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    Las supersticiones espaciales. Nezavisimaya Gazeta

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    Los astronautas rusos, a pesar de que su trabajo guarda relación con las ciencias exactas y las tecnologías punteras, figuran entre la gente más supersticiosa del país. Vuelven a ver obligatoriamente la película de siempre, "El sol blanco del desierto", antes de cada viaje a la órbita; jamás asisten a la ceremonia del traslado del cohete a la rampa de lanzamiento; rehúsan dar autógrafos antes de la misión pero, en cambio, colocan obligatoriamente su firma en la puerta de la habitación de hotel donde han pasado la noche previa al lanzamiento; e, igual que los aviadores, nunca usan el adjetivo "último" poniendo en calidad de sinónimo la palabra "extremo".

    Tampoco faltan las supersticiones en torno a los números y los días de la semana. Los rusos evitan realizar lanzamientos los lunes y el día 24 de octubre ha sido simplemente eliminado de  los almanaques espaciales. A nadie se le ocurre lanzar cohetes o realizar siquiera algunos preparativos de importancia en esta fecha asociada a dos tragedias que ocurrieron en el cosmódromo de Baikonur en 1960 y en 1963: en ambas ocasiones, los cohetes ya instalados en la rampa explotaron precisamente el 24 de octubre, cobrándose decenas de víctimas.

    Hace poco pasó a engrosar la misma lista la fobia al número trece, la llamada docena del diablo. El director de Roscosmos, Anatoli Permínov, sugirió que la nave de turno se llamara Soyuz-14, aunque le corresponde en la numeración el puesto anterior. Con todo, el cambio aún está por oficializarse.

    En el pasado, Rusia envió a la órbita varios cargueros espaciales y naves pilotadas que tenían los números 1 y 3 incorporados al nombre, y cuya misión sin embargo fue un éxito. El ejemplo más elocuente es el vuelo que la nave Soyuz T-13 realizó en junio de 1985. Contrariamente a la superstición, los astronautas Vladímir Dhzanibékov y Víctor Savinij pudieron atracar a la estación espacial Saliut-T y restablecer sus funciones cuando los expertos en la Tierra ya creían haber perdido para siempre el control sobre dicho módulo orbital.

    Los problemas para la Soyuz 13 y la industria espacial rusa en su conjunto empezaron en otoño de 2007, con el descenso balístico de la nave Soyuz TMA-10, y se repitieron en abril de 2008, cuando los tripulantes de la expedición siguiente regresaban de la ISS (Estación Espacial Internacional) a bordo de la Soyuz TMA-11. Hacía tiempo que no se producían en la historia de la agencia espacial rusa dos casos consecutivos de caída libre.

    La primera vez todo estuvo bien pero el descenso de la Soyuz TMA-11, según los datos que divulgó la NASA, implicó para los tripulantes una sobrecarga 3 ó 4 veces superior a la del régimen ordinario. El aterrizaje fue tan duro que la primera astronauta surcoreana, Yi So-yeon, tuvo que permanecer dos semanas en hospital con dolores de espalda, y la estadounidense Peggy Whitson no pudo andar sin ayuda durante varios días.

    El jefe de Roscosmos intentó convertir la situación en una broma recordando la antigua superstición rusa de que la mujer a bordo de una nave suele traer desgracia, aún cuando está al mando un hombre como Yuri Malénchenko, un veterano de la astronáutica rusa. Había dos féminas en este caso, de modo que las desgracias tenían que multiplicarse proporcionalmente, observó Permínov. La prensa occidental no entendió su sentido de humor y lo acusó de discriminación sexista.

    Para el próximo 30 de mayo habrá finalizado la investigación oficial cuyo objetivo es averiguar las causas del reciente descenso  balístico y, entretanto, los técnicos del grupo ruso RKK Energiya, que fabrica las naves espaciales, siguen revisando una y otra vez todos los equipos de la Soyuz TMA-13 para asegurarse contra posibles imprevistos en el futuro. La tarea tiene especial importancia porque se ha barajado la posibilidad de enviar esta nave sin tripulantes, para que vuelvan en ella los miembros de la expedición que hoy permanece en la ISS. Regresar en la Soyuz TMA-12 no sería la variante ideal, según los expertos, suponiendo que esta nave tiene las mismas deficiencias técnicas que las dos anteriores.

    El Centro ruso para el control de los vuelos espaciales se vio obligado incluso a cancelar el reacoplamiento de la Soyuz TMA-12 de un muelle de la ISS a otro, por temor de que la nave no consiga reengancharse a la Estación y los astronautas tengan que volver urgentemente a la Tierra dejando la ISS vacía y con el riesgo de iniciar una caída libre.

    Ahora que hay una variante opcional, la de recoger a los tripulantes de la ISS en un transbordador estadounidense, la fecha programada para el lanzamiento de la Soyuz TMA-13 está en veremos. Los médicos rechazaron la candidatura del jefe de la tripulación, el ruso Salinzhán Sharípov, y harán probablemente lo mismo con el ingeniero de a bordo, el estadounidense Michael Fink. Estos astronautas serán reemplazados seguramente por los suplentes Yuri Lonchakov y Michael Barret. El tercer miembro de la tripulación será un turista espacial de turno e hijo de un astronauta de la NASA, Richard Harriot, siempre y cuando no tenga miedo de subir ahora a bordo de la nave rusa.

    Cuanto ha pasado últimamente no es la mejor publicidad para los equipos espaciales de fabricación rusa, máxime cuando el Congreso de EEUU planea celebrar en verano audiciones especiales sobre la eventual compra de las naves Soyuz para que la NASA pueda enviar astronautas a la órbita en 2011-2013.

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