que se nos permitiera pasear por la ciudad sin compañía de los guías, independientemente del hotel en el que viviéramos. A los turistas les está tajantemente prohibido salir solos de los hoteles. Se los suele llevar en autobús de un lugar de interés a otro y luego se los devuelve al hotel.

    Pero decidí preguntar sobre si podíamos ir y venir a nuestro antojo, manteniéndonos, por supuesto, dentro de los límites razonables.
    “¿Y por qué no?”, sonrió el camarada Lee, encantado, por lo visto, de poder sorprendernos. Lo único, no se alejen demasiado del hotel”.

    Uno de los pocos occidentales que viven en Pyongyang me dijo que el hecho de que a los periodistas se les permitiera desplazarse sólo no tenía nada de extraordinario, pero que todavía no pasaba con demasiada frecuencia. Según sus palabras, era una señal de confianza.

    Posiblemente, tenía algo que ver con que éramos representantes de una Agencia de Información rusa y últimamente las relaciones entre Moscú y Pyongyang se están afianzando de una manera bien intensa.

     En la semana que pasamos en la capital norcoreana había de inaugurarse entre los dos países la comunicación ferroviaria.

    Dejamos las maletas en nuestras habitaciones y salimos con María, una  compañera de trabajo, a dar un paseo por Pyongyang de noche, las calles estaban bastante mal iluminadas incluso en el centro de la ciudad y sólo la Torre Juche, monumento a la ideología de la autoconfianza nacional, iluminado a lo lejos, representaba un espectáculo siniestro. No me gustan los estereotipos, pero es la única palabra apropiada para describir aquella iluminación.

    Cuanto más nos alejábamos del hotel, más oscuro se hacía. Yo seguía bajo la impresión de poder dar una vuelta por Pyongyang sin que se me vigilara. La gente que se nos cruzaba por el camino se quedaba también muy impresionada, pero al ver que los estaba mirando, se precipitaba a mirar a otro lado.

    Éramos los únicos europeos que salieron a la calle aquella noche y durante toda la semana también. Un grupo de niños, al vernos, se echaron a correr, asustados.

    Nos acercamosa una cercana estación de trenes, un edificio inspirado en la época soviética y decorado con un retrato de Kim Il Sung. “¡Vaya!”, exclamó un coreano algo achispado, lo exclamó en su lengua, por supuesto.

    Doblamos la esquina y nuestro hotel desapareció de la vista. Daba la sensación de que caminábamos por el lado oscuro de la Luna. ¿Seguro que podíamos permanecer allí? ¿Y si le habíamos malinterpretado al camarada Lee?

    La naturaleza del aislamiento de la RPDC implica que cualquier detalle, incluso el más cotidiano, enseguida se convierte en algo sobrecogedor y haga pensar. Por ejemplo, entramos en una tienda y echamos un ojo al mostrador con fruta. Más tarde me enteré de que el precio de un kilo de manzanas equivalía más o menos al salario mensual medio y un kilo de arroz costaba poco menos. Por otra parte, ya se sabe que en Corea del Norte no se podría subsistir con el sueldo oficial y a las autoridades, por lo tanto, no les queda otra opción que hacerse de la vista gorda de la existencia de mercado de vendedores privados e ilegales.

    Entremos en una cafetería: el letrero estaba en inglés y decía “Café Pyulmori”. “Qué raro, pensé, ¿para que querrán un letrero en inglés?” de acuerdo con los últimos datos, apenas habrá 200 occidentales residentes de manera permanente en Pyonyang.
    Esperaba que se nos indicara enseguida a la puerta: en Corea del Norte no está bien visto entrar en contacto con los lugareños, incluso si se encuentra algún valiente deseoso de charlar un poco. No obstante, nos esperaba otra sorpresa.

    Una sonriente camarera nos acompañó a la mesa bajo los sonidos de “Let It Be” de Beatles, seguidos por Frank Sinatra y por la canción “My Way” que no parecían combinar muy bien con el noticiero puesto en la tele. Aquel día Kim Jong Il visitó una fábrica de turno para “emitir indicaciones in situ”, cosa que suele hacer con bastante frecuencia.

    Pedí una pizza. Este año ya he comido pizza en la Avenida Putin en Grozni, Chechenia, pero aquella cafetería de Pyongyang, sin lugar a dudas, ocupaba el primer puesto en la lista de los sitios más surrealistas de comida italiana. Nos sirvieron una pizza bastante buena y sustanciosa, con mucho queso fundido. Pagamos en dólares y nos adentramos en la oscuridad.

    Al intentar otro día entrar en otro restaurante, vimos a un señor gritar y acercarse corriendo a la entrada para impedirnos el paso. No tengo ni idea de quién podría ser. No insistimos.

    Más tarde me explicaron que Café Pyulmori estaba aprobado para las visitas de extranjeros y diplomáticos, pero no hemos visto a ninguno. Todas las veces que hemos venido, nos recibió el mismo disco con obras clásicas del rock, que me cansó sobremanera, he de reconocer. Es que esperaba poder descansar de la insustancialidad de Lennon y McCartney por lo menos en Corea del Norte. ¡Qué pena que no haya podido ponerles a hurtadillas el disco Pyongyang Hardcore Resistance!

    Al acabar nuestras pizzas, volvimos al hotel y nos retiramos a las habitaciones. Enfrente tenía la obra de un nuevo restaurante, cuya apertura está prevista para 2012, Año de 100 Aniversario desde el nacimiento de Kim Il Sung. Vimos este tipo de obras por toda la ciudad y los operarios trabajaron día y noche.

    Me despertó a las 3 de la madrugada un fuerte ruido. Me asomé por la ventana y vi luz en algunas ventanas de edificio residencial de enfrente.¿Quién estaría despierto en Pyongyang aquella noche? ¿Qué estaría haciendo?
    Creo que nunca sabré respuestas a estas preguntas, ni a muchas otras que me planteé, al visitar Corea del Norte.

    En el momento de escribir este artículo no han transcurrido ni 24 horas desde mi regreso a Moscú. Todavía estoy poniendo orden en los materiales recopilados y en mis pensamientos. A lo largo de la semana que viene publicaré más artículos, sobre la vida cotidiana en Corea del Norte, sobre la ideología Juche, sobre el culto de personalidad de Kim Il Sung y sobre el festejo del Día del Partido junto con las fotos y los vídeos. Queden a la espera de nuevas historias sobre Corea del Norte.

    LA OPINIÓN DEL AUTOR NO COINCIDE NECESARIAMENTE CON LA DE RIA NOVOSTI

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