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    A muchos rusos que no les molesta que Putin se quedó sin el premio Quadriga

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    La opinión pública y la prensa rusa, sigue comentando con profusión la reciente decisión de la fundación alemana “Werkstatt Deutschland” de declarar desierto la entrega anual del premio Quadriga en 2011.

    La opinión pública y la prensa rusa, sigue comentando con profusión la reciente decisión de la fundación alemana “Werkstatt Deutschland” de declarar desierto la entrega anual del premio Quadriga en 2011.

    La premiación quedó suspendida por la aguda polémica que desató la nominación del primer ministro ruso, Vladimir Putin como uno de los cuatro galardonados a recibir ese premio que se entrega cada 3 de octubre para conmemorar la reunificación de Alemania en 1990.

    Para algunos, el ex presidente y actual primer ministro ruso  es incompatible con los valores éticos y morales que supone ese premio, para Occidente símbolo de los valores democráticos tras el fin de la Guerra Fría.

    Y aunque en un comienzo la  nominación de Putin pareció un paso acertado, posteriormente en Europa, y sobre todo en los antiguos países de la desaparecida órbita socialista surgió una avalancha de enconadas críticas, acompañada de renuncias demostrativas de algunos miembros del consejo consultor de la fundación.

    Incluso el ex presidente checo, Vaclav Havel, amenazó con devolver su galardón otorgado en 2009 si Putin recibía la misma distinción.

    Hasta cierto punto, se puede entender la postura de Havel, porque los logros políticos de Putin son comprensibles más que todo para los rusos, y menos para cualquier habitante de Europa y todavía mucho menos para los habitantes en la Europa del Este.

    Tras el desmoronamiento del sistema socialista,  los ciudadanos de  los antiguas estados socialistas no les quedó más opción que apostar por los valores y reglas que impone la Unión Europea, nuevo polo de influencia geopolítica en el Viejo Continente.

    Vinculado directamente con la reunificación alemana, el premio Cuadriga se interpreta como el triunfo de la democracia sobre el totalitarismo y la constatación de la supremacía del capitalismo sobre el comunismo.

    Y aunque Rusia renunció a su pasado socialista, desarrolla su economía de acuerdo a las leyes del mercado y construye un estado de derecho, es vista por muchos como una continuación renovada de la Unión Soviética y por consiguiente, como un adversario.

    No es extraño entonces que los gobernantes rusos, sobre todo aquellos como Putin que se dedican a restablecer el potencial económico y militar de Rusia sean considerados por algunos en Europa como la reencarnación de caudillos totalitaristas del pasado.

    Al enumerar los méritos el jurado del premio Cuadriga dijo que Putin, “merece ocupar un capítulo en el libro de la Historia” porque “al estilo de Pedro el Grande, allanó el camino de Rusia hacia el futuro”.

    Pero los detractores consideran que Putin no es digno del premio por su postura inflexible con la guerrilla separatista en Chechenia, las guerras del gas con Ucrania, el caso del magnate ruso Mijail Jodorkovski, la situación de los derechos humanos, la libertad de prensa y el control estatal en los sectores claves de la economía.

    En cambio en Rusia, esos defectos de Putin son considerados por la mayoría de los rusos como cualidades porque se reflejan de una forma directa en su seguridad y su  nivel de vida.

    Putin logró encerrar en la botella el genio del separatismo chechenio, que  tras convertirse en una peligrosa red guerrillera sembró la muerte en varias ciudades de Rusia con atentados terroristas abominables.

    Contra el terrorismo, el gobierno de Putin demostró la misma intransigencia de EEUU demostró tras los atentados del 11 de septiembre de 2001, o cada vez  cuando Israel responde a los ataques de las agrupaciones extremistas palestinas.

    La estrategia de Putin calificada en Occidente como la imposición del  capitalismo estatal permitió a Rusia restablecer su economía  y paliar mejor que otros países las consecuencias de la crisis de 2008, cuyos efectos todavía se dejan sentir en Europa.

    Es evidente que la Rusia que recibió Putin en 1999, cuando fue nombrado primer ministro no es la misma Rusia de hoy.

    Esa transformación supuso la puesta en marcha de una política consecuente que finalmente se tradujo en la reaparición de una Rusia fuerte e influyente en comparación con deplorable estado en que quedó el país, ocho años después del desmoronamiento de  la Unión Soviética.

    Y esa labor fue reconocida con toda justicia por el jurado del premio Quadriga, el asunto fue que la esa elección, por lo visto no fue del gusto de ciertos sectores políticos y de la opinión pública no tanto en Europa sino también en algunos países vecinos e incluso en la misma Rusia.

    Al comentar el asunto del galardón alemán,  muchos rusos en las redes sociales comentaron que el escándalo con el premio para Putin es una muestra de la confusión que impera en  occidente al mirar los acontecimientos con lentes que distorsionan las cosas.

    Esa confusión se estimula con el doble rasero que aplican los gobiernos occidentales al tolerar o condenar asuntos delicados como el derecho de los pueblos a la autodeterminación y la integridad territorial de los países, desatando los contenciosos como Kosovo, Osetia del Sur, Abjasia, Trasnistria, Alto Karabaj, para mencionar sólo los de Europa.

    Con gran irresponsabilidad y por razones exclusivamente coyunturales, Occidente aplica el doble rasero en asuntos peliagudos como el terrorismo e incluso en la reciente marea de revoluciones en el mundo árabe.

    Tal vez por eso ocurrió el enredo con el premio Quadriga y el jurado alemán confundido en la maraña del doble rasero, primero decidió premiar a Putin y después se arrepintió, eso si, pidiendo a todos mil disculpas.

    A juzgar por los comentarios en blogs y foros de opinión,  son muchos los rusos que están de acuerdo en que Putin fuera excluido de esa lista.
    Incluso los más radicales exigen que el mismo Putin,  como hizo el ex presidente checo, proteste indignado por los intentos de incluirlo en una lista de políticos que no tiene nada que ver con los valores que él mismo defiende.

    Más que todo es una alusión directa al ex presidente de Ucrania, Víctok Yúschenko,  en el año 2004 laureado con el premio Quadriga.

    Reconocido en Rusia por su retórica antirrusa y sus enormes esfuerzos por envenenar la fraternidad entre rusos y ucranianos, situar a Putin al lado de Yúshenko supone un chiste de mal gusto e incluso hasta una ofensa para muchos rusos.

    Tampoco despierta mucho entusiasmo la idea de que Putin de alguna forma comparta laureles con el actual presidente afgano, Hamid Karzai, reconocido por su corrupción, o  el primer ministro de Grecia, que más de un griego lo quiere moler a pedradas, y hasta el ex ministro alemán que tuvo que dimitir por copiar la tesis de grado en Internet.

    Teniendo en cuenta que el presente año Rusia celebrará elecciones legislativas y en 2012 comicios presidenciales, los expertos opinan que el asunto del premio fue un gran regalo para Putin y su partido Rusia Unida, al recibir completamente gratis semejante avalancha publicitaria.

    Pero para el ruso de a pié, la excomunión de Putin de la logia privilegiada de los caballeros del  premio Quadriga, no es más que el sabio cumplimiento del dicho popular que dice,  que es mucho mejor andar solo, que mal acompañado.

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