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    Fiodor Lukiánov

    El círculo vicioso de lucha antiterrorista

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    Opinión & Análisis
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    La política mundial de la última década giró en torno al concepto del “terrorismo internacional”, la lucha contra el cual fue anunciada por la Administración de George W. Bush, después del atentado de S-11, como la tarea política primordial a nivel mundial.

    La política mundial de la última década giró en torno al concepto del “terrorismo internacional”, la lucha contra el cual fue anunciada por la Administración de George W. Bush, después del atentado de S-11, como la tarea política primordial a nivel mundial.

    Esta lucha contra una amenaza nueva se construyó según el viejo modelo de lucha contra la desaparecida amenaza soviética, como una contienda entre el bien y el mal.

    Primero esta causa parecía tener éxito. La coalición “antiterrorista” forjada para derribar el régimen de los talibanes en Afganistán incluyó a casi medio mundo. Pero tras la expulsión de los talibanes de Kabul, la iniciativa dejó de avanzar.

    Porque entrañó contradicciones internas de base: partiendo del concepto del “terrorismo internacional”, la campaña debió ser global de verdad y basarse en acciones conjuntas.

    Pero no ocurrió así, porque más bien adquirió la forma de un método utilizado por EEUU para asegurar su dominio global.

    Es decir, hacer, de manera más o menos forzosa,  que otras potencias se sometieran a Washington. Y esto no le gustó a nadie.

    Además de provocar un rechazo, surgieron dudas de que existiera terrorismo internacional como un fenómeno común.

    Está claro que la época de globalización se caracteriza por una interdependencia sin precedentes.

    Y el que los kamikazes que son habituales para el Oriente Próximo aparezcan en el metro o aeropuerto de Moscú muestra que el extremismo se propaga adoptando formas arraigadas en otras partes del mundo.

    Pero los crímenes cometidos en las ciudades rusas de Moscú y Nalchik, por ejemplo, son organizados no por unos indeterminados “terroristas internacionales” contra los cuales llaman a luchar los líderes de diferentes países, sino por un grupo islamista clandestino del Cáucaso bien concreto.

    El terrorismo de hoy tiene en cada caso sus propias raíces locales pero al mismo tiempo es percibido como un fenómeno común y global. 
    En esencia, es un conjunto de fuerzas y movimientos la mayoría de los cuales son separatistas o nacionalistas.

    Cada uno de ellos, sea en Rusia, Indonesia, Sudán, Palestina, Afganistán, China, India, Turquía o Yemen, lucha contra un gobierno correspondiente y por autodeterminación o un cambio de régimen político-social.

    Incluso el S-11, a pesar de su carácter improcedente, fue una reacción de extremistas a la idea del liderazgo norteamericano propulsada por cada líder del país, terminada la guerra fría.

    EEUU es visto como el centro del imperio mundial que ejerce control, directa o indirectamente, sobre territorios considerables.

    En estas condiciones, la intención de la administración de George W. Bush de convertir la lucha contra terrorismo internacional en el eje de política mundial había sido condenada al fiasco desde el principio.

     Primero, es que este término generalizado carece de contenido preciso y concreto, su interpretación depende de la voluntad de los políticos.

    Es lógico que las autoridades de diferentes países lo aprovecharan para sus propios intereses. Basta con mencionar las medidas para ampliar los poderes de servicios especiales en EEUU o la decisión de cancelas las elecciones de gobernadores en Rusia bajo el falso pretexto de lucha contraterrorista.

    En segundo lugar, el carácter innatural de este concepto no permite que los esfuerzos para batirlo sean unidos. Cada uno de los estados, jurando ser fiel a la coalición antiterrorista, habla de lo suyo.

    No es de extrañar: la amenaza no es común, son muchas amenazas diferentes, aunque parecidas en motivos y métodos.

    Como resultado, la lucha contra el terrorismo internacional se convierte en palabras huecas o, aún peor, en una fuente de irritación mutua, porque es inevitable el doble rasero.

    En fin, no puede haber una fórmula que ayude a todos, porque se trata de eliminar raíces locales específicas para cada caso individual.

    Un ataque terrorista de gran escala es un desafío al estado, un intento de mostrar su ineptitud. La primera reacción siempre consiste en mostrar que no es verdad aplicando medidas represivas de gran escala también, de las cuales dispone el poder oficial de acuerdo con la ley.

    Mientras que se trataba de unas formaciones como la no reconocida República de Ichkeria a fines de los 1990 o Afganistán bajo el régimen de talibanes, el objeto de venganza estaba evidente. Pero, ¿contra quién aplicar estas medidas si el adversario es un fantasma desconocido, lo que le hace aún más peligroso?

    Las autoridades no saben la respuesta. La ilusión de regulación que surge cuando son aplicadas las medidas de fuerza, pronto queda disipada, porque está claro que esta guerra “irregular” no tiene fin.

    Y las medidas de venganza antiterrorista provocan el aumento de las filas del adversario.

    Para eliminar las causas que generan el terrorismo hace falta un trabajo largo y complejo que no puede garantizar el éxito.
    EEUU lo vio en Iraq y Afganistán, Rusia, en el Cáucaso. La situación de Washington es más fácil: en el peor de los casos, puede retirarse. Rusia no tiene adónde irse del Cáucaso, por eso tendrá que seguir buscando la fórmula correcta.

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    * Fiodor Lukiánov, es director de la revista “Rusia en la política global”, una prestigiosa publicación rusa que difunde opiniones de expertos sobre la política exterior de Rusia y el desarrollo global. Es autor de comentarios sobre temas internacionales de actualidad y colabora con varios medios noticiosos de Estados Unidos, Europa y China. Es miembro del Consejo de Política Exterior y Defensa y del Consejo Presidencial de Derechos Humanos y Sociedad Civil de Rusia. Lukiánov se graduó en la Universidad Estatal de Moscú.

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