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    Aniversario de un referendo sin perspectivas

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    20 años sin la Unión Soviética (51)
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    Hace veinte años, el 17 de marzo de 1991 en el territorio de la Unión Soviética tuvo lugar el primero y último referendo nacional, convocado por el primero y último presidente de la URSS, Mijaíl Gorbachov.

    Hace veinte años, el 17 de marzo de 1991 en el territorio de la Unión Soviética tuvo lugar el primero y último referendo nacional, convocado por el primero y último presidente de la URSS, Mijaíl Gorbachov. El referendo preguntó al pueblo si consideraba necesario la conservación o no de la URSS. Al menos eso pareció a primera vista.

    Motivo de discusión

    Durante años alrededor de ese referendo se han acumulado muchos mitos y leyendas y actualmente, la histórica consulta figura con frecuencia  y cada vez es más popular en los debates histórico-políticos sobre el reciente pasado de Rusia.
     
    Sus defensores, en su mayoria simpatizantes de ideologías de izquierda, insisten en que las autoridades al desmoronar la URSS, ignoraron la “vox pópuli” y en parte tienen razón, porque es un hecho que más de 70% de los ciudadanos soviéticos que participaron en la votación contestaron a la pregunta afirmativamente.
    Pero los retractores, entre los que predominan derechistas y liberales, consideran que muchos de esos ciudadanos ni siquiera comprendieron la pregunta, y que muchos otros votaron a favor para evitar inminentes convulsiones que ningún referendo pudo frenar. Y en esto, también tienen razón.

    A juicio de muchos, la pregunta planteada en el plebiscito de marzo de 1991 fue confusa e intrincada: “¿Considera necesario la conservación de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, como una federación renovada de repúblicas soberanas con derechos iguales, que garanticen los derechos y las libertades de las personas de todas las nacionalidades?"
    Realmente, no fue tan sencillo abrirse paso entre ese enredo de oraciones subordinadas, que además, se asemeja a las preguntas tipo: ¿considera que es mejor ser rico y gozar de buena salud?

    Es necesario recordar que las autoridades de seis repúblicas de la URSS se negaron a participar en el referendo. No sólo las repúblicas bálticas de Lituania, Letonia y Estonia que ya habían proclamado su independencia, o Georgia, donde el entonces líder político republicano Zviad Gamsajurdia había puesto en marcha una política claramente nacionalista, sino también repúblicas aparentemente leales a Moscú como Armenia y Moldavia.

    Es más, Estonia, Lituania, Letonia, Georgia y Armenia convocaron sus propios referendos en los que la aplastante mayoría de los participantes votó a favor de la independencia. Entretanto, Moldavia se dividió en dos: entre la población de las autoproclamadas repúblicas de Gagauzia y Transnistria que se  pronunció a favor de la conservación de la URSS, mientras que el resto de los moldavos boicoteó el plebiscito.
    En otras repúiblicas en el referendo participaron únicamente los militares del Ejército Soviético. Allí las fuerzas centrífugas alcanzaron tal intensidad que ya era inútil intentar detenerlas.

    Un híbrido incomprensible

    Para complicar las cosas, las autoridades de algunas repúblicas soviéticas, sin negarse formalmente a convocar el referendo, formularon la pregunta a su manera.
     Kazajstán, por ejemplo, preguntó a sus habitantes: “¿Considera necesario la conservación de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, como unión de repúblicas soberanas e iguales en derecho?”
     Y las autoridades de Ucrania recurrieron a una maniobra aún más ingeniosa. Junto con la pregunta “propuesta” por Moscú incluyeron en la papeleta su propia pregunta: “Está de acuerdo con que Ucrania debe formar parte de la Unión de Repúblicas Soviéticas soberanas en virtud de la Declaración de Soberanía de Ucrania?”

    En esas circunstancias, la situación llegó hasta el absurdo. La “federación”, que epresentaba  una sóla entidad estatal, fue sustituida por una confusa “Unión de Repúblicas soberanas”, una definición bastante imprecisa que permitió a los políticos interpretarla de cualquier modo.
     Si para Gorbachov y el gobierno central significaba la misma URSS con otro nombre, los líderes republicanos podían imaginar algo parecido a la Unión Europea donde el poder se delega desde abajo hacia arriba y no al contrario.

    En realidad la misma idea de esta “creación” tenía mucho de absurdo. Tras la aprobación por todas las repúblicas de las Declaraciones de Soberanía la hipotética Unión, aun llamada “Federación”, se convertió en un híbrido político impensable, parecido a unos gemelos siameses con numerosas cabezas. Era un proyecto de Estado Soberano conformado por muchos estados soberanos.

    Para el colmo, dentro de algunos de ellos, especialmente dentro del más grande, Rusia, empezaron a nacer y multiplicarse otros estados soberanos. Esto era inviable por definición. La “soberanía” es un sinónimo de “independencia”, ni más ni menos. No puede haber independencia superior e inferior. La existencia del “híbrido” resultó imposible, y en consecuencia, quedaron sólo dos opciones.
    O bien considerar la soberanía de todos estos “estados” de forma puramente formal, para complacer ciertas ambiciones, o entender las cosas al pie de la letra y prepararse para la desintegración.

    El ejemplo de esa primera opción fue la Unión Soviética hasta 1990. Las repúblicas soviéticas nunca tuvieron ninguna soberanía y la declaración de su derecho a “la autodeterminación y separación” en la Constitución de la URSS era absolutamente formal.
    Posteriormentre, tras la disolución de la URSS, tras dos guerras en Chechenia y cambios legislativos, el gobierno federal logró establecer este mismo modelo en la Federación de Rusia. Las Declaraciones de Soberanía de numerosas entidades autónomas rusas perdieron todo el sentido y sus líderes ya están dispuestos a renunciar al cargo del presidente.

    ¿Por qué se votó?

    Pero hace veinte años en el amplio territorio de la URSS se desarrollaban activamente varios procesos opuestos. Los líderes republicanos y su entorno sintieron el “olor del poder real” y ya no podían ni querían conformarse con una soberanía formal. Era justo tanto en el caso de los que abogaban por la separación definitiva, como de los que se abstenían por el momento de movimientos bruscos e iban fortaleciendo bajo cuerda la soberanía nacional.

    A esta segunta categoría pertenecían los dirigentes de Ucrania, repúblicas de Asia Central y Kazajstán. A diferencia de ellos las posiciones del líder de Azerbaiyán eran muy inestables: iba cediendo rápidamente el terreno ante el empuje del partido nacional democrático Frente Popular mientras otro pretendiente a la presidencia Heydar Aliyev ya se estaba preparando para el salto al poder, así que todos estaban demasiado ocupados para pensar en la URSS.

     Bielorrusia carecía de un gobernante real y ya entonces se veía obligada a seguir el curso de Rusia. Aquí, mientras tanto, Borís Yeltsin se iba acercando, incontenible, a la presidencia haciendo doble juego: por un lado, no se oponía a la Unión, por el otro, por todos medios socavaba los cimientos de la misma.

    Todos ellos estaban, en un principio, dispuestos a delegar parte de sus facultades al centro y a Gorbachov. Por lo menos así estaban las cosas hasta el fallido golpe de estado de 1991. Siguiendo la lógica del proceso podríamos suponer que con el paso de tiempo el presidente de la URSS se habría convertido en una figura simbólica y quién sabe cuánto tiempo se habría mantenido en el cargo maniobrando y reconciliando contradicciones.

     Pero al escenario salió la Banda de los ocho (nombre por el que se conoció al grupo de ocho conspiradores que organizaron el Intento de Golpe de Estado en la Unión Soviética contra Mijaíl Gorbachov entre el 18 y 20 de agosto de 1991) que con su torpe intento de “salvar la Unión” acabaron precipitando su desaparición.
    Todo esto pasaría más tarde, pero adelanto a conciencia los hechos para demostrar que el 17 de marzo de 1991 el pueblo no votó por la conservación de la antigua Unión Soviética sino por cierta federación renovada que en cualquier caso dejaría de existir en breve.

    Fue sintomático que aquel mismo día la aplastante mayoría de los ciudadanos de la Federación de Rusia, entonces la República Socialista Federativa Soviética de Rusia, se pronunció a favor del establecimiento del cargo de presidente de Rusia.
     Cualquiera que hubiera sido elegido para la presidencia habría entrado en conflicto con Gorbachov. No habrían podido coexistir dos presidentes en una misma capital. La bomba ya estaba puesta, y tarde o temprano tendría que explotar.

    LA OPINIÓN DEL AUTOR NO COINCIDE OBLIGATORIAMENTE CON LA DE RIA NOVOSTI

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