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    Fiodor Lukiánov

    Los condicionantes de la política exterior de Rusia en el último año y medio

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    Opinión & Análisis
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    Podemos resumir los resultados del período transcurrido de la política exterior de Rusia. Me atrevo a proponer una docena de eventos que, a mi ver, ejercieron la mayor influencia en ésta.

    Podemos resumir los resultados del período transcurrido de la política exterior de Rusia. Me atrevo a proponer una docena de eventos que, a mi ver, ejercieron la mayor influencia en ésta.

    La votación en el Consejo de Seguridad de la ONU sobre la resolución 1973, que sancionó la aplicación de fuerza contra Trípoli. Fue la primera vez, desde el año 1990, cuando Moscú no bloqueó una resolución que legitimara la intervención desde fuera en los asuntos internos de un estado soberano.

    Bien que más tarde los líderes rusos hicieron declaraciones contradictorias acerca de este paso, no se puede subestimar su significancia. Simbolizó el abandono del modelo basado en el principio de respeto a soberanía bajo la influencia de la coyuntura. Este hecho hace más flexible, pero al mismo tiempo, menos predecible  la política rusa.

    El ejemplo que confirma mis palabras de manera más ilustrativa es la historia con las elecciones del nuevo director gerente del Fondo Monetario Internacional (FMI) después del incidente con Dominique Strauss-Kahn.

    En término de una semana, Moscú primero apoyó al candidato de la Comunidad de Estados Independientes (CEI), jefe del banco Centrobank, Grigori Márchenko, luego se adhirió a la postura de los demás miembros del grupo BRICS (que insisten en que Europa debe ceder en el FMI a las economías emergentes), y en fin, junto con los demás miembros del G-8, aplaudió la candidatura de la francesa,  Christine Lagarde.

    Esta falta de coherencia afectará el afianzamiento de los BRICS, del cual dos semanas antes, el presidente ruso había hablado con sus colegas del grupo como de una nueva realidad mundial.

    El papel de China, como de un país que seguirá, por lo visto, influir en las tendencias dentro de Rusia, fue ganando significancia. El que Pekín se portara en la cumbre de la Organización de Cooperación de Shanghai de manera tan segura y el que continúen las especulaciones acerca de las condiciones de la venta de los recursos energéticos, muestra  que Moscú tendrá que acostumbrarse a un nuevo tono de negociaciones con China. Será un tono respetuoso pero estricto.

    Las disputas territoriales con Japón que se reanudaron tras la visita del presidente ruso, Dmitri Medvédev, a las islas Kuriles, son interesantes no por el tema sino por el lugar.

    Las Kuriles, como tales, son de importancia secundaria para la política rusa, pero así Moscú decidió recordar que tiene sus intereses en Asia y que no se dispone a dejar esta parte del mundo.

    Lo que se hizo más evidente aún cuando fue declarado que los portahelicópteros “Mistral” comprados por Rusia de Francia, estarán colocados en el océano Pacífico precisamente. Rusia sigue defendiendo su lugar en la región Asia-Pacífico, pero por ahora no pasa más allá de unos gestos simbólicos.
    La propia transacción entre Francia y Rusia es importante porque es la primera evidencia real de que Europa ya no está encadenada por los hierros del bloque. El que las relaciones interinstitucionales dentro de la OTAN se hagan menos firmes, sumado a la crisis profunda dentro de la UE, hace que los países que posean unas ambiciones económicas o políticas, busquen fuerzas las posibilidades de satisfacer dichas ambiciones por sus propias, apenas prestando atención a la vieja disciplina político-militar.  Lo más probable es que este proceso continuará.

    La entrada en vigor del START marcó el fin del reinicio de relaciones entre Rusia y EEUU. Casi todos los objetivos planteados están alcanzados, las relaciones se desarrollan en un ambiente mucho más positivo que antes.

    Pero, una vez agotada la vieja agenda, se hizo claro que ya no hay lugar para seguir avanzando. Las dos cuestiones que, como se esperaba, habrían podido contribuir al desarrollo exitoso, la entrada de Rusia en la Organización Mundial de Comercia (OMC) y el progreso en el tema del escudo antimisiles, quedaron pendientes y no tendrán respuestas hasta la formación de una nueva configuración del poder tanto en Moscú como en Washington en 2012.

    La discusión sobre el escudo antimisiles que duró seis meses y culminó con descartar la OTAN las propuestas rusas no fue inútil ni un fracaso, como suelen calificarla. Sería ingenuo esperar que dos partes que desconfían tanto una en otra, alcanzaran un consenso en un tema tan delicado como la seguridad estratégica en un lapso de tiempo tan reducido.

    Sin, embargo el propio hecho de tener una discusión al respecto, que no se limitó con unas tesis de propaganda, sino también contuvo unos argumentos objetivos a favor y en contra y fue acompañada por el análisis tecnológico, es algo muy importante. Las partes, seguramente, volverán al tema del escudo antimisiles y el trabajo realizado les ahorrará el tiempo y los esfuerzos. 

    Los últimos acontecimientos en Bielorrusia han cambiado definitivamente el carácter de las relaciones entre Rusia y Bielorrusia. Ya no se trata ni de una alianza, ni de fraternidad entre los pueblos.

    Rusia dicta sus condiciones aprovechando la dura situación económica de Bielorrusia. A Minsk le presionan para que venda los activos clave, y parece que Lukashenko no tendrá otro remedio. Y si decide entregar a Rusia la propiedad del estado más atractiva, acabará con la soberanía real de Bielorrusia.

    La prórroga de permanencia de la base militar rusa en Armenia hasta el año 2044 confirmó otra vez el balance de fuerzas en la región, pero también atrajo atención a la acumulación de intereses y colisiones existente en el Cáucaso del Sur: los fracasados intentos de Moscú de hacer avanzar el conflicto de Alto Karabaj, la vaga situación política en Abjasia y Osetia del Sur, las provocaciones por parte de Tbilisi dirigidas al Cáucaso del Norte (como el reconocimiento por el Parlamento georgiano del genocidio de los circasianos en el Imperio Ruso), así como la política exterior de Turquía que se hace cada vez más intensa, son trozos de un mosaico muy complicado.

    En fin, la inauguración de la central nuclear de Bushehr en Irán constituyó un salto en las relaciones estancadas entre Rusia e Irán.  Las posiciones regionales de Teherán se mantienen fuertes, y el hecho de que la política de Moscú relacionada a Irán se considere por todo el mundo como determinada por las relaciones con EEUU, afecta el prestigio de Rusia en Asia. 

    En general, en el último año y medio en la política exterior de Rusia  no pasó nada de extraordinario. Si hubo algún progreso, fue condicionado por los acontecimientos del pasado, y las decisiones que a veces se podía caracterizar como incoherentes se explican por el deseo de minimizar los riesgos que entraña el ambiente agitado y poco predecible de hoy.

    Lo más probable es que esta tendencia se mantendrá a plazo corto, tanto más que la mayor parte de la energía política del país será dirigida a la preparación para las próximas elecciones.

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    * Fiodor Lukiánov, es director de la revista “Rusia en la política global”, una prestigiosa publicación rusa que difunde opiniones de expertos sobre la política exterior de Rusia y el desarrollo global. Es autor de comentarios sobre temas internacionales de actualidad y colabora con varios medios noticiosos de Estados Unidos, Europa y China. Es miembro del Consejo de Política Exterior y Defensa y del Consejo Presidencial de Derechos Humanos y Sociedad Civil de Rusia. Lukiánov se graduó en la Universidad Estatal de Moscú.

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