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    El padre Bonilla es nieto de un piloto español comunista y párroco de una iglesia ortodoxa en una aldea de Rusia

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    El 19 de enero es el día de la Epifanía para los ortodoxos. En Rusia tradicionalmente se considera que en estas fechas caen las heladas más severas.

    El 19 de enero es el día de la Epifanía para los ortodoxos. En Rusia tradicionalmente se considera que en estas fechas caen las heladas más severas. Pero los pocos vecinos de una perdida aldea rusa pueden estar seguros de que el párroco con la abnegación  española en su sangre hará todo lo posible para calentar sus almas.

    El camino al templo

    Durante la Guerra Civil española el piloto Domingo Bonilla luchó al lado del bando republicano. Cuando el generalísimo Franco vino al poder, Domingo, junto con sus compañeros, tuvo que huir a Francia, y más tarde, a la Unión Soviética, que siempre admiró.

    En la Segunda Guerra Mundial prestó servicio militar como piloto, defendiendo las fronteras soviéticas. Terminada la guerra, trabajó en la fábrica de camiones ZIL, donde conoció a su futura esposa rusa. Con ella se compró, hace unos 40 años, una casa en la aldea rusa de Vyrets, a 250 km de la capital rusa, Moscú.

    Allí, de niño, solía veranear su nieto, Valentín. “Me gustaba jugar en la iglesia que se hallaba al lado de la casa y estaba abandonada entonces, era la Iglesia de la Virgen del Signo. Nunca me imaginé que al cabo de los años,  llegaría a ser su párroco”.

    Valentín Bonilla, de 39 años, descubrió la fe cristiana siendo ya adulto y después de concluir como su padre, la carrera de  ingeniero, fue  entonces, cuando decidió estudió a distancia en el Seminario Ortodoxo de Moscú.

    Hace 16 años, satisfaciendo su petición, el obispado ortodoxo de Tver le nombró párroco en la Iglesia de la Virgen del Signo, donde sirve desde entonces para los pocos habitantes de la aldea.

    “Si los días de fiestas grandes acuden a la iglesia unas 7 personas, ya estoy satisfecho. Lo importante es que el camino al templo no quede cubierto por la maleza”, - dice el padre Bonilla.

    Una aldea perdida en bosques

    Vyrets es una aldea antigua, cuya historia se remonta al año 1650, cuando fue construida allí una iglesia de madera. El templo de piedra, dedicado al icono de la Virgen del Signo, que atiende el padre Valentín, fue construido en 1825.

    En la época soviética, Vyrets era  una activa granja colectiva, el koljós. Ahora es una aldea casi abandonada, sin tiendas, cines, o bibliotecas. Sin absolutamente nada. Sus vecinos son: dos alcohólicos jubilados, una anciana solitaria y los Tsvetkov, una familia con muchos hijos.

    Es un lugar remoto, rodeado por kilómetros de bosques que carecen de senderos algunos. Sin embargo, cuando hace falta, el padre Bonilla los atraviesa para administrar los sacramento en las aldeas vecinas. 

    Los preparativos para la Festividad de la Epifanía

    El padre Bonilla se prepara para la celebración del Bautismo del Señor desde el amanecer.

    Primero sale a cortar leña para calentar la iglesia. Es el periodo de heladas severas, pero el padre quiere que los que vengan a la iglesia para la misa, si viene alguien, no pasen frío.

    Luego va a por agua para bendecirla. En fin, se dirige al río, donde prepara una abertura en el hielo para inmersiones, una imitación del Jordán llamada “iordan”. “Es posible que nadie quiera meterse allí, pero mi deber es prepararla y bendecir también”, dice el padre armado de un hacha y una sierra.

    No es el único caso cuando coge herramientas. El padre lleva años restaurando la iglesia. El techo ya está hecho, ahora se ocupa del suelo, ya podrido por completo. Así se dedica a mantener esta Casa de Dios y proteger lo que aún queda dentro.

    “El templo hay que protegerlo de los ladrones que intentan aprovecharse de que se encuentra en un lugar tan aislado y robar iconos antiguos y vasos sagrados. A veces se agrupan en pandillas. Todo lo más valioso, iconos y cálices de plata, ya lo robaron antes de que yo viniera aquí. Para evitarlo, ahora pongo rótulos  en cada uno de los iconos: “Carece de valor histórico”.

    Sustituyendo tenderos ambulantes

    Los vecinos de Vyrets, los Tsvetkov, tienen 7 hijos. El mayor tiene  17 años, y el menor acaba de cumplir uno. Mientras que la madre queda en casa con el bebé, los demás se van al colegio internado a la aldea vecina. Allí mismo viven hasta el fin de semana.

    El jefe de la familia, Mijaíl, tiene que pasar meses sin ver su familia, construyendo saunas rusas para las casas de campo.

    “Soy para ellos como un tendero ambulante. Les traigo de Moscú algo de lo que los parroquianos donan a las iglesias, alguna ropa, o medicinas que me pidan, - cuenta el padre Valentín. – A veces me piden que les preste un poco de dinero para comprarse pan”.

    Esta vez, el padre Bonilla trajo naranjas y mandarinas para los niños que se han engalanado por motivo de la fiesta y medicinas para la madre, Olga, quien parece cansada.

    “El padre Valentín es todo para nosotros. Si necesitamos bautizar al bebé o confesarnos, nos dirigimos a él. También nos ayuda a redactar solicitudes para los servicios sociales y luego las recoge para presentar a los organismos respectivos”, cuenta Olga al corresponsal de RIA Novosti.

    Añade que en invierno, que es una época más aburrida porque la tarde empieza temprano,  sus hijos gustan de visitar al padre Valentín, quien coge entonces su guitarra para tocar alguna melodía española para ellos. Sabe tocar la guitarra clásica española desde joven. Será un don que lo lleva en la sangre.

    El fuego de la esperanza

    Como es habitual, en vísperas de la Epifanía el padre celebró la liturgia en la Iglesia de la Virgen del Signo. Esta vez asistieron a ella sólo los Tsvetkov.

    Pero, ¿acaso tiene sentido esforzarse tanto para mantener aquí un templo si apenas tiene parroquianos?

    “El Señor lo ha guardado. Y por algo será, - dice el padre. – La gente siempre necesita tener un lugar adonde acudir con sus dolores y esperanzas. A veces me siento aquí como el responsable de un faro  de un puerto abandonado. Es posible que por aquí nunca pase ningún barco, pero es mi deber mantener el fuego encendido por si  algún día viene alguno”.

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