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    El milagro político de Nelson Mandela

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    El 18 de julio, día en el que Nelson Mandela cumplió 92 años, el mundo entero celebró por primera vez el Día Internacional que en adelante, por iniciativa de la Asamblea General de la ONU, llevará el nombre de este eminente político sudafricano, laureado con el Premio Nobel de la Paz, que dedicó su vida a la lucha contra el Apartheid.

    El 18 de julio, día en el que Nelson Mandela cumplió 92 años, el mundo entero celebró por primera vez el Día Internacional que en adelante, por iniciativa de la Asamblea General de la ONU, llevará el nombre de este eminente político sudafricano, laureado con el Premio Nobel de la Paz, que dedicó su vida a la lucha contra el Apartheid.

    Mandela se encuentra ya retirado y prefiere no aparecer en público: y sin duda alguna el derecho a descansar lo tiene bien merecido. No en vano le pertenece el mérito de haber conseguido obrar un verdadero milagro político al desmantelar con medios pacíficos uno de los regímenes más monstruosos y antinaturales del planeta. Y lo logró sin inestabilidad política: ni golpes de Estado ni guerra civil. Lo consiguió con unas simples elecciones parlamentarias.

    Sin duda alguna, no se debería negarle mérito al último Presidente blanco de la República Sudafricana, Frederik Willem de Klerk. No obstante, su autoridad entre los suyos eran incomparablemente menores que el prestigio del que gozaba Nelson Mandela entre la mayoría negra. Y Mandela hizo todo lo que estaba en su mano para evitar el "Apartheid negro", demostrando así una gran congruencia con su pensamiento político.

    La igualdad de oportunidades

    En el año 1964, en su discurso pronunciado desde el banquillo de los acusados, Mandela declaró: "Estoy en contra de la dominación blanca, al igual que estoy en contra de la dominación negra. He soñado con la idea de una democracia y una sociedad libre, en la cual las personas vivan juntas en armonía y con igualdad de oportunidades".

    Unos treinta años después, Mandela supo demostrar que sus palabras no discrepaban de sus actos. Desgraciadamente, en el transcurso de la transición a una sociedad con igualdad de oportunidades no se pudo evitar del todo el derramamiento de sangre. Hubo víctimas como consecuencia de los enfrentamientos entre los distintos grupos étnicos y tribus africanas, los funestos vestigios de la política "divide et impera", aplicada por los anteriores dirigentes del país.

     La República Sudafricana de hoy, la verdad sea dicha, dista de ser un país ideal: se vive la miseria y el paro masivo, el crimen organizado campea por sus respetos y hay un abismo separando a los ricos de los pobres. No obstante, el color de la piel ya no juega un papel determinante, pues todos sufren por igual.

    No se alcanzó prosperidad para todos, pero, por otra parte, no había ninguna precondición básica para ello. En los cinco años de su presidencia, de 1994 a 1999, Nelson Mandela consiguió casi lo imposible, es decir, la reconciliación de la nación sudafricana.

    Con Mandela, no se dieron bruscos cambios de timón ni se empezaron experimentos socialistas, aunque el Partido Comunista Sudafricano a lo largo de muchos años fuera parte del Congreso Nacional Africano (CNA), liderado por el primer Presidente negro de Sudáfrica.

     

    La lanza de la nación

    En un principio, Mandela nunca había simpatizado con las ideas revolucionarias ni radicales, prefiriendo la moderación y el consenso. De joven se dejó seducir por la idea de la oposición pacífica de Mahatma Gandhi, quien formuló y probó por primera vez este principio en Sudáfrica, donde vivió 20 años.

    No obstante, con el paso del tiempo, Mandela llegó a la conclusión de que la violencia era inevitable; más aún, fue el fundador y el primer líder del brazo armado del CNA, "Umkhonto wa Sizwe", que quería decir "La lanza de la nación".

    Dicha organización era catalogada como terrorista no sólo por las autoridades de Sudáfrica, sino por las norteamericanas, entre otras. Era de suponer que sus actividades no tenían nada que ver con el pacifismo y la no violencia; más bien al contrario, los crímenes de los militantes de "La lanza de la nación" no fueron pocos: asesinatos de  policías y explosiones de bombas en bares y comercios.

    Por otra parte, merece la pena recordar que estos crímenes se cometían, cuando Mandela ya estaba cumpliendo su condena. Sin llegar a condenarlos públicamente, apenas podría haber participado en sus preparativos y realización.

    Ni siquiera el tribunal sudafricano que le juzgó presentó contra Mandela acusaciones relacionadas con "La lanza de la nación." Se le acusó de sabotaje, delito del cual Mandela se declaró culpable, considerándolo como uno de los métodos de lucha contra el régimen.

     Al mismo tiempo, negó tajantemente haber preparado una invasión extranjera. Sus correligionarios habían recibido formación en el extranjero, (en la URSS, entre otros lugares), pero no se planeaba ninguna intervención armada (¿de quién, por otro lado?). El plan era valerse de sus propias fuerzas.

    El cambio del poder en la República Sudafricana se realizó de una forma sorprendentemente suave y paulatina. Y eso a pesar de que en el país existía un sistema político extremadamente severo, comparable con el del Tercer Reich. La diferencia consistía en que no se recurrió a los campos de concentración y las cámaras de gas y en vez de nacionalidades se hablaba de razas.

     

    El racismo de derecho

    La República Sudafricana no era un Estado totalitario. Era más bien una democracia limitada con un sistema multipartidista y un poder judicial relativamente independiente... pero sólo para los blancos.

    El Apartheid no se introducía por ningún medio jurídico excepcional, sino por "vía legal", es decir, por medio de las leyes votadas en el parlamento. Cuando a los negros y a los mestizos se les privó del derecho al voto, los diputados se las tuvieron que ingeniar para introducir enmiendas en la Constitución. A los representantes de la oposición y a los activistas de los partidos prohibidos no se les asesinaba a hurtadillas, sino que se les juzgaba en unos interminables procesos con asistencia de abogados. No obstante, ello no cambiaba la naturaleza del régimen.

    El Apartheid se considera un invento local: la misma palabra Apartheid proviene del lenguaje afrikáner, el de los antiguos colonizadores holandeses, y viene a significar simplemente "separación". En realidad, se puede decir que el sistema fue una herencia de la época colonial británica.

    Hoy en día ya parece ser una cuestión olvidada, pero en las décadas de formación y de existencia del Imperio Británico en las mentes y en los comportamientos de sus protagonistas cristalizó un auténtico nazismo imperial británico, aunque no estuviera formulado oficialmente como tal.

     Por así decirlo, no hubo un Hitler en esta historia, pero sí muchos candidatos a Goebbels y a Rosenberg, autores de un sinnúmero de tratados sobre las razas "superiores" e "inferiores". Sirva como ejemplo el libro de James Hunt titulado "El lugar del negro está en la naturaleza".

    No es posible citar aquí estos libros y repetir sus argumentos, no obstante, mucha gente, incluidos eminentes políticos británicos, compartían la idea de la supremacía de los blancos sobre los negros. Y, de hecho, el sistema del apartheid, aunque no se llegara a llamar así, existía en las colonias inglesas y no sólo en el continente africano.

    El Partido Nacionalista, que ganó las elecciones en Sudáfrica en 1948, lo único que hizo, fue llevar al extremo la práctica ya existente, perfeccionándola y fijándola en las normativas legales. La población fue segregada en 4 clases, cada una con los derechos escrupulosamente estipulados.

    Había servicios por separado para los blancos, los mestizos y los negros: autobuses, restaurantes, comercios, puentes peatonales, cines al aire libre, cementerios, parques, pasos subterráneos, zonas de descanso e incluso baños públicos.

    El contacto sexual entre un blanco y una representante de otra raza era considerado un crimen, pues el Parlamento había aprobado una Ley correspondiente. Más aun, un conductor blanco no tenía derecho de llevar en el asiento delantero a una mujer negra.

    El invento más monstruoso, sin embargo, fueron los bantustanes: Estados supuestamente independientes para los negros -habitantes originales de aquellas tierras- los cuales,  desprovistos de la ciudadanía sudafricana, no eran más que unos inmigrantes que tenían, en vez de pasaportes, permisos de trabajo temporales. Ni a Stalin se le habría ocurrido algo así.

    Y todo este sistema de violencia aparentemente tan bien vertebrado se vino abajo en un tiempo récord, pero no aplastó a la minoría blanca bajo sus ruinas. Ninguno de sus representantes perdió sus propiedades ni su estatus social. Inmediatamente, como si se hubiera pulsado un interruptor, en lugar de un sistema monstruoso al instante surgió un Estado más o menos normal y democrático.

    Por su supuesto, el cambio no se operó por sí solo. Esta revolución pacífica, casi "de terciopelo" fue fruto del esfuerzo de un líder mundialmente reconocido, Nelson Mandela. Fue ésta la mayor proeza de su vida y es por ello por lo que la ONU ha decidido dedicar un Día Internacional en su honor.

    LA OPINIÓN DEL AUTOR NO COINCIDE NECESARIAMENTE CON LA DE RIA NOVOSTI

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