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    Las cumbres entre Rusia y la Unión Europea cada vez deciden menos

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    Las cumbres Rusia-UE desde hace tiempo se transformaron en un acontecimiento de rutina y sin ningún interés, porque es muy poco lo que esas reuniones deciden para la vida práctica de los rusos y los habitantes de los países comunitarios.

    Las cumbres entre Rusia y la Unión Europa (UE) desde hace tiempo se transformaron en un acontecimiento de rutina y sin ningún interés, porque es muy poco lo que esas reuniones deciden para la vida práctica de los rusos y los habitantes de los países comunitarios, y es apenas simbólico su aporte en materia de política internacional.

    Si no hubiera sido por el embargo ruso impuesto a las hortalizas europeas, a consecuencia del brote de la bacteria E.coli en Alemania, en la recién concluida 27 edición de la cumbre Rusia-UE, en la ciudad de Nizhni Nóvgord, a orillas del Volga, las partes no hubieran tenido ningún tema nuevo que hablar, ya que el resto de los puntos de la agenda, fue el mismo establecido en reuniones anteriores.

    Al respecto de las hortalizas, y tras el anunció de introducción de nuevos certificados fitosanitarios pactados en Nizhni Nóvgorod, Moscú prometió autorizar las importaciones de ciertas hortalizas a ciertos países de la UE, pero mantuvo la prohibición a otros productos agrícolas producidos por exportadores europeos dudosos.   

    Es decir, la cumbre ofreció una solución parcial al problema a despecho de los europeos que son los grandes perdedores en este asunto.

    Sin demostrar la más mínima solidaridad, los rusos se limitaron a aceptar los vegetales que hasta ahora no han producido la enfermedad, seguros de que en el país no va a pasar nada grave si se tienen en cuenta que las hortalizas de marca europea apenas son el 10 % del total de verduras que Rusia compra a otros países.

    Como las cumbres  anteriores, la pasada reunión también propuso soluciones parciales a otros asuntos arrastrados desde hace años como la supresión de visados que tanto aspira Rusia.

    En esta ocasión, la solidaridad le quedó corta a la UE al informar a sus interlocutores rusos que por lo visto, la supresión de visados para Rusia se dilata un tiempo indeterminado ante la situación de inmigración provocada por las revoluciones en los países árabes.

    En Nizhni Nóvgord las partes anunciaron la puesta en marcha de mecanismos que permitirán la supresión gradual de visados para cierta categoría de ciudadanos, es decir, otra solución a medias, que ante la falta de plazos concretos, más pareció un anuncio de intenciones, que un paso concreto hacia la supresión de visados.

    Porque tiene mucho peso las recientes declaraciones del presidente de Francia, Nicolas Sarkozy, que al respecto de la supresión de visados con Rusia dijo que ese proceso tardará mínimo de 10 a 15 años, opinión que también comparte la cancillera alemana Angela Merkel.

    Es evidente que París y Berlín consideran que los rusos con deseos de gastar su dinero en la UE no desistirán de sus planes de viajar sólo porque tienen que ir a los  consulados. En cambio, muchos gobiernos europeos recelan de que la supresión de visados puede permitir la llegada de muchos elementos indeseables desde el territorio de Rusia.

    Por su puesto la cumbre incluyó asuntos internacionales, pero el formato integrado por apenas un jefe de estado (el presidente de Rusia) y dos funcionarios de alto rango de la UE (el presidente del Consejo de Europa y el presidente de la Comisión Europea) sólo permitió constatar la postura de cada una de las partes y nada más.

    Y en esto acabó la agenda de asuntos prácticos de la cumbre Rusia-UE en Nizhni Nóvgorod porque el resto de puntos son más bien proyectos de perspectiva cuya magnitud permite hacer declaraciones políticas, prácticamente sin ningún contenido concreto.

    Como por ejemplo, la participación de la UE en la modernización de la economía de Rusia, una ambiciosa propuesta formulada por el Kremlin destinada a potenciar  las inversiones, la innovación tecnológica, y la industria.

    Según expertos, al respecto del proyecto de modernización en la parte europea predomina la falta de interés, posiblemente resultado de la desconfianza, mientras que en la parte rusa hay mucha incertidumbre porque todavía no está claro si el proceso ya comenzó, comenzará o está en camino.

    Escépticos en Bruselas subrayan que un proyecto de crédito por un monto de 2.000 millones de euros que supuestamente preparan los europeos invertir en programas de modernización en Rusia, teniendo en cuenta los actuales precios del crudo,  equivalen al incremento de las reservas de divisas y oro rusas en unos cuentos meses.

    Es decir no corresponde a las dimensiones del proyecto que requiere inversiones por un monto mucho más alto, que al fin de cuentas deben ser propuestos por los rusos que tienen los recursos, no están en crisis, y  son los mayores interesados en modernizar el potencial de producción de su industria y de su economía en general.

    Aquí es donde comienza un antagonismo de conceptos, porque en Rusia, son muchos los que piesan que los que deben arriesgar son los europeos y que nadie debe imponer posturas a Rusia porque su calidad de país europeo y asiático le permite tener su propio modelo de desarrollo.

    En cambio, en Europa predomina el concepto en que Rusia es buena si acepta y copia sin objeciones los valores europeos porque en el caso contrario no vale la pena hacer negocios con un socio extraño.

    Según esos críticos, la UE renunció a sus aspiraciones de que se produzcan cambios en Rusia y esta dispuesta a tener relaciones con un país en las condiciones actuales, porque de Moscú no se puede esperar nada bueno o nada malo.

    Transcurridas 27 cumbres, Bruselas experimenta un cansancio hacia Rusia porque después de gastar determinados recursos diplomáticos, sostener negociaciones y apoyar iniciativas, durante los últimos años no ha habido prácticamente ningún resultado.

    En 2005, supuestamente las partes acordaron anular los pagos a las empresas de aviación europeas por sobrevolar la zona de Siberia y Extremo Oriente, y sin embargo los pagos continúan.

    Tampoco hay avances en la iniciativa sobre la creación del comité conjunto Rusia-UE para asuntos de política exterior y seguridad dedicado a analizar la situación en la región separatista de Transnistria, en Moldavia.

    Y las iniciativas sobe el dialogo Rusia-UE en materia energética, transporte y derechos humanos también se quedaron en el papel.

    En resumen, independientemente de las razones y quienes pueden ser los responsables, es muy poco lo que resuelven las cumbres entre Rusia y la UE, mientas que su realización causa mucha irritación en ambas partes.  

    Tal vez por estas razones, en vísperas del la cumbre, tanto en la prensa europea como rusa aparecieron comentarios sobre la necesidad de reducir ese tipo de encuentros de dos a uno.

    Teniendo en cuenta los recursos de los contribuyentes, los más radicales se manifestaron a favor de organizar las cumbres Rusia-UE en el formato de video conferencia o sencillamente mediante el intercambio de declaraciones escritas.

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