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    Rusia mira con recelo las revoluciones en el mundo árabe

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    La revolución consumada en Túnez, la que avanza en Egipto en estos días y la posibilidad de otras convulsiones en la zona de Oriente Próximo ha causado mucho recelo en Rusia, porque no tiene nada que hacer ante este fenómeno social nunca visto antes en esta parte del planeta.

    La revolución consumada en Túnez, la que avanza en Egipto en estos días  y la posibilidad de otras convulsiones en la zona de Oriente Próximo ha causado mucho recelo en Rusia, porque no tiene nada que hacer ante este fenómeno social nunca visto antes en esta parte del planeta. 

    Aunque tradicionalmente Moscú nunca ha tenido prisa en comentar los acontecimientos de trascendencia mundial, a la hora de pronunciarse sobre el derrocamiento del presidente tunecino la cancillería rusa mantuvo una prudencia especial, y todavía más escasos han sido sus comentarios ante la incertidumbre de lo que puede ocurrir en Egipto tras la salida de Hosni Mubarak.
     
     “Los egipcios deben decidir lo que deben hacer. Es evidente que la situación no debe quedarse estancada, es necesario el diálogo y este diálogo debe incluir todas las fuerzas  políticas influyentes de Egipto”, dijo el canciller ruso Serguei Lavrov en la Conferencia de Seguridad celebrada la semana pasada en  Munich.

    Otra cosa el canciller ruso no pudo decir, porque en el país de las pirámides, Moscú prácticamente no puede ejercer ninguna influencia en las partes enfrentadas.

    A pesar de las excelentes relaciones entre el Kremlin con Mubarak y su administración, es poco probable que los emisarios rusos puedan ser más convincentes que EEUU o la Unión Europea para obligar al octogenario presidente entregar el poder antes de que concluya su mandato como exige la oposición respaldada por centenares de miles de manifestantes.

    Moscú no puede ser interlocutor y mucho menos mediador de las fuerzas opositoras egipcias sobre todo con las de corte islamista porque además de la carencia absoluta de contactos, entre las autoridades rusas y esas organizaciones existe cierto tipo de hostilidad recíproca.

    Tras las dos guerras en Chechenia y la actual campaña antiterrorista en las repúblicas rusas en el norte del Cáucaso, el gobierno ruso representa un adversario para muchas organizaciones islamistas que simpatizan e incluso brindan ayuda financiera mediante donaciones a la guerrilla separatista que opera en el territorio ruso.

    Algunas organizaciones islamistas radicales en los países árabes, incluso enviaron mercenarios que además de entrenar guerrilleros, perpetraron atentados terroristas en el territorio ruso.

    Desde su formación, en tiempos de la guerra de la Unión Soviética en Afganistán, la mayoría de las organizaciones  islamistas radicales que ahora  buscan la revancha, además de EEUU,  considera a Rusia otro enemigo.

    Algunas de ellas tienen su sede en el territorio egipcio, así las autoridades rusas incluyeron en su lista de organizaciones terroristas a los Hermanos Musulmanes, Yihad Islámica, Grupo Islámico y Anatema y Exilio.

    El Servicio Federal de Seguridad (FSB) de Rusia comprobó vínculos de esas organizaciones con agrupaciones guerrilleras en las repúblicas rusas de Chechenia, Ingushetia, Daguestán, Kabardino-Balkaria, Tatarstán y Bashkortostán.

    En general las relaciones entre las autoridades rusas y las  organizaciones islamistas en los países árabes desde las moderadas hasta las de corte radical son nulas, tensas o hostiles  y la perspectiva de un diálogo se perfila muy complicado.

    Sobre todo en el momento de establecer relaciones interestatales en el supuesto de que líderes de esas organizaciones asuman la jefatura de estado, la presidencia  del gobierno, o la mayoría legislativa en los países árabes donde triunfen nuevas revoluciones como en Túnez  e incluso en Egipto.

    Según los expertos, la avalancha de revoluciones apenas comienza y amenaza con extenderse a Argelia, Marruecos, Yemen, Jordania.

    En la lista también figura Arabia Saudita a pesar del alto nivel de vida de su población, Sudán que apenas debe comenzar una nueva vida tras su división e incluso la pobre y olvidada Tayikistán, república vecina de Rusia y Afganistán.
     
    En el caso de que esos pronósticos se cumplan, el gobierno ruso deberá de poner a prueba toda su capacidad de maniobra diplomática para no quedar al margen de esos procesos  y desaparecer de la lista de los países influyentes.

    Aunque otros expertos son más optimistas y están seguros que Moscú recuperará los resortes de influencia en el mundo árabe a pesar del color que puedan tener las revoluciones que ocurran.

    Según esos expertos, las revoluciones en el mundo árabe desatarán una carrera armamentista promovida antes que todo por Israel, que intentará reforzar su potencial bélico como elemento de disuasión en el caso de que aparezcan vecinos “poco amistosos”.

    Y si el asunto se vuelca en la compra de armas, Moscú podrá estar tranquilo porque muchos países tendrán interés en restablecer relaciones normales para poder comprar armas rusas  buenas y baratas.

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