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    El espectáculo de la pobreza

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    El turismo es la mayor industria de servicios en el mundo y la que tiene una de las tasas de crecimiento más elevadas. Entre las nuevas tendencias de este mercado, puede que la más controvertida sea el llamado turismo “pobrista”.

    El turismo es la mayor industria de servicios en el mundo y la que tiene una de las tasas de crecimiento más elevadas. Entre las nuevas tendencias de este mercado, puede que la más controvertida sea el llamado turismo “pobrista”, es decir las visitas organizadas a las favelas brasileñas, a los “townships” sudafricanos o a los tugurios de la India.

    En la era victoriana, los anglo-sajones acuñaron la palabra “slumming” (de “slum”, tugurio) – que aparece por primera vez en el diccionario de Oxford en 1884– para describir un tipo de actividad que mezclaba filantropía, paranoia social y arrebatos de voyeurismo. Respetables miembros de la clase media londinense visitaban barrios de mala muerte como Whitechapel o Shoreditch, mientras los ricos de Nueva York exploraban el Bowery y el Lower East Side para ver “cómo vive la otra mitad.” Sin embargo, a la vuelta del siglo, esta práctica había empezado a declinar. Qué significa su actual reaparición?

    Para sus defensores, el turismo “pobrista” promueve la compasión y la conciencia social, además de contribuir a las economías locales. Sus censores lo acusan de transformar la miseria en diversión obscena y de tratar los habitantes de los tugurios como animales de zoológico. Según un activista keniano, “el slum tourism es una calle de sentido único: ellos toman fotos, nosotros perdemos un poco de nuestra dignidad.”

    La mayoría de las empresas que practican este tipo de turismo son muy concientes de estos reproches. No sólo desarrollaron alegatos  en su defensa, sino que muchas prohíben la toma de fotografías. Es el caso de Reality Tours & Travel, un agencia de Mumbai cuyos operadores venden excursiones de tres horas en Dharavi, el más grande asentamiento urbano informal de Asia. Inspirado por iniciativas similares en Brasil, su fundador, el británico Christopher Wray, explica que “se trata de disipar el mito de que sus habitantes son holgazanes o criminales.” Dharavi es “un lugar donde la gente trabaja duro y lucha honestamente para su subsistencia.” Además de sacar a luz “el lado positivo de los tugurios”, los dueños de Reality Tours usan parte de sus beneficios para financiar obras humanitarias.

    ¿Pero qué piensan de todo esto los habitantes de los tugurios? Basta preguntarles, se dijo la socióloga brasileña Bianca Freire-Medeiros, autora de una investigación sobre Rocinha, la favela más extensa y más visitada de Rio de Janeiro. Al contrario de una mayoría de brasileños de clase media, que aborrecen la idea (casi todos los turistas interesados son europeos y norteamericanos), el 83% de los moradores de Rocinha ven el turismo en su comunidad como una tendencia positiva. Sin embargo, en las entrevistas individuales tienden a matizar su aprobación y exhiben opiniones muy variadas, así como un cierto nivel de ambivalencia. Los turistas son bienvenidos, pero… no deberían asomarse en nuestras ventanas; no deberían fotografiar los montones de basura; no deberían visitar las calles más feas; sí deberían visitar las calles más feas; quisiéramos saber lo que dicen de nosotros, etc.

    Como lo observa Freire-Medeiros, hay una coincidencia entre el surgimiento del turismo de tugurios y la popularidad internacional de películas como Ciudad de Dios (2002), que retrata una favela de Rio de Janeiro, y Slumdog Millionaire (2008), cuyo joven héroe es un habitante de Dharavi. Al inicio, el estreno de Slumdog en la India fue muy controvertido. Varios activistas y organizaciones de moradores alegaron que la película fortalecía los estereotipos occidentales sobre la pobreza en el subcontinente y que su título era ofensivo y degradante.

    De hecho, Slumdog no fue un gran éxito de taquilla en la India, pero hubo mucho entusiasmo entre los críticos profesionales, que hablaron de “una obra maestra dirigida con un nivel de empatía sorprendente” y de “un peliculón divertido y con un gran corazón.” Los ocho Oscares conquistados en los Academy Awards casi barrieron con los recelos, y el Times of India alabó “la madre de todos los reconocimientos internacionales”: “India nunca brilló tanto como hoy, gracias Slumdog Millionaire.”

    Tampoco les disgustó a todos los moradores de tugurios. El dueño de una pequeña imprenta de Dharavi dijo al semanario Time: “Me gustó la idea de que aun sin educación, como el héroe de la película, uno puede tener éxito gracias a sus esfuerzos y su sentido común.” “Lo que enseña la película es la realidad,” añadió un chofer de Nueva Delhi. “Si el escenario es un tugurio, es normal que haya basura. Son los que ganan mucho dinero que se quejan de que la película muestre el lado oscuro de la India. Los excluidos la aman porque se identifican con el héroe.”

    Empatía con oscuros héroes a lo Dickens y su lucha cotidiana; humanización de los pobres por medio de la exhibición de su racionalidad y de su dura labor; culto de “lo real”… Sin sorpresa, estos son los mismos argumentos avanzados por los defensores del turismo de tugurios y por algunos de sus beneficiarios locales. Es difícil saber si estas nobles motivaciones valen como crítica de un mundo de codicia y egoísmo, o si expresan en realidad una secreta complicidad con algunas de las obsesiones más comunes de nuestras sociedades: la cultura de la celebridad, el glamour del dinero fácil, la seducción del estilo de vida de lo súper ricos y la fascinación por los mundos virtuales de los nuevos medios electrónicos.

    Al final, parecería que la promoción de Rocinha, Dharavi o Soweto como marcas globales del estilo “favela chic” enredó en un extraño abrazo semántico dos líneas narrativas fundamentales de nuestra civilización. Por un lado, la promesa bíblica de que “los últimos serán los primeros”; y por otro, el dicho de Andy Warhol de que todos tendrán derecho a 15 minutos de fama.

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    *Marc Saint-Upéry es periodista y analista político francés residente en Ecuador desde 1998. Escribe sobre filosofía política, relaciones internacionales y asuntos de desarrollo para varios medios de información en Francia y América Latina entre ellos, Le Monde Diplomatique y Nueva Sociedad. Es autor de la obra El Sueño de Bolívar: El Desafío de las izquierdas Sudamericanas.

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