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    El incidente de Gudermés pone en duda el modelo de la paz en Chechenia. Vremya Novostei

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    La tensión en torno al incidente que tuvo lugar el lunes en Gudermés ha bajado un tanto pero la situación en sí no se vuelve más fácil ni menos peligrosa por ello, escribe Iván Sújov en un artículo publicado el jueves en el diario Vremya Novostei. Lo sucedido pone en duda la eficacia de un modelo que se suponía ejemplar en la política federal con respecto al Cáucaso: la llamada "chechenización del conflicto checheno", o traspaso fáctico de esta entidad territorial al control de las élites locales.

     

    Las instituciones del poder federales y la prensa oficiosa reaccionan de forma escueta al conflicto entre los miembros de un cuerpo de seguridad supeditado al presidente checheno Ramzán Kadyrov y los efectivos del batallón "Vostok" del Ministerio de Defensa de Rusia, al mando de Sulim Yamadáiev. Los medios de comunicación oficiosos están a punto de presentarlo todo como banal accidente de tráfico con víctimas casuales mientras que en realidad es una crisis en pleno corazón de la tensa región norcaucásica.

    La intención de minimizar el suceso parece lógica dado que el país está a la espera de que tome posesión del cargo el nuevo presidente, y que diga algo a modo de despedida el mandatario saliente cuyo gobierno, por cierto, empezó con declaraciones y acciones enérgicas para reintegrar a la rebelde Chechenia en el seno de la Federación Rusa. Justo ahora, faltando tres semanas para el término del mandato de Vladímir Putin, las "estructuras de seguridad controladas por el dirigente de Chechenia" mantienen prácticamente asediado el cuartel de una unidad del Ejército ruso.

    Lo anterior evoca a la mente los tristes sucesos de 1992 y 1996, años en que hubo intentos de bloqueo, asalto y desarme contra unidades militares rusas en Chechenia. Y en ambos casos, aquellos episodios derivaron en la retirada total de las tropas.

    Ambas partes implicadas en el incidente de Gudermés son antiguos jefes o miembros de la guerrilla separatista. Algunos, como es el caso de Sulim Yamadáiev y sus hermanos, decidieron pasarse al bando de los federales en 1999, después de que el Ejército ruso entró en Chechenia. El destacamento de los Yamadáiev fue transformado primero en una compañía especial adjunta a la Comandancia Militar de Chechenia; luego, en un batallón especial de la GRU (Dirección General de Inteligencia del Estado Mayor del Ejército ruso); y, finalmente, en un batallón integrado en la 42ª división del Ministerio de Defensa acuartelada en Chechenia con carácter permanente. Los mandos federales aprovecharon la experiencia de estos combatientes, familiarizados con el terreno y las tradiciones locales, y les encomendaron más de una misión peligrosa.

    Otros veteranos de la guerrilla separatista se fueron reintegrando en la vida civil en los años posteriores. En gran medida, fue gracias al primer presidente de Chechenia, Ajmat Kadyrov, y más tarde, su hijo Ramzán, quienes usaron sus amplios poderes para admitir a miles de "penitentes" al margen de las amnistías oficiales. A falta de otro empleo, los contrataban en las filas de la Policía chechena, en sustitución de los viejos agentes que recordaban aún el reglamento de la época soviética.

    Nadie se sentía incomodado: los Kadyrov, cual un imán, iban atrayendo desde el bosque a los guerrilleros que, por fas o por nefas, dejaban de ser una parte en conflicto y un motor que propagaba la subversión por todo el Cáucaso del Norte. Todo ello, a pesar de que la frase "estructuras de seguridad republicanas controladas por el presidente de Chechenia" entraña una auténtica amenaza al orden constitucional. En cualquier república, región o provincia de Rusia, los cuerpos de seguridad no se supeditan al jefe de la entidad territorial sino al respectivo ministro federal, y a través suyo, al presidente de la nación. Es muy dudoso que el responsable federal del Interior, Rashid Nurgalíev, tenga al menos una noción vaga acerca del perfil de "agentes" que permanecen con los carnés de su departamento en algunos puestos de control a lo largo del territorio de Chechenia. Con carácter provisional o permanente, estos puestos se instalaban a la salida de la principal base federal en Jankalá, o cerca de los cuarteles de "Gorets", grupo especial del Servicio Federal de Seguridad que en 2006 vivió varios meses bajo este asedio "policial", y ahora en Gudermés, frente a la sede del batallón "Vostok".

    Tiene cierta lógica que el Centro haya estado respaldando en Chechenia, de forma tan consecuente, a un grupo único, el de Ramzán Kadyrov y sus partidarios. El traslado de tal apoyo implica el riesgo de alterar el actual sistema de frenos y contrapesos. Kadyrov tiene a su disposición a la Policía, la Fiscalía, los tribunales que ya no se molestan siquiera en ocultar que cualquier resolución depende del presidente de Chechenia, y, al parecer, hasta al servicio local de Seguridad, por no hablar ya del Gobierno, la prensa de la vernácula y las eufóricas periodistas capitalinas, fascinadas con el líder checheno. En función del nivel de expertos y el interés que tengan las cadenas federales, Kadyrov podrá generar cualquier versión a raíz de lo sucedido en Gudermés, empezando con la de un conflicto insignificante a raíz de un accidente de carretera y terminando con la de una rebelión armada que se venía tramando supuestamente en el seno de un batallón federal. Nadie va a reparar en que este batallón anuncia desde el cuartel la intención de cumplir hasta el final el reglamento militar.

    Kadyrov puede seguir siendo un favorito pero es evidente a todas luces que en el caso de las presiones sobre "Vostok" estamos presenciando el intento de un dirigente regional por inmiscuirse en el ámbito de competencias de los mandos militares, no sólo en el del Gobierno federal. Alrededor de 1.000 efectivos de "Vostok" y un número aproximadamente igual de militares que forman parte del batallón "Zapad" (integrado en la misma 42ª división pero compuesto por adeptos de otra tradición sufí que lucharon contra separatistas) son los últimos chechenos armados de cuya lealtad pueden fiarse los mandos federales.

    No será difícil traicionarles. Los federales hacían esto en el transcurso de la primera guerra en Chechenia, cuando se negaban a acudir en ayuda de sus propias unidades a la defensiva; en 1996, cuando traicionaron a los chechenos que habían peleado por Rusia y muchos de los cuales todavía cumplen el servicio en el batallón "Zapad"; y en 2006, en relación con el grupo de operaciones "Gorets". El presidente de Chechenia se va a calmar, volverá a recibir loas merecidas y a posar sonriente ante las cámaras, sobre el trasfondo de los barrios reconstruidos de Grozny. Y los representantes de diversos grupos moscovitas que luchan por el Kremlin van a recordar de vez en cuando que tienen ideas diferentes acerca del futuro de Chechenia, acerca de si conviene o no entregar al más joven de los políticos rusos el 100% de esta "empresa" con fuertes infracciones de las "reglas de seguridad".

    En cuanto a las pocas personas que aún se muestran dispuestas, en este Cáucaso remoto e incomprensible, a vivir y a morir por Rusia (y las hay también en el bando de Ramzán Kadyrov), se van a convencer definitivamente de que no vale la pena hacerlo. Para no quedar con las espaldas sin cubrir a la hora de la verdad, en vísperas de alguna investidura de turno en Moscú. Y ello significa que para invierno, o en un par de años, habrá guerrilleros en el perímetro de las bases federales en Chechenia diciendo que los militares rusos impiden la prosperidad de su república.

     

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