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    Landsberguis: “fue un momento excepcional y el pueblo lituano estuvo dispuesto a todo”

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    20 años sin la Unión Soviética (51)
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    En enero de 1991, Vitautas Landsberguis era Presidente del Soviet Supremo de Lituania y afrontó la entrada de las tropas soviéticas en la república báltica por orden del gobierno central de la URSS para restablecer el orden soviético.

    Entrevista con Vitautas Landsberguis, uno de los líderes del movimiento independentista lituana y promotor de la proclamación del Acta de Independencia de Lituania en 1990.

    En enero de 1991, Vitautas Landsberguis era Presidente del Soviet Supremo de Lituania y afrontó la entrada de las tropas soviéticas en la república báltica por orden del gobierno central de la URSS para restablecer el orden soviético. En ocasión al 20º aniversario de aquellos acontecimientos históricos que se cumplen en 2011, Landsberguis concedió una entrevista a RIA Novosti.

    P: ¿Qué evaluación podría dar Usted a los acontecimientos de hace 20 años, cuando la gente se precipitó a las calles para defender la independencia de su país?

    R: Trascurridos 20 años simplemente me gustaría que el mayor número de personas supiera los hechos tal y como sucedieron. En aquellos acontecimientos participaron miembros del Partido Comunista de Lituania que, después de haber perdido influencia aquí, buscaban con su actitud servicial hacia Moscú volver a subir al trono en Vilnius. Empleo conscientemente la expresión de volver a subir al trono, pues se trataba de un régimen dictatorial. Para conseguir su objetivo necesitaban, posiblemente juntos con quienes estaban entonces en el Kremlin, subyugar a la joven democracia lituana. Fue por eso por lo que, ya antes del Año Nuevo, se estaban cerniendo las nubes sobre la República. Mijail Gorbachov le dijo al senador Kennedy: “No recurriremos a la fuerza en Lituania, a no ser que haya peligro para la vida de la gente”. Y de acuerdo con esta fórmula se podía perfectamente provocar dicho peligro y usar la fuerza, era muy fácil fabricar un motivo apropiado.

    Psicológicamente estábamos preparados para cualquier desarrollo de los acontecimientos, porque la Unión Soviética había interrumpido las negociaciones con la República de Lituania y había amenazado con nuevas sanciones económicas, aunque el embargo introducido para el período de entre abril y junio había sido levantado. Nos amenazaron con cortar por completo todos los suministros, lo que nos obligaría a matar todo el ganado a lo largo del invierno. Es decir, se optó por dejar de negociar con Lituania y se procedió a aplastarla. De acuerdo con los datos del archivo, hechos públicos posteriormente, en calidad de refuerzos para las unidades militares estacionadas en el territorio de la República y en la propia Vilnius se movilizaron tropas desde  la provincia rusa de Pskov, donde había una base que disponía de tanques y carros blindados y estaba estacionada una división de las tropas del Ministerio del Interior, que no tardó en asumir el mando de las unidades de misiones especiales de Vilnius. El 8 de enero llegó a la capital lituana más  tropas de misiones especiales. A Lituania acudió también el General Varennikov, encargado de dirigir la operación militar. El Kremlin contaba con aprovechar el descontento de la gente por la subida de los precios, sobre todo de los alimentos, cuyo precio se multiplicó por cuatro, complementado por unas vacías promesas de futuras indemnizaciones. Parecía una burla descarada por parte de nuestro Gobierno.

    P: Así que los precios subieron ya con el nuevo Gobierno?

    R: Efectivamente, aunque el Soviet Supremo en diciembre prohibió el ajuste de los precios, porque la población no podía contar todavía con las indemnizaciones. ¿Cómo podrían comprar, si no tenían dinero para hacerlo? En los comedores de las empresas, los precios se dispararon todavía más. Esta medida sirvió como un paso hacia la economía de mercado. Y como los ingresos provenientes de los impuestos no bastaban, hizo falta subir los precios. Y el Gobierno de Kazimira Pruskine optó por subir los precios el 4 de enero por la tarde -todavía no se han aclarado todos los detalles de aquella reunión del Ejecutivo- y, al día siguiente, empezaron los movimientos de las unidades militares. Todo parecía estar perfectamente calculado. El lunes 7 de enero en la prensa se anunció la subida de precios, lo que fue un verdadero golpe para la gente de a pie, así como para el Parlamento y los dirigentes del país. Convocamos una sesión del Presidium del Soviet Supremo y aprobamos un llamamiento al pueblo, prometiendo cambiar la situación.

    El mismo día mandé un telegrama a Mijail Gorbachiov, informándole de la gravedad de la situación y del peligro que entrañaba y avisándole mi disposición de acudir donde fuera necesario para evitar su agravación. Por supuesto, no obtuve ninguna respuesta. Y el 8 de enero el Parlamento fue asaltado por unos supuestos trabajadores rusoparlantes de las empresas de Vilnius, a los que, posiblemente, por no dominar el lituano les costó entender qué estaba pasando. Se les había instigado a luchar a brazo partido contra los nacionalistas que buscaban destruir el régimen soviético. En la muchedumbre que podría haber irrumpido en el edificio del Parlamento aquella mañana había muchos jóvenes más o menos de la misma edad, con cortes de pelo demasiado parecidos y con botas militares, aunque vestidos de paisano. Es probable que su objetivo fuera derrocar el Parlamento el mismo 8 de enero, pero fracasaron.

    A través de la televisión me dirigí al pueblo, llamándole a defender el poder legalmente elegido. Y la gente respondió: nuestros escasos guardias todavía estaban intentando impedir la entrada a los asaltantes, cuando empezaron a acudir personas con las banderas nacionales y, sin violencia alguna, tan solo con sus cuerpos desplazaron a aquella muchedumbre agresiva con militares de paisano de la entrada al Parlamento.

    Los lacayos del Partido Comunista y ciertas organizaciones convocaron para el 9 de enero un mitin enfrente de la sede del Soviet Supremo. Nosotros también llamamos a la gente a que acudiera a defender el edificio y di indicaciones a nuestros partidarios y a los adversarios de que no entraran en contacto físico. En aquel momento sólo estábamos redactando la Ley sobre la policía, sin embargo, parte de las fuerzas policiales ya se mostraba leal a la República y estaban montando guardia enfrente del Soviet Supremo para que, digamos, los participantes del mitin de los “patriotas soviéticos” no irrumpieran en el Parlamento.

    No obstante, la situación estaba empeorando: los militares se paseaban abiertamente por las calles y carreteras, demostrando que en realidad el poder les pertenecía a ellos. Se produjeron varios accidentes al ser aplastados algunos coches particulares; en la ciudad de Kaunas una mujer murió atropellada. Se procedió a ocupar las entidades oficiales, las sedes de los periódicos y tipografías, el Departamento de defensa que sólo se estaba creando y donde se estaban alistando los voluntarios. Estaban prestando juramento, porque ya era evidente que habría que defenderse.

    El día 12 de enero prometía ser más tranquilo, sin embargo, todo pasó por la noche: después de varias noches en vela me fui a casa para ducharme y luego volver. No tuve tiempo ni de meterme en la bañera, porque me llamaron y me dijeron que se estaban aproximando los tanques. Era cerca de la medianoche. Me volví a toda prisa y llamé a los diputados a que acudieran al Parlamento. Por supuesto, nos dirigimos a varios Gobiernos y Parlamentos del mundo, anunciando el uso de la fuerza e instituimos un Consejo para la Defensa. Tras lo cual no nos quedaba más que esperar.

    Empezamos a recibir noticias sobre la torre de la televisión, sobre las víctimas mortales, sobre disparos contra personas y no con salvas como se solía declarar. Se disparaba con municiones de combate. Hubo también muertos por los paquetes explosivos que se tiraban en la cara de la gente y personas atropelladas por los tanques. Entre éstos últimos estaba la joven Loreta Asanavichiute que llegó a ser un verdadero símbolo de la resistencia pacífica del pueblo lituano a la brutal máquina militar soviética.

    Estábamos esperando un ataque al Parlamento y todo parece indicar que había planes semejantes. Sin embargo, primero se estaba asaltando la torre de la televisión para poder anunciar desde allí el golpe de Estado, el retorno del poder soviético, el derrocamiento del “Gobierno malo”, etc. Pero allí se había aglomerado mucha gente y, en contra de todos los planes de los militares, no se la pudo dispersar ni a tiros. A veces se dice que se trató de una rebelión local, algo como que el comandante de una guarnición hizo algo a petición del Partido Comunista… Son habladurías. El plan fue preparado en Moscú y era una verdadera operación militar contra Lituania. Las fuerzas locales también estaban involucradas y le habían escrito a Gorbachov solicitando el uso de la fuerza. Como cuando en los acontecimientos de Checoslovaquia un grupo de personas le escribió a Brezhnev. Seguramente era una orden y la gente no pudo renunciar.

    El día 13 de enero fue seleccionado a propósito por ser domingo y no estar trabajando ni el Parlamento ni el Gobierno. Dos días antes se había tomado la decisión de emprender la operación “Tormenta del desierto”, que consistía en atacar a Irak tras su negativa a abandonar Kuwait después de haberlo invadido. Los países de Occidente insistían en no aceptar nunca la ocupación de Kuwait y le exigían a Saddam Husein que retirara de allí sus tropas, amenazando de lo contrario con recurrir al uso de la fuerza. ¿Y acaso alguien pensó en Lituania? Por supuesto, nadie dio la orden de que las tropas abandonaran nuestra República. El Kremlin lo tenía todo bien calculado: ni Occidente ni Estados Unidos deseaban provocar tensiones, a pesar de haber condenado el despliegue de las tropas.

    La situación se hizo insostenible, sobre todo, durante una o dos horas en las que no conseguía ponerme en contacto con nadie. Ni con Gorbachov, aunque la línea seguía conectada, no me pasaban con él, diciendo que estaba dormido y tomándome el pelo. ¡Cómo si el Comandante en Jefe pudiera estar dormido durante aquella operación! Posteriormente logré hablar con Yeltsin, quien llamó a Gorbachov y dijo sin tapujos: “Ponga fin a esa barbaridad”. Gorbachov no le hizo caso, porque seguiría creyendo hasta el golpe de Estado de agosto que lo tenía todo bajo control. Podría haber detenido la operación con una sola llamada telefónica y era lo que le estaba pidiendo yo. No la detuvo y, sin embargo, el Parlamento no fue atacado.
    Por la mañana, pude hablar con el Embajador de Lituania en Noruega, quien, además de con el Ministro de Asuntos Exteriores de Noruega, se puso en contacto con el Ministro de Asuntos Exteriores de Islandia, Jón Baldvin Hannibalsson, un buen amigo nuestro. Fueron ellos quienes informaron al Consejo de Seguridad de la ONU y a los organismos de la OTAN sobre lo que estaba ocurriendo en Vilnius. Resultó ser una medida eficiente y no se dio la orden de asaltar el Parlamento.

    Nos preparamos como pudimos para la defensa, armamos barricadas, los voluntarios estaban prestando juramento, juntando armas: rifles, palos y botellas con mezcla incendiaria para poder enfrentarse en caso de necesidad a los carros blindados. Por la sede del Parlamento fluía el olor a gasolina y, seguramente, era peligroso. Sin embargo, era un momento excepcional y la gente estaba dispuesta a jugarse el todo por el todo.

    P: Haciendo la evaluación de aquellos acontecimientos de hace 20 años, ¿habría obrado de una manera diferente, luchando por la independencia de su país?

    R: Bueno, parece que no nos quedaba otro remedio: seguimos el camino de la proclamación de la independencia y restablecimos relaciones con el resto del mundo, la URSS incluida. Recuperamos las relaciones existentes antes de que Lituania fuera ocupada tras el acuerdo entre Stalin y Hitler. Incluso nos dirigimos a Mijaíl Gorbachov, intentando persuadirle de que no debía seguir aprovechando el criminal acuerdo de Stalin y de que habría que arreglarlo todo de una manera civilizada. Le proponíamos ser amigos, comerciar y cooperar como lo hacíamos antes de la ocupación. Moscú, sin embargo, no aceptó estas negociaciones, optando por aplastarnos.

    P: ¿Por qué el Acta de la Independencia de Lituania fue proclamada en marzo de 1990 y los trágicos acontecimientos de los que estamos hablando ocurrieron en enero de 1991, es decir, casi unos diez meses después? ¿Había tomado la Unión Soviética alguna medida para retener a Lituania?

    R: El gobierno central aplicó de forma permanente una política de intimidación, se puso en marcha una amplia guerra psicológica, más bien un terror psicológico. Frente al Parlamento pasaban carros blindados rusos con los cañones de las ametralladoras al descubierto. Luego se impuso el bloqueo económico. Queríamos renunciar del sistema de suministros planificado existente, pasando a la imposición de las relaciones comerciales. Estábamos dispuestos a seguir produciendo tanto los productos alimenticios como el equipo técnico para las empresas soviéticas a cambio de que la URSS nos vendiera o lo intercambiara por lo que necesitábamos: petróleo o metales, por ejemplo. Pero los dirigentes soviéticos no estaban dispuestos a aceptarlo. Recuerdo que incluso después del ataque de enero se discutía la posibilidad de seguir enviando carne a Leningrado. Y decidimos enviarla, indicando en los vagones de los trenes que aquella carga estaba destinada al pueblo soviético y no a su Gobierno criminal. Queríamos que no se consiguiera estropear la imagen de Lituania a los ojos de la gente corriente.

    Por otra parte, no era posible estropear la imagen de Lituania, porque al día siguiente centenares de personas salieron a las calles de Moscú tras el llamamiento lanzado por Galina Starovoitova. La gente quería cambios y Lituania era un ejemplo de estos mismos cambios operados desde abajo, sin esperar favores por parte de los dirigentes.

    P: ¿Y por qué en Lituania no se celebró un referéndum sobre la independencia que podría haber sido un argumento más en las negociaciones con la URSS y los países occidentales?

    R: Con Occidente no teníamos ningún problema, ya que los países occidentales intentaban mantenerse al margen y lo único que nos aconsejaban era negociar. La URSS buscaba imponernos un referéndum siguiendo la Ley sobre la Separación de la URSS, que se había aprobado en abril, es decir se pretendía celebrar un plebiscito a posteriori.

    Y, en realidad, en Lituania ya se habían celebrado unas elecciones transparentes, en las cuales el Partido “Sayudis” había ganado con gran ventaja al Partido Comunista. En marzo, se había formado el nuevo Gobierno. Nuestro programa era muy claro, anunciábamos abiertamente nuestra disposición a independizarnos, fueran cuales fueran las consecuencias. Y la gente votaba a favor, era un voto de confianza al que teníamos que corresponder. En febrero, se celebró un referéndum sobre el primer Artículo de la nueva Constitución que no dejaba lugar a dudas: Lituania se proclamaba una República independiente y democrática. En el referéndum le preguntamos a la gente: sí o no y el 90% votó que sí.

    P: Inmediatamente después de aquellos acontecimientos en Vilnius, Boris Yeltsin y los representantes de los países Bálticos firmaron en Tallin un acuerdo sobre las bases de las relaciones interestatales. ¿Lo firmó Usted por parte lituana?

    R: El 13 de enero yo estaba en Vilnius, no podía viajar a Tallin por no saberse qué era lo que podía pasar. Nuestro representante firmó en mi nombre, se me mandaban los textos por fax y yo los remitía, expresando mi consentimiento.

    P: ¿Qué consiguió Lituania con la firma de este documento?

    R: Era muy importante el entendimiento expresado por muchos políticos demócratas rusos, incluidos Yeltsin, Starovóitova, Afanásiev, Sobchak, Jasbulátov, Búrbulis, Gaidar y otros. No les gustaba del todo nuestra independencia y eso se dejaba sentir, pero, sin embargo, se dedicaban a redactar documentos, encaminados a normalizar las relaciones bilaterales.

    P: ¿Qué le queda por hacer a Lituania para llegar a ser el Estado que a usted le gustaría, transcurridos 20  años desde aquellos acontecimientos?

    R: Queda mucho camino que recorrer en cuanto a la mentalidad de la gente y su actitud hacia el Estado. No es nada fácil, por lo visto: la gente está acostumbrada a percibir el Estado como algo que le es ajeno y, por lo tanto, algo de donde se puede robar, violar la ley y no habrá castigo alguno, por tratarse de una estructura de vino de un poder “invasor”. Y no les cabe en la cabeza que ahora es su Estado y que deberían comportarse con honestidad. Así que, el mayor problema es esta mentalidad post-soviética. Albergábamos la esperanza en que en unos 10 ó 20 años crecería una nueva generación que lo vería todo de otra forma, pero no ocurrió. Los jóvenes de 20 años de edad sí que tienen otras prioridades, pero todavía no están en el poder.

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