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    Plagio por Internet y la última tentación de Guttenberg

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    Opinión & Análisis
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    En Alemania la tentación de usar Internet supuso la perdición de otro destacado político más. El ministro de Defensa Karl Theodor zu Guttenberg se vio obligado a dimitir por acusaciones de plagio.

    En Alemania la tentación de usar Internet supuso la perdición de otro destacado político más. El ministro de Defensa Karl Theodor zu Guttenberg se vio obligado a dimitir por acusaciones de plagio.

    El estadista literalmente se enredó en la “red cibernética mundial” de una forma tan estrepitosa que no le quedó otra opción que salir. Y dimitió no sólo un ministro sino la estrella naciente de la Baviera conservadora, una pieza valiosa de  la coalición gobernante y miembro de Bundestag (parlamento) desde 2002 y, según los sondeos de hasta hace poco, uno de los políticos más populares del país.

    La canciller alemana, Angela Merkel, Frau Kanzlerin luchó hasta lo último por su más probable sucesor. Como si fuera un hijo. Pero hacia el mediodía del 1 de marzo el descendiente de una de las familia aristocráticas más antiguas de Alemania le puso sobre la mesa su solicitud de dimisión.

    Es difícil de imaginar un golpe más duro para Merkel. Ahora se quedó sin sucesor. Pero hay algo peor. En marzo empierzan elecciones en 8 estados federados alemanes que suelen poner de manifiesto cómo los ciudadanos evalúan al gobierno y su gestión: una prueba antes del gran examen. La coalición gobernante de centro-derecha  de la Unión Demócrata Cristiana (CDU) y la Unión Social Cristiana (CSU) ya estaba perdiendo apoyo y tras el escándalo alrededor de zu Guttenberg la alianza perderá más terreno.

    Algunos politólogos alemanes ya pronostican que, por culpa del barón, Merkel seguramente se deberá convocar comicios anticipados al Bundestag este año o el próximo. En circunstancias normales podría gobernar tranquilamente hasta 2013.

    Ahora alrededor de Merkel se ha formado un gran vacío político que hay que llenar rápido pero no hay con quién. Aun cuando se llene todo el mundo al ver al nuevo ministro recordará al barón plagiario.

    Si lo hace un ministro ¿estará permitido a todo el mundo?

    He aquí esa fea historia contada en pocas palabras. En 2006 Karl Theodor escribió la tesis doctoral en la Universidad baviera de Bayreuth sobre las fases de desarrollo constitucional en Estados Unidos y la Unión Europea.

     Un tal Andreas Fischer-Lescano, doctor de la Universidad de Bremen, la leyó y constató que está llena de citas sin fuentes, es decir, texto robado. Aproximadamente la mitad de las 475 páginas. El doctor lo dio a conocer a la opinión pública y a la prensa su opinión al respecto, y se armó la de Diós desembocando en el escándalo, el pasado mes de febrero.

    Zu Guttenberg se defendió como pudo. Alegó distracción, ocupación con asuntos políticos y familiares. Al final empezó a ceder. Primero renunció “voluntariamente” al título de doctor que precedía su nombre. Luego se lo retiró la misma Universidad. Eso tuvo una gran repercusión porque los periódicos de oposición se divertieron escribiendo el nombre completo del barón que, también sin el “Dr”, es largo como un tren: Karl-Theodor Maria Nikolaus Johann Jacob Philipp Franz Joseph Sylvester Freiherr von und zu Guttenberg. Para amigos era simplemente KT.

    En Baviera se conserva el palacio familiar de los Guttenberg que data aproximadamente del año 1310. Hubo en la familia emperadores, reyes, obispos, políticos, generales (por cierto, participantes en el complot y atentado contra Hitler en 1944) etc. La esposa de KT no es una frau cualquiera sino la descendiente de la célebre familia de los Bismark. Un auténtico “cóctel” de sangre azul.

    El último clavo en el doctorado del barón lo clavó la carta abierta firmada por 23 mil científicos alemanes con muchas preguntas desagradables para Merkel. ¿Cómo se puede tener en el gobierno a una presona que se apropia abierta e insolentemente de las ideas y la labor ajenas? ¿Cómo puede esta persona dirigir ministerio, ocupar y pretender a los máximos cargos del gobierno? ¿Si le está permitido tal robo que se puede pedir a los simples mortales? ¿Dónde están los principios éticos del Gabinete? ¿Y su moral? Y sus buenas costumbres? Merkel replicó tímidamente que “había contratado un ministro de Defensa, no un científico ni doctor en Derecho”, pero no sirvió de nada. Total, una historia fea. Al barón (la partícula “zu” precisamente indica que es “barón Guttenberg”) le dieron la espalda hasta los compañeros de la Unión Social Cristiana.

    Internet, universo de plagio

    El Guttenberg caído (los expertos dicen que volverá a subir dentro de un par de años) no es el primer estafador académico o universitario. Cada año aparecen en el mundo miles de ellos (si contáramos a los estudiantes serían millones).

    Y la pregunta que desde hace mucho preocupa a toda la comunidad académica, sobre todo la de las Humanidades y, más en concreto, la de Historia donde el fenómeno se da con más frecuencia, es muy simple: ¿Se puede hacer algo para que el Internet no propague el mal de copiar las ideas a escala universal? ¿Será posible?

    Con una herramienta de tal envergadura ya se ha convertido en un mal global. Todo el mundo comprende que la red no tiene la culpa, que es el usuario que debe cambiar. Pero ¿cómo resistir la tentación?

    El problema está en el usuario, en su mala educación, doble moral, malicia, falta de escrúpulos, facilidad para el engaño, ambición desmesurada, disposición a hacerlo todo para adelantar, escalar y ocupar un buen sitio. Reunidas todas estas cualidades tenemos, por cierto, el retrato del “político ideal” que lo tiene todo para triunfar.

    Antes no existía esta tentación satánica. Existían bibliotecas pero había que ir hasta ellas, investigar, trabajar. Ahora todo está al alcance de la mano. Y hay tantas almas débiles. A Zu Guttenberg, a propósito, en Alemania no le llaman sino “Zu Googleberg” o “barón corta y pega”  (cut-and-paste). 

    Algunas universidades ya redactaron “Códigos de Ética” especiales que advierten a los estudiantes (doctores, catedráticos y académicos) soble las graves consecuencias del plagio mediante Internet. Ya existen decenas de programas antiplagio que ayudan a detectar fuentes y volúmenes de texto copiado.

    Pero aquí tampoco va todo correcto. La Universidad de Texas de San Antonio (EE.UU.) a finales del año pasado colgó en su página web su Código de Ética antiplagio. Al cabo de un mes fue acusada de plagio por sus colegas de la Universidad Bringham Young de Uta: todo el Código, incluida la definición del concepto “plagio”, fue copiado del idéntico documento de la Universidad de Uta.

    Hay que señalar que casi todos los políticos pecan de este mal. El último caso resonante fue el del vicepresidente de EE.UU. Joe Biden. Uno de sus discursos electorales repetía exactamente el discurso del alcalde de Londres, Ken Livingstone, de hace 10 años. Cuando le pidieron explicaciones contestó simplemente que su destino era muy similar al de Ken.

    Se acusaron mútuamente de plagio el candidato a presidente Barak Obama y la candidata a presidente (la actual Secretaria de Estado) Hillary Clinton. George Bush en su último libro “Decision Points” pone ejemplos sacados de los libros del famosísimo  periodista Bob Woodward y el antiguo portavoz de la Casa Blanca Ari Fleischer haciéndolos pasar por sus propias observaciones.

    Y Leonid Brézhnev, dirigente de la Unión Soviética entre 1964 y 1982 “escribía” libros que fueron incluso premiados por el máximo galardón de la URSS aunque todo el país conocía los nombres de sus verdaderos autores.

    LA OPINIÓN DEL AUTOR NO COINCIDE OBLIGATORIAMENTE CON LA DE RIA NOVOSTI

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