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    En el origen de los misiles soviéticos. Una explosión en Baikonur

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    El 24 de octubre de 1960 se produce una fuerte explosión en la plataforma de lanzamiento de un polígono de pruebas situado en Kazajstán.

    El 24 de octubre de 1960 se produce una fuerte explosión en la plataforma de lanzamiento de un polígono de pruebas situado en Kazajstán.

    Este lugar, posteriormente, sería conocido mundialmente como Baikonur, el cosmódromo de la URSS.

    Una catástrofe de enormes dimensiones que se cobró la vida de 126 personas, incluido el Comandante de las Tropas de Misiles Estratégicas, el Mariscal Mitrofán Nedelin.

    El momento de la avería dejó un testimonio visual con un video grabado y muchas  fotografías que producen una gran estupefacción y ejercen un enorme magnetismo que atrae al espectador a revivirlo una y otra vez.

    Ese tipo de eventos son muy impactantes y, a la vez, dolorosos. Uno enmudece al ver extenderse las llamas por la superficie del dirigible alemán Hindenburg, al ser testigo de la horrorosa catástrofe en la central electronuclear de Chernóbil o de la siniestra columna de humo que emitía el buque japonés Yamato a punto de irse a pique. Y pocas cosas fueron tan demoledoras como la inesperada destrucción en el transbordador espacial Challenger unos segundos tras el lanzamiento.

    La tragedia del 24 de octubre de 1960 también evoca recuerdos. Un video de mala calidad grabado mediante una cámara instalada en la plataforma de lanzamiento registró fríamente como una ola de combustible inflamado de un cohete obligó a huir a la gente. Con cada visionado, se tiene la esperanza vana de que esta vez sí, esta vez las víctimas lograrán escapar a la muerte.

    Ya en 1960, la URSS se había convertido en líder en la carrera de los misiles. El primer misil balístico intercontinental, el R-7, diseñado por Serguei Koroliov, fue probado con éxito en 1957. En 1961 llevaría al espacio al primer ser humano, el cosmonauta soviético Yuri Gagarin.

    Sin embargo, el cohete R-7 era poco adecuado para ser empleado con fines militares. Por eso el Ministerio de Defensa de la URSS ordenó diseñar un nuevo misil para estos menesteres.

    El célebre diseñador soviético Mijail Yánguel, proyectista de los misiles de alcance medio, R-12 y R-14 (famosos por la crisis de los misiles en Cuba), propuso fabricar el R-16 para estos fines.

    En juego entró la tradicional competencia entre los diseñadores, lo que agravó la situación. Era una decisión importante, era cuestión de dinero y prestigio para todas las empresas en liza el poder incorporar el primer misil balístico intercontinental en los arsenales del Ejército.

    El “Pool” final estuvo entre el R-16 de Yánguel, que utilizaba para la fabricación del  combustible un compuesto tóxico (1,1-dimetilhidrazina), y el R-9 de Serguei Koroliov de propelente tradicional a base de oxígeno y queroseno, que requería de equipos criogénicos.

    Finalmente, la elección cayó sobre el R-16, pero había prisa por tener el prototipo y los arsenales listos, por lo cual el misil fue construido apresuradamente. Ya instalado en la rampa de lanzamiento, a todo el mundo le resultó evidente que el aparato no estaba listo para volar.

    Se habían registrado fallos en la mayoría de los sistemas del aparato, incluidos los equipos de mando y el sistema eléctrico. Además, hubo una filtración en los tanques de combustible. Los contenedores de las sustancias neutralizadoras de los elementos tóxicos se colocaron debajo del misil.

    Si se hubieran observado las normas durante la preparación del misil para las pruebas, no habría habido ningún lanzamiento el 24 de octubre, escribió en sus memorias uno de célebres constructores soviéticos, Boris Chertok.

    Pero el Mariscal Mitrofán Nedelin quería anticiparse al 7 de noviembre, al aniversario de turno de la Revolución bolchevique de 1917, y Yánguel, que naturalmente estaba al corriente de todos los problemas, no se atrevió a contradecirle.

    Los problemas serios surgieron ya el 23 de octubre, la víspera de la tragedia. Durante el programa de pruebas, se produjeron una serie de fallos en el sistema de mando. El proyectista debía haber cesado inmediatamente la preparación para el lanzamiento, vaciar los 130 litros de combustible peligroso y hacer un chequeo profundo del aparato para localizar los fallos.

    Pero el completo vaciado de combustible postergaría el lanzamiento, lo que era  inadmisible. Había que continuar con el plan previsto a toda costa.

    El 24 de octubre, los trabajos de reparación en el cohete lleno de combustible continuaron. Todos los altos cargos, el diseñador Yánguel, el Mariscal Nedelin, el diseñador del sistema de mando del cohete, Konopliov, el viceministro de la industria de construcción de maquinaria, Grishin, entre otros se encontraban en la plataforma de hormigón, al pie de la rampa de lanzamiento, supervisando el proceso.

    A las 18.45 hora local, el sistema de mando ordenó erróneamente la ignición de la segunda etapa del misil. Se produjo una explosión. Reventaron los tanques de la primera etapa, y el combustible con el oxidante se vertieron hacia abajo. El combustible con los componentes en punto de ebullición, los compuestos tóxicos de ácido nítrico y el propelente UDMH resultaron una mezcla altamente inflamable, diabólica. Una gran bola de fuego cubrió la plataforma de lanzamiento con el misil destrozado y todas las personas que estaban allí.

    El “aparato 8К64” mató sin despegar de la plataforma a más personas que diez misiles Fau-2, utilizados por el ejército alemán en sus continuos bombardeos sobre  Londres durante la Segunda Guerra Mundial, escribía Boris Chertok.

    Incluso hoy, todavía no se ha podido determinar el número exacto de muertos de aquel día. En el momento de la explosión, en la plataforma de lanzamiento había más de 200 personas. Según datos oficiales, murieron 78. Chertok insiste en 126 muertos, cifra más ajustada a la realidad, tras un detallado estudio de las pruebas.

    Nadie de los presentes entonces logró salir con vida. Según varias fuentes, lo único que se quedó del mariscal Nedelin fue su Estrella de Oro de Héroe de la Unión Soviética, fundida…

    Paradójicamente, Yánguel, el diseñador del engendro, milagrosamente sobrevivió a la explosión. Unos segundos antes había salido a echar un pitillo con sus dos asistentes, que también habían intentado persuadirle para detener los preparativos…

    “¿Cómo es que todos murieron excepto tú?”, inquirió el entonces líder soviético, Nikita Jruschov. Yánguel asumió toda la culpa por la explosión, pero nunca se atrevió a pedir perdón por no haber quedado reducido a cenizas junto con su cohete.

    El jefe de la Comisión gubernamental de investigación de la catástrofe, Leonid Brézhnev, dijo que no iban a buscar a culpables, porque se consideraba que la muerte ya los había castigado: al Mariscal Nedelin, por apresurar el lanzamiento y al ingeniero Konopliov, por sus errores en el diseño y el ajuste del sistema eléctrico.

    Moscú ordenó mantener en secreto toda la información sobre la catástrofe. Pasados cuatro días, se anunció que Nedelin había perecido en accidente aéreo. Los parientes de los otros muertos fueron informados de que se había producido una explosión de un depósito de gasolina.
    Yánguel estaba destrozado por no haber tenido las agallas de parar las operaciones. Según sus colegas, no pudo volver al trabajo durante un mes, y aún hay testimonios de que sufrió un infarto de miocardio.

    El programa de desarrollo del R-16 continuó debido a su alta prioridad. En 1961, se produjo el primer lanzamiento exitoso, y a finales de ese mismo año, el ingenio se incorporaba a los arsenales de las Tropas de Misiles Estratégicos.

    El R-16, posteriormente, también sirvió como prototipo para el desarrollo de la nueva generación de misiles balísticos intercontinentales de la URSS.

    Tras la tragedia en el polígono de pruebas se revisaron las normas de seguridad durante los ensayos y se hicieron más rígidas las normas de control y la reparación de defectos.

    A pesar de todo ello, exactamente tres años después, el 22 de octubre de 1963, un escape accidental de oxígeno provocaría la explosión del misil R-9 en uno de los silos del cosmódromo Baikonur y causaría la muerte de ocho personas.

    Yánguel murió como consecuencia de un quinto infarto en 1971. Pasado un año y medio, un nuevo misil pesado despegaba desde su silo: era el último aparato de Yánguel, el misil balístico intercontinental más potente, el R-36М o Satanás, según la nomenclatura de la OTAN.

    Pero esa ya es otra historia, que echa raíces en aquella ola ardiente de combustible que, aparentemente, consumía para siempre la vida de Mijaíl Yánguel junto con su obra, el misil R-16.

    LA OPINIÓN DEL AUTOR NO COINCIDIRÁ OBLIGATORIAMENTE CON LA DE RIA NOVOSTI

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