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    El regreso de talibanes o diez años de Libertad Duradera en Afganistán

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    Los talibanes vuelven a Afganistán como fuerza política.

    Los talibanes vuelven a Afganistán como fuerza política.

    Este es el sorprendente pero lógico resultado de los diez años de la operación Libertad Duradera realizada por EEUU y destinada a combatir el terrorismo internacional.

    El regreso de Talibán

    En Afganistán se va preparando la legalización del movimiento islámico Talibán con el que, durante los últimos años, se intentó entablar un diálogo. Rusia clasifica a los talibanes como un grupo extremista, pero Kabul y Washington por lo visto están seguros de que sin contar con esta fuerza el Afganistán actual difícilmente tiene un futuro político.

    Esto lo tienen claro también los talibanes más radicales, que están dispuestos a luchar contra los infieles hasta la victoria. Y sacan sus propias conclusiones. La mejor prueba es la reciente muerte del ex presidente afgano Burhanuddin Rabbani, asesinado por un terrorista suicida cuando sostenía negociaciones con unos representantes de Talibán.

    Los asesinatos de las figuras que intentan estabilizar la situación en Afganistán no es ninguna novedad. Basta recordar el atentado del 9 de septiembre de 2001 contra el reconocido líder de la resistencia antitalibán Ahmad Shah Masud.

    De modo que Afganistán vuelve a lo que era hace diez años, en septiembre de 2001. Los talibanes se ven como una fuerza política regional y la coalición internacional estima posible negociar con ellos el futuro del país.

    Los errores del pasado

    Estados Unidos vacilaron antes de iniciar una operación militar contra los talibanes. A finales de septiembre de 2001 el entonces presidente de EEUU George Bush señalaba ante el Congreso que la destitución de este grupo del poder en Afganistán no es un objetivo obligatorio de la guerra internacional contra el terrorismo.

    En aquel momento Washington hacía una clara distinción entre el líder talibán Mulá Mohammad Omar (un tipo desagradable pero con el que se podía negociar) y Osama Bin Laden, al que el primero encubría y que estaba ya fuera de cualquier negociación política.

    Por lo visto las autoridades de EEUU esperaban conseguir un acuerdo con el régimen talibán para así poder extender la guerra contra terrorismo en Asia Central al vecino Pakistán. Al país que durante la década de los 90 estuvo apoyando sin reservas a los talibanes en su lucha por el poder en Afganistán.

    De esta manera el gobierno pakistaní, por un lado, exportaba el extremismo religioso para asegurar su propia estabilidad, y por el otro – una herramienta de influencia en el territorio vecino a través de las tribus pashtún cercanas.

    Sin embargo, EEUU y los talibanes no consiguieron ponerse de acuerdo. El 7 de octubre de 2001 la aviación estadounidense atacó las bases militares de los talibanes, mientras el presidente Bush declaró que el derrocamiento del gobierno talibán en Afganistán es uno de los objetivos de la “guerra contra el terrorismo”.

    Aún así los astadounidenses se portaron con una delicadeza inexplicable y casi no tocaron objetivos talibán a lo largo de las fronteras del territorio controlado por la Alianza del Norte , la  gran coalición antitalibán, encabezada por el entonces internacionalmente reconocido presidente afgano Burhanuddin Rabbani.

    De hecho, sólo los grupos pashtún apoyados por Pakistán recibieron una ayuda militar real para la lucha contra los talibanes por parte de la OTAN. Washington, comprendiendo la inseguridad de su posición en la región, intentó conservar el equilibrio de intereses de todos los aliados, eventuales y reales.

    No obstante, esta estrategia no dio resultado: a pesar de la protestas públicas de los líderes de EEUU y Pakistán, las fuerzas de la Alianza del Norte fueron las primeras en entrar en Kabul en 2001. En el nuevo gobierno afgano del pashtún Hamid Karzai los representantes de la Alianza recibieron cargos importantes.

    Durante los próximos diez años se consiguió un resultato asombroso: la operación de la OTAN en Afganistán desalojó a los talibanes que... volvieron a Pakistán, donde últimamente el poder central se ve debilitado mientras se va intensificando la inestabilidad interna.

    El dinero malgastado

    Es difícil valorar el resultado constructivo de la operación de EEUU en Afganistán. Por una parte, Estados Unidos gastaron allí mucho dinero y algo consiguieron. Por la otra, ese dinero a veces fue gastado de un modo más que ineficaz.

    El reciente informe de la comisión bilateral del Congreso sobre los contratos militares escandalizó a la opinión pública: de los 206 mil millones de dólares asignados a las campañas de Iraq y Afganistán, entre 31 y 60 mil millones fueron gastados indebidamente, y de ellos por lo menos  10 mil millones de dólares – simplemente robados.

    Ambas guerras se convirtieron en un “filón jugoso” para las empresas privadas que obtuvieron colosales ganancias aprovechando que las empresas estatales se habían negado a participar en las operaciones de Iraq y Afganistán.

    Mientras tanto, la reconstrucción de infraestructuras en las provincias afganas avanza a tropezones. Muchos observadores señalaron la irresponsable actitud hacia esta tarea por parte de los funcionarios estadounidenses y representantes de las oprganizaciones no gubernamentales.

    A falta del empeño y deseo de entrar en detalles, prefieren simplemente asignar recursos que luego se depositan en las cuentas de  subcontratistas o, con más frecuencia, se desperdician por las autoridades locales.

    Sin embargo, esto no significa que las autoridades afganas sean totalmente incapaces de poner orden en su país. Pero en Afganistán sucedió en más de una ocasión que la ayuda financiera estadounidense destinada para los programas del desarrollo regional superaba las necesidades de la región, es decir, el dinero que se podía gastar para el bien común quedaba sobrado. Y esto pone en evidencia no sólo la incapacidad de las autoridades locales sino también la mala gestión de los programas de ayuda por parte de los patrocinadores.

    Las ayudas mal administradas originaron otro problema: los profesionales afganos, tras haberse dado cuenta de dónde viene el dinero, se van de las estructuras estatales para incorporarse en las oficinas de las organizaciones estatales y no gubernamentales estadounidenses (el nivel de ingresos es de 8 a 10 veces mayor en éstas). Esta huida del personal competente tampoco contribuye a elevar el profesionalismo de las administraciones locales.

    Irse para quedarse

    Para el año 2014 las tropas estadounidenses abandonarán el territorio de Afganistán. Pero no del todo.

    El contingente militar de EEUU se quedará en el país para frenar, aunque sea parcialmente, el flujo contínuo de muyahidines entre Pakistán y Afganistán. Este problema preocupa a Estados Unidos cada vez más. Los militares y expertos estadounidenses hablan abiertamente de los estrechos vínculos que unen a los servicios especiales pakistaníes con los muyahidines.

    El jueves pasado, 6 de octubre, Barak Obama sometió a acerbas críticas a Islamabad por mantener contactos con los talibanes. Según el lídes de EEUU, Pakistán pretende de esta manera asegurar su futuro y aprovechar la confusión que reinará en Afganistán tras la retirada formal de las tropas estadounidenses. Obama exhortó a Islamabad a cortar este tipo de contactos.

    Actualmente los efectivos estadounidenses representan la mayoría aplastante entre las fuerzas de la coalición (casi dos terceras partes de 150 mil efectivos). En 2012 se quedarán sólo 25 mil que se desplegarán a lo lagro de la frontera con Paquistán. Así podrán controlar las rutas que atraviesan la zona de las tribus autónomas pashtún que desde hace siglos hacen allí lo que quieren sin importarles lo más mínimo las autoridades afganas, pakistaníes, soviéticas o estadounidenses.

    Mientras tanto, las provincias interiores del país pasarán bajo control de las fuerzas nacionales, a la vez que el gobierno afgano irá trabajando para la reconciliación con los líderes de resistencia interna.

    LA OPINIÓN DEL AUTOR NO COINCIDE NECESARIAMENTE CON LA DE RIA NOVOSTI

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