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    Stalin, hombre y mito

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    Iósif Dzhugashvili, alias Stalin, gobernó la URSS de 1924 a 1953. Nació hace 130 años y murió hace 56 años. Hasta hoy día, políticos, analistas e historiadores no dejan de sostener virulentas controversias en torno a su figura.

    Iósif Dzhugashvili, alias Stalin, gobernó la URSS de 1924 a 1953. Nació hace 130 años y murió hace 56 años. Hasta hoy día, políticos, analistas e historiadores no dejan de sostener virulentas controversias en torno a su figura.

    Cualquier publicación sobre Stalin provoca comentarios, cuyos autores chocan entre sí con tanta rabia, como si su vida y carrera todavía hubieran dependido del gran dictador del siglo XX.

    Todos estos debates y declaraciones políticas tienen poco que ver con el propio Secretario General del Partido Comunista de la URSS. La mayoría de polemistas tienen escaso conocimiento de Stalin o simplemente ignoran hechos históricos.

    Unos arguyen que en aquel entonces los espías extranjeros pulularon la URSS, que sólo los criminales iban a parar cárceles y nadie fue represaliado injustamente. Suelen citar a Winston Churchill, quién dijo que Stalin recibió una Rusia plagada de arados y la dejó convertida en potencia nuclear.

    Otros manifiestan tartamudeando que al invadir la Alemania nazi la URSS en junio de 1941, en los primeros meses de la contienda que pasó a la historia como Gran Guerra Patria (1941-1945), Stalin ejecutó a 800.000 soldados y oficiales del Ejército soviético y 2 millones de soldados se pasaron al enemigo. Entonces, ¿quién combatió y conquistó la victoria?

    La mera mención de que bajo el mando de Stalin el Ejército soviético triunfó en la Gran Guerra Patria los antiestalinistas la interpretan como loas al dictador. Al mismo tiempo, los partidarios fervientes de Stalin hacen la vista gorda ante de fracasos y errores catastróficos de su ídolo en vísperas de la guerra.

    De llamar las cosas por su nombre, esta polémica es un verbalismo hueco. La feroz tiranía al estilo asiático, etiquetada con el eufemismo "culto a la personalidad" en 1953, pasó a ser historia. Y el propio tirano pasó a ser un mito. Unos luchan contra este mito, otros lo idolatran.

    Iósif Stalin se hizo mito antes de morir. Vivía detrás en el Kremlin y raramente aparecía en público elevándose a la categoría de un espíritu, santo para unos y maligno para otros. La población soviética se dividió en dos grupos ideológicos antagónicos. La admiración general por Stalin fue otro mito.

    También hoy la sociedad rusa se caracteriza por actitudes más disímiles. La única diferencia reside en que ahora es mucho más fácil realizar sondeos de opinión sobre Stalin que en aquella época lúgubre. Los resultados de las encuestas son muy sugestivos. En función de pertenencia a uno u otro grupo etario, evalúan positivamente la actividad de Stalin del 37% al 54% de los rusos. Los jóvenes muestran indiferencia. Conocen el nombre de Stalin sólo porque lo mencionan los medios de comunicación. Muchos ciudadanos mayores de edad fueron niños en la época de Stalin y su opinión sobre el dictador se formó después de su muerte.

    El año pasado, unos 4,5 millones de radioyentes, telespectadores e internautas de toda Rusia tomaron parte en las encuestas "Nombre de Rusia". Stalin ocupó el tercer puesto, al comprobar así su alta popularidad.

    Libros sobre Stalin se agotan nada más aparecer en los mostradores. Uno de los mayores editoriales lanzó una tirada adicional de su biografía. De los tres tiranos más feroces del siglo pasado, Lenin, Hitler y Stalin, sólo el último atrajo la atención de las generaciones subsiguientes. Hasta hoy día puede competir con los políticos en ejercicio y ganar votos virtuales. El "Guía de los Pueblos" no tuvo su propia ideología, no quería cambiar la humanidad ni crear un mundo nuevo. Lo único que buscaba fur reforzar su poder personal, como hacían decenarios de tiranos y déspotas a lo largo de la Historia universal. Y prosperó. Sus esfuerzos no fueron vanos. La propaganda oficial imbuyó a la mayor parte de los soviéticos de la idea de que fue un dirigente infalible y genial. Y que lo único que ansiaba fue el bienestar de su pueblo y la seguridad de la nación. Por algo cierta parte de la población lo glorifica hasta hoy.

    La opinión pública progresista puede estar tranquila, porque los estalinistas adoran antes que nada el mito y un elemento inalienable de éste: "Stalin fue el garante del orden público".

    Los propios estalinistas bien podrían haber caído víctimas de las represiones, si hubieran vivido en la época de Stalin.

    Pero muchos años de desorden y confusión en el país dejaron sus huellas. Resulta paradójico que en la conciencia de muchos rusos la época más terrible en la historia nacional del siglo XX se haya transformado en un verdadero "siglo de oro".

    LA OPINIÓN DEL AUTOR NO COINCIDIRÁ OBLIGATORIAMENTE CON LA DE RIA NOVOSTI

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