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    Dudas y certezas en la carrera presidencial peruana

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    De cinco candidatos compitiendo en la primera vuelta de las elecciones presidenciales a inicios de abril emergieron dos contendientes: el ex oficial nacionalista Ollanta Humala y la hija del antiguo presidente Alberto Fujimori, Keiko Fujimori.

    De cinco candidatos compitiendo en la primera vuelta de las elecciones presidenciales a inicios de abril emergieron dos contendientes: el ex oficial nacionalista Ollanta Humala y la hija del antiguo presidente Alberto Fujimori, Keiko Fujimori. El premio Nobel peruano Mario Vargas Llosa declaró inicialmente que votar en la segunda vuelta el 5 de junio “sería como elegir entre el cáncer terminal y el sida”. Pero después cambió de opinión.
    El famoso escritor y antiguo candidato presidencial confesó que pese a su desconfianza hacia la agenda izquierdista de Humala y a sus posibles tendencias autoritarias, a la final lo apoyaría. No podía resignarse a votar para Keiko: “Equivaldría a legitimar la peor dictadura que hemos padecido a lo largo de nuestra historia republicana.”

    Compitiendo como outsider, Alberto Fujimori derrotó a Vargas Llosa en la elección presidencial de 1990. En 1992, con el apoyo del ejército, disolvió el Congreso y las cortes, justificando su monopolización ilegal del poder por la necesidad de combatir la brutal insurgencia maoísta de Sendero Luminoso.

    Después de ser reelegido en 1995 con una mayoría sustancial, Fujimori fue deslegitimado por las violaciones de los derechos humanos y la prevaricación rampante que caracterizaron su reino. Huyó a Japón en 2000 después del escándalo de corrupción en el que estaba envuelto su maquiavélico jefe de inteligencia, Vladimiro Montesinos. Está actualmente cumpliendo 25 años de cárcel por varios crímenes cometidos durante su mandato. Muchos sospechan de que su hija lo indultará si es elegida, aunque ella lo desmiente.

    Por su lado, el pasado de Ollanta Humala pone nerviosos a muchos electores. Su padre Isaac es un antiguo militante comunista que bautizó a todos su hijos con nombres incas y  aboga por una mezcla inquietante de nacionalismo extremo, antiimperialismo, militarismo y fantasías raciales sazonadas con venenosa retórica antichilena y antisemítica. Declaró una vez que había que ejecutar a los “pitucos” (peruanos blancos de clase alta) y a los homosexuales.

    El hermano del candidato Antauro, ahora encarcelado por su responsabilidad en un levantamiento armado fracasado en la ciudad provinciana de Andahuaylas en el 2004, es el principal dirigente del movimiento político inspirado por las ideas del patriarca de la familia. Ollanta fue también adherente de esta extraña agrupación, pero hace muchos años que se distanció de los disparates de su parentela.

    Ya había competido en la elección presidencial de 2006, en la que su supuesta afinidad con el presidente venezolano Hugo Chávez probablemente le costó la victoria. Hoy asesorado por consultores brasileños, dice que su modelo es Lula Da Silva y que quiere conciliar crecimiento económico y justicia social. Perú tiene una de la economías que más rápido crece en la región, abultadas reservas internacionales y un nivel record de exportaciones. Sin embargo, esta bonanza  basada en los productos primarios no benefició a la mayoría de peruanos pobres, especialmente en la sierra andina.

    La verdad es que nadie sabe exactamente lo que Ollanta Humala hará una vez en el poder. Algunos creen que su supuesta ruptura con Antauro es una maquinación diabólica acordada entre ambos hermanos. Una vez elegido, Ollanta se quitará la máscara.

    En modo más realista, algunos analistas ven en Humala un político pragmático sin convicciones auténticas y que podría evolucionar como el antiguo presidente ecuatoriano Lucio Gutiérrez. Elegido en noviembre de 2002 con una agenda anti-neoliberal radical y aliado con varios partidos y movimientos de izquierda, este coronel rebelde se convirtió rápidamente en fiel defensor del consenso de Washington en la vecina república andina (acabó derrocado por una rebelión popular en 2005).

    Finalmente, otros contemplan con cierta ambivalencia los vínculos de Humala con Brasil: puede ser que fortalezcan sus credenciales democráticas, pero podrían también traducirse por un exceso de influencia económica por parte de un vecino muy poderoso que ve Perú como su puerto natural en el Pacífico.

    La mayoría indígena y mestiza marginada, especialmente fuera de Lima, dividirá su voto entre Keiko y Humala con clara ventaja para el último, que simboliza nuevas esperanzas y no está perjudicado por un balance controvertido en el poder.

    Entre las clases medias y la elite, los ultraconservadores asustados y los partidarios más ortodoxos de la economía de mercado optarán por Keiko. Los que ni perdonan ni olvidan el experimento dictatorial de Alberto Fujimori, así como los que anhelan algo de redistribución social –a sabiendas que ambos sectores coinciden parcialmente–, estarán probablemente de acuerdo con el politólogo de Harvard Steven Levitsky, profesor invitado en la Universidad Católica de Lima: “Se pueden tener dudas de Humala, pero de Keiko tenemos pruebas.”

    Si Humala gana en junio, como lo sugieren las encuestas, será gracias a una mayoría de electores que no confían en 100% en sus promesas de justicia social y gestión democrática. Después de todo, tener un electorado dispuesto a experimentar el cambio sin dar un cheque en blanco a quien lo promueve no es la peor cosa que le puede pasar a Perú.

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    *Marc Saint-Upéry es periodista y analista político francés residente en Ecuador desde 1998. Escribe sobre filosofía política, relaciones internacionales y asuntos de desarrollo para varios medios de información en Francia y América Latina entre ellos, Le Monde Diplomatique y Nueva Sociedad. Es autor de la obra El Sueño de Bolívar: El Desafío de las izquierdas Sudamericanas.




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