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    Los últimos brahmanes comunistas

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    Un poderoso régimen comunista acaba de ser consignado al basurero de la historia y casi nadie se dio cuenta. La frase que acaban de leer no sale de una novela de ciencia-ficción sobre viajes en el tiempo.

    Un poderoso régimen comunista acaba de ser consignado al basurero de la historia y casi nadie se dio cuenta. La frase que acaban de leer no sale de una novela de ciencia-ficción sobre viajes en el tiempo. Estoy hablando de Bengala Occidental, un estado de la India con una población del tamaño de dos Ucranias o nueve Hungrías.

    Después de 34 años de dominio continuo, el gobierno comunista electo más duradero del mundo fue derrotado en mayo por el Trinamool Congress Party, una escisión local del Partido del Congreso nacional dirigida por una combativa pasionaria populista, Mamata Banerjee.

    La sección bengalí del Partido Comunista de la India (Marxista) se había fortalecido en las luchas de los campesinos pobres o sin tierra, de los residentes de los tugurios y de los trabajadores industriales. Una vez en el poder, el CPI(M) promovió un programa de redistribución de tierras relativamente exitoso, lo que le valió un fuerte apoyo entre las masas rurales.

    Sin embargo, los comunistas bengalíes mostraron rápidamente sus límites. Mientras sus camaradas del estado sureño de Kerala lograban avances notables en salud y educación (apoyándose en tradiciones progresistas locales anteriores), el gobierno del CPI(M) en Kolkata tiene un balance muy pobre en materia de desarrollo social y económico. Entre los Estados de la Unión India, la renta per capita de Bengala pasó del sexto al undécimo lugar entre 1981 y 2008.

    Preñado de dogmas marxistas-leninistas, el CPI(M) capturó las instituciones, controlando la administración y alimentando un elefante burocrático de estilo soviético. Para enseñar en una escuela o practicar en un hospital, había que ser afiliado al partido. En algunos casos hasta los taxistas y los conductores de rickshaw tenían que probar su lealtad.

    La policía también estaba bajo control del CPI(M), ayudando a veces en el manoseo de las elecciones locales. Una ortodoxia cultural asfixiante se impuso en sectores de la academia. Los anglófonos eran “enemigos de clase”, las computadoras eran malas por eliminar la labor humana, la música rock era una “contaminación cultural”.

    Hace unos años, los comunistas bengalíes adoptaron una política de industrialización de tipo chino y trataron de atraer la inversión privada en zonas económicas especiales. Como se podía prever, implementaron su nueva estrategia pro-capitalista con el mismo estilo autoritario, alienando su base rural con brutales e injustas expropiaciones de tierras agrícolas. En cuanto a los sectores medios de Kolkata, hace tiempo que estaban disgustados por la impericia de los comunistas frente al ocaso urbano.

    Curiosamente, los cuadros comunistas indios son a menudo refinados brahmanes cuya relación con las masas no es totalmente desprovista de paternalismo aristocrático. Pueden estar en teoría a favor de la lucha de clases, pero no están mucho en sintonía  con la nueva estirpe de política populista que prospera en varias regiones de la India, con partidos defensores de las castas bajas y líderes plebeyos emergentes ansiosos de negociar su rebanada de poder en un contexto de boom económico. Hasta un cierto punto, el éxito de Mamata Banerjee en Bengala también refleja esta tendencia.

    Estas nuevas fuerzas son a menudo muy corruptas y su ideología es más bien nebulosa, pero su atractivo de masa se basa en nuevas formas de política de la identidad que fortalecen la autoestima de sus seguidores, mientras su capacidad de controlar los gobiernos locales les permite redistribuir empleos burocráticos muy codiciados.

    Este tipo de política plebeya regionalizada, fragmentada y sin principios tiene un cierto efecto democratizador ya que erosiona el poder de las élites tradicionales de casta alta. Pero no es una solución por la magnitud de los problemas sociales que acosan la sociedad india. Y pese a toda la propaganda sobre la nueva India que “brilla”, el abismo de injusticia e desigualdad  que subsiste no será rellenado con centros de llamadas y empresas de software.

    La insensibilidad social de la nueva clase media emergente en India es a veces bastante impresionante. En los nuevos centros comerciales de lujo de Delhi, Mumbai o Bangalore, algunas librerías tienen los anaqueles llenos de las obras completas de Aynd Rand, autora estadounidense de best-sellers y diva de la corriente “libertariana” muy bien descrita por el periodista británico Johann Hari como “el pseudo-Nietzsche de los mini-malls”. Las cursilerías de Rand sobre la sublime legitimidad del egoísmo y la superioridad moral innata de los empresarios despiadados ofrece una muy conveniente modernización de la narrativa tradicional sobre la maldición kármica  de las castas bajas.

    Por supuesto, la India contemporánea se caracteriza también por el dinamismo de sus  movimientos sociales. Una nueva generación de “mahatmas” (grandes almas) se dedica a la defensa de los pobres y de los marginados. Mucho de estos valientes activistas, cabe señalarlo, son mujeres. Sin embargo, sus admirables esfuerzos no se ven siempre reflejados en el terreno de la política parlamentaria o de la administración pública. Por eso India necesita también una fuerte izquierda democrática.

    ¿Los comunistas indios serán capaces de reflexionar sobre su ocaso y deshacerse de su bagaje dogmático y de su arrogancia sectaria? Estará por verse. Si lograran adoptar un pluralismo ideológico reflexivo en lugar de la mezcla actual de pragmatismo burocrático y reflejos estalinistas, podrían acabar por converger con otras fuerzas progresistas para definir una agenda innovadora de justicia social y gobernanza democrática.

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    *Marc Saint-Upéry es periodista y analista político francés residente en Ecuador desde 1998. Escribe sobre filosofía política, relaciones internacionales y asuntos de desarrollo para varios medios de información en Francia y América Latina entre ellos, Le Monde Diplomatique y Nueva Sociedad. Es autor de la obra El Sueño de Bolívar: El Desafío de las izquierdas Sudamericanas.

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