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    Fiodor Lukiánov

    Rusia y EEUU mantienen relaciones inertes durante un cuarto de siglo

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    Opinión & Análisis
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    Hace 25 años, el 19 de noviembre de 1985, el entonces secretario general del Comité Central del Partido Comunista de la Unión Soviética, Mijail Gorbachov, y el presidente de Estados Unidos, Ronald Reagan, sostuvieron su primera reunión en Ginebra.

    Hace 25 años, el 19 de noviembre de 1985, el entonces secretario general del Comité Central del Partido Comunista de la Unión Soviética, Mijail Gorbachov, y el presidente de Estados Unidos, Ronald Reagan, sostuvieron su primera reunión en Ginebra.

    Aunque estas negociaciones concluyeron sin resultados concretos, dieron un impulso a la reestructuración de la política exterior de la URSS que puso fin a la “guerra fría” y a la confrontación ideológica, particularmente, de la propia URSS.

    A pesar de los cambios a gran escala experimentados durante los últimos 25 años, la agenda concerniente a las relaciones entre Rusia y EEUU casi no ha cambiado. Pero parece que las partes tan sólo modificaron un poco sus posturas.
    A mediados de los 1980, la Unión Soviética poseía la superioridad en las fuerzas convencionales emplazadas en Europa, lo que preocupaba a Washington y la OTAN que intentaron compensar ese desequilibrio con armas nucleares.

    Ya antes de que Gorbachov ocupara el cargo de secretario general, Moscú, por su lado, presentó iniciativas en materia de reducción del arsenal nuclear que en la época de Gorbachov se convirtieron en una iniciativa para la eliminación total de las armas nucleares hacia 2000.

    Este tema fue abordado durante la segunda reunión entre Gorbachov y Reagan celebrada en Reikiavik en otoño de 1986, donde, supuestamente, las partes casi llegaron a un acuerdo que fracasó a último momento.

    Desde principios de la época de los años 80, la URSS experimentó una creciente ralentización económica. El gobierno soviético se vio obligado a limitar los gastos a través de un recorte de la costosa carrera de armamentos, entre otras cosas.

    El principal obstáculo en el marco de las negociaciones en Ginebra y en Reikiavik fue la Iniciativa de Defensa Estratégica estadounidense para la creación de un sistema universal de defensa antimisiles que, según Reagan, debería poner fin a la amenaza de una guerra nuclear.

    Pasados 25 años, el proyecto de la defensa antimisiles de EEUU, elaborado a base de la citada Iniciativa de Defensa Estratégica de Reagan, sigue siendo el tema central de todos los debates sobre las relaciones entre Rusia y EEUU.
    Las partes vuelven a discutir la reducción de las cargas nucleares y de los vectores, pero hoy por hoy, la situación es contraria.

    EEUU goza de la superioridad global en armas convencionales, por lo que está en la primera fila de los estados que se pronuncian por el mundo libre de la amenaza de armas nucleares.

    El actual presidente estadounidense, Barack Obama, respaldó la iniciativa de Gorbachov. Pero Moscú hoy por hoy, cuando las fuerzas convencionales rusas dejan mucho que desear, considera su potencial nuclear como garantía de la soberanía y el prestigio de poderío ruso en la arena internacional.

    Así las cosas, Rusia muestra poco entusiasmo respecto a las proclamaciones elocuentes del mundo libre de armas nucleares hechas por Washington y sólo las apoya formalmente.

    Debido a los graves problemas económicos con los que se ha enfrentado EEUU, la administración estadounidense se ve obligada a considerar posibilidades de recortar gastos militares y limitar la presencia de su contingente en el extranjero.

    Es probable que en vista de la necesidad de ahorrar recursos Washington vuelva a prestar más atención a las armas nucleares como el instrumento más eficaz en materia de disuasión y logro de objetivos políticos en las condiciones de reducción de los gastos.

    EEUU bien puede renunciar a la retórica antinuclear cuando Obama termine su mandato.

    Pasados 25 años, los problemas siguen siendo los mismos. Pero pero lo que ha cambiado es el quid de la cuestión. Las cumbres de Ginebra y Reikiavik celebradas a mediados de los 80 fueron el centro de atención para todo el mundo.

    Las relaciones entre las dos superpotencias, EEUU y la URSS; se conviertieron en el eje de la política internacional y determinaban las acciones de otros países. Además, en aquella época, el mundo, en esencia, estaba al borde de una catástrofe nuclear y cualesquier debate sobre una posible reducción de su amenaza servían de garantía de estabilidad para la comunidad internacional.

    Aunque Rusia y EEUU siguen siendo gigantes nucleares, sus maniobras con respecto al Tratado de reducción de las armas ofensivas estratégicas (START), el sistema de defensa antimisiles y problemas relacionados con la seguridad y estabilidad estratégica tan sólo representan un interés para varios expertos de un número limitado de países.

    Hoy en día, la amenaza de un hipotético conflicto nuclear entre las dos superpotencias parece imposible a la comunidad internacional que no presta mucha atención a las cifras que reflejan la reducción de los arsenales nucleares de Rusia y EEUU. Además, estos dos países cesaron de ser líderes mundiales. Y es lo más importante.

    El colapso de la URSS puso fin a las ambiciones del Kremlin de dominación global y también afectó los intereses de Washington.

    A principios de los 1990, el Occidente se mostró muy satisfecho con la posibilidad de recortar los gastos para contrarrestar al bloque soviético y destinar recursos a otros objetivos.

    Pero pasados unos 15 años, EEUU se quedó con una enorme deuda por haber inflado sus gastos militares hasta un nivel sin precedentes. Estos gastos fueron injustificados porque Washington no tenía más a un potente adversario comparable con la URSS. Por otro lado, debía continuar cumpliendo su misión de liderazgo global.

    La situación parece paradójica. Por un lado, la experiencia ha demostrado a EEUU que una potencia puede ser impotente. La potencia militar más fuerte en la historia (EEUU)  fue incapaz de obtener una victoria sobre uno de los países más atrasados (Afganistán).

    Por otro lado, hace varios meses, el jefe del Comité Unificado de los comandantes de los Estados Mayores de las Fuerzas Armadas de EEUU, Michael Mallen, reconoció abiertamente que no es Al Qaeda ni China que constituya la amenaza principal a la seguridad de EEUU, sino las dimensiones de la deuda pública.

    Es sorprendente que tales palabras hayan sido pronunciadas por un alto mando militar que debería insistir en lo contrario, en la necesidad de destinar más recursos para la defensa. Pero es muy sintomático.

    A pesar de todos los cambios radicales en la arena internacional, las relaciones entre Rusia y EEUU siguen siendo inertes y monótonas. En parte, son así porque están basadas en la disuasión nuclear a la que ambos países  no pueden renunciar mientras posean enormes arsenales. Tampoco pueden renunciar a sus arsenales para no correr un riesgo de perder el prestigio internacional y reducir el nivel de la seguridad.

    Se crea así un círculo vicioso, aunque el objetivo original que dio inicio a la carrera de armamentos ya no existe.
    La conciencia de las clases gobernantes es muy estable. Rusia sigue estando dispuesta psicológicamente a luchar contra la OTAN, aunque la propia Alianza esté desconcertada  y la escala de amenazas reales sufra cambios contínuos.

    En EEUU, cualquier intento de poner en duda la ideología tradicional provoca rechazo y protestas. Tras la victoria de los republicanos en las elecciones intermedias de EEUU se puede esperar una nueva oleada de retóricas sobre el liderazgo y supremacía moral de EEUU.

    Sin embargo, parece que este proceso se detendrá en breve. Ante las realidades del siglo XXI, aún los conservadores más  obedientes se verán forzados a revisar las prioridades para reaccionar a los desafíos globales de actualidad.

    Es posible que en esta situación Rusia y EEUU puedan mirar las cosas desde otro punto de vista.

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    * Fiodor Lukiánov, es director de la revista “Rusia en la política global”, una prestigiosa publicación rusa que difunde opiniones de expertos sobre la política exterior de Rusia y el desarrollo global. Es autor de comentarios sobre temas internacionales de actualidad y colabora con varios medios noticiosos de Estados Unidos, Europa y China. Es miembro del Consejo de Política Exterior y Defensa y del Consejo Presidencial de Derechos Humanos y Sociedad Civil de Rusia. Lukiánov se graduó en la Universidad Estatal de Moscú.

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