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    Las mujeres toman la palabra: El Culto a la Juventud

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    “Tienes arruguitas en la frente, ¿no quieres hacer nada con ellas?”, me preguntó una amiga mientras íbamos juntas de compras.

    “Tienes arruguitas en la frente, ¿no quieres hacer nada con ellas?”, me preguntó una amiga mientras íbamos juntas de compras. Lo dijo con toda tranquilidad como si se tratara de un nuevo vestido para la próxima fiesta. Me quedé ahí  estupefacta. De verdad, sé que tengo esas diminutas líneas (efecto de guiñar un poco los ojos al hablar, costumbre que he heredado de mi padre). Y a decir verdad, no pensaba “hacer nada con ellas”, por lo menos hasta ahora.

    Pero resulta que estoy atrasada en comparación con muchas amigas mías. Así, una conocida, de 27 años, de tez perfecta y cuerpo impecable, durante 1,5 años tiene un terapeuta que llega a su casa cinco veces a la semana para hacer masajes faciales antiedad, entre otros tratamientos rejuvenecedores.

    Otra mujer, que acaba de cumplir 30, hace poco pasó por una de las mejores clínicas de belleza de Moscú para someterse a un curso de lifting y mesoterapia (tratamiento que incluye microinyecciones de varias medicinas, vitaminas, minerales y aminoácidos en las capas superficiales de la piel). Afortunadamente, a la mitad del procedimiento, el terapeuta la mandó a casa al decir que era muy joven para eso. Otra chica, igualmente perfecta empezó a inyectar Botox en su carita de muñeca a los 28 años. 

    A propósito, todas estas muchachas no son esposas aburridas de magnates para las que el cuerpo es el mayor proyecto de inversión. Tienen oficio y trabajo. Son mujeres normales, posiblemente a excepción de que sean víctimas del alarmante culto a la juventud que está prosperando en nuestra sociedad.

    ¿Será la inseguridad, el instinto inconsciente para competir con la generación más joven o el simple deseo de estar a la última?  Tras el boom sin precedentes de la industria de belleza que se produjo en Rusia hace una década, nuestra cultura se orientó de forma increíble hacia las jóvenes.
    Basta mirar los comerciales televisivos, pancartas, anuncios en revistas y sobre todo las mismas cubiertas, con las fotos de celebridades meticulosamente corregidas en Photoshop que nos fascinan con sus imágenes convincentemente jóvenes.

    En uno de mis artículos escribí sobre la emergente tendencia denominada en el Occidente “madurez retrasada” tipo “a los cuarenta tengo treinta de nuevo, a los treinta, de nuevo veinte”, es decir, ciertos compañeros míos tienen el estilo de vida y el comportamiento como si fueran diez años más jovenes. Y respecto a las apariencias, parece que para ciertas mujeres ahora “los cuarenta años son de nuevo veinte”.

    Sea lo que sea, yo me siento bajo una increíble presión de actuar y aparentar joven. Al revisar los emergentes tratamientos antiedad y “productos para luchar contra el paso del tiempo” en las mejores revistas femeninas, me quedé perpleja. ¿Y si no sigo esos consejos y sigo mi rutina habitual de belleza? ¿Ni tampoco tomo medidas radicales en las que insisten las revistas femeninas y profesionales de la industria de belleza, acaso por demostrar mi verdadera edad me convierta en una afuerana incapaz de estar en forma?

    Hace poco una amiga mía pasó medio día en un salón de belleza preparándose para una fiesta con motivo de su cumpleaños. Salió de allí muy guapa pero con lágrimas en los ojos.

    “Mi cosmetólogo me reprobó de que todavía no haya empezado la terapia antiedad, y ¡estoy por cumplir tan sólo 31 años!”, se quejó. “¿De verás tengo que hacerlo?”

    Mientras yo trataba de consolar a mi amiga, me di cuenta de que la misma noción “terapia antiedad” me da susto. Los expertos de la industria de belleza declaran que cuanto antes nos ponemos a luchar contra la edad, más tarde empieza a perseguirnos. ¿Y no será que con la obsesión de ser eternamente joven rechazamos lo fundamental de esta vida: la continuidad y la transformación?

    Anastassiya Kharitonova, directora de la sección Salud y Belleza de la revista Marie Claire Rusia asintió con vehemencia. “El concepto de envejecer con gracia está por desaparecer de nuestra cultura”, comentó al agregar que muchas mujeres rusas, justo como sus demasiado vanidosas y/o inseguras hermanas del Sur de California, se hicieron adictas a los procedimientos agresivos de rejuvenecimiento tipo cirugía plástica, y no les detienen los precios ni los efectos secunadrios ni tampoco el dolor. Indicó que a lo mejor en una o dos generaciones aprenderemos a aceptar el envejecimeinto como un proceso natural.

    Pero yo personalmente siento un gran apoyo mirando a mi madre. A sus 68 años aparenta entre 45 y 50. Casi nunca usa maquillaje y todavía se lava la cara con jabón cada día. Cuando le digo que es algo del siglo XIX, ella me sonríe y sigue a lo suyo. Jamás se ha teñido el pelo, y hasta ahora tiene pocas canas en su cabellera color castaño caoba.

    Al igual que la mayoría de las mujeres de su edad, mi madre tenía una vida dura, pasó la infancia en el orfanato de Gulag más allá de los Urales. Frunce el ceño cuando le entrego estas cremas modernas antiedad cuyo precio supera en al menos tres veces su pensión. Y al preguntarla yo sobre el secreto de permanecer joven, suele encogerse de hombros y me responde con cierta indiferencia algo así como hay que “dormir suficiente, tener curiosidad por la vida y no envidiar a nadie”.

    Y creo que estos consejos pueden inspirar un cambio.

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    *Svetlana Kolchik es directora adjunta de la edición rusa de la revista Marie Claire. Se graduó de la Universidad Estatal de Moscú, facultad de Periodismo, y la Universidad de Columbia, Escuela de Estudios Avanzados de Periodismo, colaboró para el diario Argumenti I Fakti en Moscú y el USA Today en Washington, con RussiaProfile.org, ediciones rusas de Vogue, Forbes y otras.

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